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Carmita Díaz (1894-1983). Semblanza de una partera

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En  Canarias, hasta los años sesenta del siglo XX, los servicios sanitarios no cubrían todas las necesidades de la población; la mujer daba luz en su casa, casi siempre asistida por una partera local y su madre. Los problemas se acentuaban cuando un parto se complicaba en las zonas alejadas de los campos. El caso de Carmita Díaz (1894-1993) en La Aldea de San Nicolás es un ejemplo de partera y madre en el mundo rural. Esta semblanza ha sido publicada recientemente en el último número de la revista El Pajar, Cuadernos de Etnografía Canaria, en su monográfico número 25, 2008,  con el título “Mujer e Identidad”.

Introducción
Hace 24 años que, por iniciativa popular, en La Aldea de San Nicolás, se le rendía un homenaje popular a Carmita Díaz Suárez por los servicios prestados a la sanidad local. Fue un 9 de enero de 1983 cuando tuvo lugar el evento en el que se descubría una placa conmemorativa en La Plaza y calle que hoy llevan su nombre. En ese contexto, a finales de 1982, tuvimos ocasión para profundizar en su vida, según su propio testimonio oral dado en su casa, junto a su hija Mela, en varias y agradables charlas. Producto de esos encuentros, elaboramos una pequeña semblanza que, a modo de reportaje fue publicado en Canarias 7, cuando colaborábamos con este medio como corresponsal del municipio. Posteriormente, el 8 de marzo de 1999, seis años después de su fallecimiento, elaboramos una semblanza más amplia, que presentamos en el acto celebrado en el Centro Municipal de Cultura, en el Día de la Mujer Trabajadora, en base al testimonio oral facilitado por su hija Mela, hoy fallecida. Ahora volvemos a recomponer los contenidos, desde una visión más amplia y social, más contextualizada en el tiempo y en la historia local, en un momento en que cronológicamente nos distanciamos más de ella y, ahora, son muchas las personas de este pueblo que no la conocieron; pero sí se la recuerda, por sus valores humanos y servicios prestados al bien común, sobre todo como partera, en el monolito de su plazoleta, donde piedra y placa de mármol evocan la silueta de anciana en eterno luto saludándonos con cadenciosa, fina y amable voz.
 
El cliché de la silueta de Carmita Díaz es algo que tenemos fijamente gravado en la memoria. Difícil es, pues, compaginar la fría realidad histórica con los sentimientos personales, aunque en esa confrontación entre la apariencia y la realidad (el obstáculo con el que tanto tropieza la objetividad histórica) un autor no puede prescindir de su medio, ni de sus conocimientos, ni de su forma de ser. Al respecto, como muy bien decía Tuñón de Lara, "la verdadera objetividad consiste en calar hondo entre los hombres y las cosas".
1.- Carmita, una hija del siglo XIX
El 20 de febrero de 1894 nacía en La Aldea de San Nicolás, en el hogar formado por Pedro Díaz Afonso y Fermina Suárez Gourié, la niña Carmen Celedonia Díaz Suárez. Es el comienzo de una larga historia familiar. Su abuela, Josefa Nieves Gourié, era natural de Arucas,de la conocida familia de propietarios y se casó en La Aldea con Juan Suárez González. De su familia paterna, sabemos más; su padre, Pedro Díaz, era una persona de gran prestigio en el pueblo, un medianero perpetuo también de la gran propiedad de la Casa Nueva con varias parcelas. Había sido sargento de las Guardias Provinciales por méritos y experiencia. Se casó, en 1890, ya viudo, de34 años con Fermina Suárez, de 35 años, madre soltera, con un hijo que tuvo en Arucas y que antes había sido, de joven, novia suya. Esta nueva familia fue, por tanto, numerosa desde el primer momento. Del primer matrimonio, Pedro Díaz aportaba tres hijos: Juan José, Nicolás, Juana Jesús, Nicolasa y Juan Díaz Castellano; mientras que Fermina llevó de soltera a su hijo Antonio Santana, nacido en Arucas y bautizado en la cuna de expósitos de Santa Ana. Luego fueron naciendo, en el matrimonio cinco hijos: Pedro, Nicolasa, Francisco, Carmita y Eulogio Díaz Suárez. En fin, nueve hermanos, con apellidos distintos; pero que formaron una familia muy unida.
 
La familia de Carmita vivió sus primeros años en medio de graves problemas sociales en un pueblo de sólo 1.800 habitantes. El cambio de siglo había traído un nuevo cultivo que cada día generaba un gran rendimiento económico, el tomate. Se estaba produciendo una completa transformación socioeconómica en un pueblo con estructuras casi feudales, cuyo paso brusco hacia el capitalismo agrario, entre 1898 y 1912, generó la revalorización de la tierra y la lucha por su propiedad en el gran latifundio de La Aldea de San Nicolás.
 
Sus padres poseían, como colonos enfiteutas, varias y grandes parcelas en el latifundio; la de Los Cardones, Hoya del Viejo y Jerez (más de 4 fanegadas  por la parte de los Díaz) y la finca de riego en Los Espinos (2 fanegadas de los Suárez Gourié).  Conformaban, por tanto, una familia de campesinos acomodados, aunque en difícil situación social, dado los problemas que, desde siglos atrás, se venían originando en aquel latifundio litigioso. La crisis se acentuó, después de 1912-1913, cuando renace el viejo Pleito de La Aldea.
 
En este ambiente social difícil fue creciendo Carmita Díaz, una joven que trabajaba las tierras de su familia bajo la dirección de su hermano mayor Antonio Santana; pues su padre, ya anciano, en la segunda década del siglo, se pasaba la mayor parte del tiempo en unas tierras que había adquirido en Guguy Chico, en compañía de su nieto, Manuel Santana (1906-1993), una de las fuentes orales, básicas de esta semblanza familiar.
 
En la gravísima crisis iniciada, en 1913, cuando los colonos se rebelaron contra la Casa Nueva, Carmita cumplía 20 años y contraía matrimonio con su primo Andrés Suárez Godoy (para lo que necesitó la preceptiva licencia obispal), cuya celebración tuvo lugar el 3 de julio de 1913. La situación social, el Pleito de La Aldea, se había agudizado aún más y pronto llegaría la Primera Guerra Mundial, que trajo consigo la suspensión de las exportaciones de tomates a Europa, junto a una larga sequía, que aceleró aún más la crisis económica.
 
La familia de Carmita, dada sus relaciones con la Casa propietaria, y en especial por la amistad con el cura León, llegó a un acuerdo de compra, en 1916, con el grupo de arreglados. Para ello tuvieron que afrontar un pago, a largo plazo, de 2.317 pesetas por 3 parcelas de regadío (19 celemines) además de ceder un terreno para amortizar parte de la deuda. Otra de las fincas de esta familia, la de Los Espinos, fue valorada en 2.487 pesetas, de la que se hizo cargo el hermano mayor, Antonio Santana, en nombre de sus hermanos, los Díaz Suárez,  a quienes, en su momento entregaría las partes correspondientes. Fue enorme el esfuerzo económico que tuvieron que realizar los aldeanos (tanto los arreglados en 1916, como los rebeldes en 1927 con las compra al Estado tras la expropiación del latifundio) para acceder a la propiedad de la tierra y el agua.
2. Un nuevo hogar
Tras contraer matrimonio con Andrés Suárez, Carmita fijó su residencia en Los Espinos, junto al Camino Real, hoy carretera general, en una vivienda construida por ellos mismos y que aún permanece inalterable. La primera alegría del nuevo matrimonio llegó con el nacimiento, el 23 de marzo de 1914, de una niña, Josefa.
 
Para poder subsistir y sacar adelante a su familia, en aquella latente crisis social y económica,  el marido de Carmita emigró a Cuba, en 1914, a cortar caña y enviar dinero, como hicieron tantos canarios. Con una recién nacida, tuvo que sobrevivir sola, a duras penas, aunque su marido regresó al año siguiente. Quedó nuevamente embarazada y dio a luz en 1916 a una nueva niña, Fermina, con la mala fortuna de perderla muy pronto. La crisis y el hambre se agudizaron más, lo que obligó nuevamente a su marido a emigrar a Cuba, esta vez por tres largos años. Regresó en 1919 y Carmita volvió a quedar embarazada, con el consiguiente nacimiento de otra niña a la que también le impuso el nombre de Fermina que sí pudo lograrla y aún sobrevive con edad muy avanzada. 
 
Si la década de los años veinte supuso una importante recuperación económica en Canarias, en este pueblo se alargó la crisis con una mayor virulencia hasta 1927, fecha en la que el Estado tuvo que intervenir para solucionar el Pleito. Es curioso cómo la familia de Carmita Díaz, en 1916, se había arreglado con la Casa propietaria con la compra de las parcelas; pero no así lo había hecho la familia de su esposo Andrés, quienes se vieron implicados hasta la solución final del Pleito en 1927. En este difícil período, volvió a dar a luz, estaba vez al deseado varón, Agustín que también lo perdería muy pronto, aunque en 1925 un nuevo embarazo le daría otro Agustín que sí logró sacarlo adelante. Cuando, el 15 de febrero de 1927, llegaba a La Aldea el ministro Galo Ponte, para solucionar el Pleito, Carmita se hallaba nuevamente a punto de dar otro hijo. Tres días después de aquella memorable fecha le nacía otra niña, María del Carmen, pero también murió pronto.
 
Un simple análisis de la vida de esta mujer, entre 1914 y 1928, en los 17 años más difíciles de la historia de este pueblo, nos indica que su vida, como la de muchas mujeres fue muy difícil: cinco años de ausencia de su marido, por emigración a Cuba; seis partos con tres hijos de cortísima edad muertos; además de atender las tierras que le habían correspondido del patrimonio familiar y el cuidado de su propia familia, sin ninguna ayuda.
 
Cuando la situación económica comienza a mejorar, tras la solución del Pleito de La Aldea, esta mujer tan fecunda continúa trayendo hijos al mundo. En 1928 tuvo una nueva niña, María del Carmen, conocida por Mela y, en 1932, al último, Antonio; con lo que de 8 partos había logrado sobrevivir 5 hijos vivos, además de atender a un esposo y las tierras propias para la subsistencia.
 
3.- Ante las deficiencias sanitarias del mundo rural
 
Hasta la primera mitad del siglo XX la situación sanitaria en los campos de Canarias era lamentable. Frente a la carencia de médicos y hospitales cercanos se mantenía aún una fe ciega en los procedimientos de la medicina popular y creencias de curación por vía paranatural, a base de consulta a brujos y curanderos de fama por toda la geografía insular. Los tumores incurables eran achacados a maleficios.  Muchas enfermedades y epidemias aún venían haciendo estragos, a pesar de los adelantos de la medicina, a partir de la década de 1920. Según los registros de defunciones parroquiales y municipales,  en esta comarca, aún en los años cuarenta, la tuberculosis afectaba a mucha gente, sobre todo en los debilitados organismos por la carencia de alimentos. En este tiempo, la penicilina primero y luego la estreptomicina fue primer fármaco de la era de quimioterapia usado en el tratamiento de la tuberculosis. Las dosis, muy difíciles de conseguir,  eran aplicadas por inyección intramuscular o intravenosa, en cortos espacios de tiempo. En concreto, la primera dosis completa de penicilina llega a la capital del Estado español, procedente de Brasil, en marzo de 1944 y, luego, en noviembre del mismo año, a Canarias, para un enfermo de endocarditis de Las Palmas de Gran Canaria, a través de la Cruz Roja, lo que supuso un acontecimiento extraordinario según la prensa de entonces[i].
 
 Además, por esta década de hambre, miserias y enfermedades,  se presentó en las áreas de barrancos con charcos, como Guguy, Tejeda, La Aldea… las fiebres palúdicas; enfermedad infecciosa parasitaria, transmitida por la picadura de los mosquitos anopheles infectados; aunque, desde el siglo anterior, ya se usaba la quina natural como profiláctico, en gran escala, éste no se logra sintetizar químicamente en las primeras pastillas de quinina, hasta 1944, con una rápida generalización como fármaco de libre adquisición. En ese momento, en Canarias, la aplicación de la quinina estuvo controlado por las autoridades sanitarias, que las administraban gratuitamente, a los afectados, a través de los médicos.
 
Aún así el índice de defunciones continuó elevado, en una población en buena parte desnutrida y sin medidas higiénicas, tanto en la infantil (cólera, ictericia…), donde, hasta 1960, era común un entierro infantil de ataúd blanco infantil, como en la gente adulta (tisis, gripe, apendicitis…), en muchos casos por no tomar adecuadamente las medidas profilácticas adecuadas o incluso por erróneas aplicaciones de las mismas.
 
En partos encontramos, en esta comarca, varias muertes de mujeres, algunas en lugares aislados, así tenemos en un corto período de tiempo como el de 1895 a 1896, que dos jóvenes madres mueren en el intento de dar a luz: Benedicta Medina, 21 años, en lo más lejano del municipio, en Linagua (6-II-1895) y Saturnina Déniz, 35, en Los Palmaretes (7-III-1896), en la base de la montaña de Los Cedros. Estas y otras muertes ocurrían tanto en el momento del parto como en los días posteriores, bien por falta de precaución, complicaciones, mala aplicación post parto de medicinas prescritas, etcétera. Y, aparte las epidemias de gripe, tuberculosis, cólera, etc. se presentan casos de otras muertes hoy incomprensibles por desidia o falta de precauciones.
 
Otro capítulo de los sinsabores de la sociedad tradicional es el referido a la impactante defunción por accidentes mortales donde, aproximadamente, un 30 por ciento son despeñamientos en riscos (pastores, orchilleros, mieleros…) y un 25 por ciento ahogados en charcos o en la mar, entre 1800 y 1950. Del total de muertes por accidentes de todo tipo,  en este período, un 30 por ciento, aproximadamente, afectó a mujeres; un alto nivel si tenemos en cuenta, que en este tiempo, se decía que “la mujer era de su casa” y el hombre de “trabajar fuera de ella”; pero, según estas frías estadísticas,  en lo que se refiere a trabajar o transitar por zona de riesgo, la mujer está presente casi en partes iguales.  Concretamente, en el oficio de mayor riesgo laboral, hasta finales del siglo XIX, el orchilleo en los riscos, casi la mitad de las muertes por despeñamientos son de mujeres[ii].
 
Hasta finales de los años veinte no había médico en La Aldea de San Nicolás, teniendo que acudir los enfermos al titular más cercano, que estaba a medio día de camino, en Agaete. El primer médico titular, que estableció su residencia fija, fue don Juan Marrero Bravo de La Laguna, nieto del célebre alcalde y propietario de Mogán, don Marcelino Marrero. Don Juan se las vio y deseó para ejercer su labor por esta aislada comarca del suroeste. A él llegaban los enfermos de los municipios limítrofes, teniendo que elaborar, hasta mediados de los años cuarenta, casi todos los medicamentos al no existir aún ninguna botica[iii]. Aunque, como ya indicamos, pronto comenzaron a generalizarse los antibióticos con los que se afrontaban con éxito muchas enfermedades e infecciones, pero era muy difícil encontrarlos en las boticas, sobre todo en los años críticos de la posguerra, que había que buscarlos en el mercado del estraperlo, en el Puerto de La Luz.  Además para una correcta optimización de aquellos medicamentos inyectables  no había practicantes en las zonas alejadas que estuvieran dispuestos a pernoctar en casas de enfermos. De ahí que, en cada pueblo, solía haber personas que se prestaban a cubrir estas deficiencias del sistema sanitario de entonces. Y, ante ello, Carmita Díaz, aparte de partera, cumplía con una labor de atención a los vecinos en variados trabajos, sin remunerar propios de los actuales técnicos de enfermería, como otras personas, muchas mujeres,  de los espacios rurales de Canarias.
4.- Carmita, una partera de eterno luto
 
 A finales de los años veinte,  Carmita Díaz había mostrado aptitudes para la asistencia a los partos. Según nos contó ella misma, fue  a las 3 de la tarde del 22 de noviembre de 1929, cuando a su vecina, Francisca Armas, se le presentó el parto y se atrevió a asistirla, cortando por primera vez,  un cordón umbilical a un recién nacido: José Vega Armas, hoy conocido como José El Barbero o José el de Matiítas. En aquel tiempo habían otras parteras en la localidad y más adelante también e incluso las propias madres mayores solían, en base a su experiencia de muchos partos atender a sus hijas; pero, será Carmita la que va adquirir más experiencia a largo de varias décadas, hasta mediados de los años setenta.   
 
      Los primeros años de la década de 1930, al contrario que el resto de la Isla afectado por la crisis económica mundial del crack de 1929, fueron para La Aldea de San Nicolás de crecimiento económico y demográfico, gracias a los cultivos y exportaciones de tomates. La población se acercaba a los 4.000 habitantes. El hogar de los Suárez Díaz, si no en situación económica boyante, al menos no tenía las graves carencias de otras familias, todo lo cual con el notable esfuerzo físico del ama de casa con tres funciones: reproductora, madre y trabajadora de la tierra. A pesar de ello se puede decir que son, aunque cortos, los años más felices de Carmita Díaz.
 
            Pero el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y luego la Segunda Guerra Mundial truncaban aquel desarrollo económico por el que atravesaba el pueblo y tantas familias. Se acababa el auge portuario, las franquicias, las exportaciones de tomates y llegaba el hambre, la carencia de recursos vitales y el desarrollo de enfermedades  en los debilitados cuerpos humanos.
A partir de este momento, Carmita va a sufrir continuos y duros golpes familiares en un nuevo contexto socioeconómico muy difícil. Ya, entre 1934 y 1935, había perdido a su madre Fermina y a su estimado hermano mayor Antonio Santana, enfermo de tuberculosis y a su padre Pedro Díaz.  La nueva desgracia se presenta ahora en su esposo Andrés, que se contagia del mal incurable de entonces,la referida tuberculosis. Carmita, que ya había adquirido conocimientos de curas medicinales, no se separa ni un instante de su marido hasta su muerte ocurrida en una mañana del 24 de abril de 1937, con sólo 51 años.
 
Ahora, viuda con sólo 43 años, cincohijos, la casa y la finca que atender, nuevamente se vuelve a valer de su extraordinaria vitalidad para afrontar una nueva y difícil etapa, complicada aún más en lo económico con el hambre de los años cuarenta y el fallecimiento de su hija mayor, Josefa, el 4 de febrero de 1946, a la edad de 31 años. A partir de este momento Carmita vivirá toda su vida de luto, el cliché que de ella todos recordamos.
 
En estos difíciles años cuarenta del siglo XX, Carmita se había convertido en una experimentada partera, además de una solicitada asistente sanitaria para curas e inyecciones.  A tal efecto, sin un practicante en el pueblo,  era solicitada, continuamente, en todos los hogares afectados, pernoctando incluso para inyectar, como ya indicamos, los nuevos antibióticos en los márgenes de tiempo prescritos. Su fama de buena partera era tal que el propio  médico don Juan Marrero Bravo de Laguna, solicitaba su presencia en los partos complicados; aunque, cuando atendía un parto, a la más mínima complicación o duda, siempre indicaba a la familia de la parturienta, a su debido tiempo, la necesidad de la presencia del médico.
 
En todo este servir a los demás, sin ninguna contrapartida económica, entre las más curiosas anécdotas, se iba forjando la sencilla pero valiosa figura de esta señora de luto que, además, seguía atendiendo a sus fincas de millos y tomateros; aunque, ya podía contar con la ayuda de sus hijos, algunos ya casados y de sus nietos.
La década de los años cincuenta supuso la completa recuperación económica del pueblo, gracias a las exportaciones de tomates a Europa, y experimenta una auténtica explosión demográfica situándose, al finalizar la misma, en unos 9.000 habitantes. Más de 40 almacenes de empaquetado acogían a una masa asalariada de casi 2.000 mujeres, otro tanto de hombres y mujeres asalariados, aparceros y medianeros se dedicaban al cultivo de la fruta.
 
Y, Carmita, con su casi 60 años continuaba con una enorme vitalidad: se la veía entre sus fincas de Jerez y Los carmitadiaz04Espinos, amarrando tomateros, cogiendo la fruta, regando con el sacho... a excepción de cuando la llamaban para un parto, por toda la comarca, no sólo en el valle de La Aldea sino por El Risco, Tasarte, Veneguera, etc. transportada sobre diversos medios: burros, bicicletas, motocicletas, camiones y coches. El pueblo había crecido mucho, ya contaba con un parque móvil más dinámico; de las 16 unidades existentes en los años 40, a finales de los 50 ya sumaban cerca de 80. A pocos pasos de la casa de Carmita Díaz estaba el recibo de tomates del médico don Juan Marrero, el almacén de Tomás Rodríguez Vega; unos centenares de metros, por la carretera general, los almacenes de empaquetado de Hijos de Juan Rodríguez, la Casa Nueva,  Armando Romero, los Sánchez Ojeda, Francisco Rodríguez Almeida (Panchín)... Aquel boom del tomate también se generó en Fuerteventura, desde donde varias empresas solicitaron personal cualificado de La Aldea, por su experiencia en cultivos y almacenes. Uno de ellos fue Antonio Suárez, hijo menor de Carmita. Su familia estaba muy vinculada a mi casa y aún recuerdo la mañana del domingo 19 febrero de 1962 cuando mi padre nos despertó con la funesta noticia del fallecimiento de Antonio, con tan sólo 30 años, en un accidente de tráfico en Tiscamanica y la enorme consternación que causó a todo el barrio y el pueblo. Fue un terrible golpe para Carmita Díaz del que creemos que  nunca más se recuperó.
 
La estudiada explosión económica y demográfica que experimenta La Aldea entre  1950 y 1960,  determina un crecimiento en valores absolutos de 5.000 habitantes a casi 9.000, una tasa de crecimiento anual superior al 4%, la mayor de toda la historia del municipio, lo que indica un gran crecimiento de la natalidad en partos que aún se realizaban en las casas familiares. El municipio ya cuenta con tres médicos, un prácticamente y una farmacia. El papel de Carmita ahora es de ayuda a los médicos cuando estos lo demandaban o atendiendo a partos sin dificultad cuando era llamada. Había adquirido una gran experiencia y notables conocimientos de matrona, en buena parte de los propios médicos, sobre todo de don Paco León Herrera, quien tenía una gran confianza en ella, tanto por su paciencia y la tranquilidad que infundía a las parturientas como por los conocimientos científicos que ya tenía de la fisiología femenina.
 
Pero los partos complicados, en manos de los médicos, solían mandarse a los hospitales de Las Palmas, por carretera en vehículos particulares, después de 1939. Aún así aún muere alguna mujer por complicación del parto como sucedió el 4 de agosto de 1961,  a Josefa Navarro, en Cormeja, a causa de una hemorragia interna.
 
En su vertiente familiar, Carmita Díaz, destrozada por las desgracias de tantos fallecidos en su hogar,  tenía la compensación de la ayuda a los demás, en curas, inyecciones y partos, ya según avanzaban los años setenta, siempre con presencia médica; aunque, en algunos casos, también sola. El margen del tiempo se había dilatado a más de medio siglo, para que pasaran por sus manos primero madres y luego hijas. En alguna ocasión llegó a atender a una madre a lo largo de 7 u 8 partos.
A mediados de los años setenta y después de casi 50 años de partera, ayudando a nacer a medio pueblo, con 80 años y habiendo perdido la vitalidad y buena parte de la vista Carmita se retiró por completo de esta actividad. Vivió casi una década más, hasta rozar casi los noventa; en su casa de Los Espinos con una de sus hijas y nietas. Casi todas las tardes recibía la visita de su sobrino mayor, ya octogenario también, Manuel Santana, con quien recordaba el paso del tiempo en su familia. Manuel la entretenía contándole, entre otras cosas de su padre, Pedro Díaz, cuando de niño se lo había llevado para Guguy Chico, entre riscos, con visitas de los carboneros que bajaban de los riscos o de los mareantes que subían del mar y otras mil historias. Pero Carmita, entrando en los años ochenta, ya  había perdido la visión,  las ganas por vivir y era como la luz de una vela ya derretida por el tiempo que se apagaba.
 
6. El homenaje popular
A principios de los años ochenta se creó en su barrrio, Los Espinos,  la Asociación de Vecinos Meteimba.  Uno de sus primeros proyectos fue iniciar un homenaje a Carmita Díaz. El Ayuntamiento se sumó al proyecto, consistente en el diseño, cerca de su casa, de una plazoleta con un monolito y lápida con la siguiente inscripción: A Carmita Díaz por los servicios prestados a la sanidad de este pueblo.  Ella mantenía aún, con toda lucidez, el bondadoso carácter de siempre, con algún desprendimiento de humor, nos contó su vida… las luces y sombras de su juventud. Recordamos cómo narraba con humor  el dolor de todas las parturientas primerizas: “usted no sabe lo que esto duele” a lo que respondía “como si yo no hubiera llorado también al parir”. Nos refería la situación en que se llega a la vejez, la que “nunca viene sola”, decía. Y  se nos mostraba pletórica de tranquilidad íntima que es lo que lo ocurre a quienes se pasan la vida haciendo el bien; pero,  insistía en que no “tengo ilusión por vivir”.
 
El 9 de enero de 1983, casi a cumplir los 89 años, se celebró el que iba a ser, en un principio, un sencillo homenaje programado por la Asociación de Vecinos, consistente en descubrir la placa de La Plaza y la de la calle. Pero, la sorpresa para todos fue el encontrarnos, aquella mañana, con un gentío enorme, sobre todo mujeres, entre su casa y la nueva plazoleta que se iba a inaugurar. Y, ayudada por su familia, autoridades, sanitarios locales… salió de su casa, cruzó el lajón de la acequia y entró en la carretera, en medio de los cálidos y afectuosos aplausos.  Recuerdo que la encontramos muy débil y más anciana que nunca.
 
 
Carmita Díaz dejó de existir unos meses después de su homenaje, el 30 julio de 1983; le llegó la  muerte que no le preocupaba: los buenos pueden llorar durante la vida, pero sonríen siempre en la hora de la muerte, dice al respecto cierto aforismo.
 
Fuentes y colaboraciones
1.- Fuentes orales
Carmen Díaz Suárez (entrevistas realizadas en diciembre de 1982)
Carmen Suárez Díaz (hija de Carmita, fallecida) 1982
Fermina Suárez Díaz (octogenaria, hija de Carmita, mayo de 2008)
Manuel Santana Déniz (sobrino de Carmita, octogenario fallecido en 1993)
 
2.- Fuentes escritas e iconográficas
Asociación de Vecinos Meteímba. Libro I Actas
Archivo Parroquial San Nicolás de Tolentino. Libros de Bautismo (8-10) y Defunciones (8-13)
Archivo Juzgado de La Aldea de San Nicolás. Libros de Registros de Defunciones y Nacimientos, 1850-1960)
Árbol genealógico familiar elaborado por las nietas de Carmita: Lina Valencia Suárez y Felisa Díaz Suárez
Álbum fotográfico familiar de los Suárez Díaz
 
3.- Colaboraciones
Familia de Carmita Díaz
José Navarro Matías, profesor, U.L.P.G.C. (traducción).
Marcial González Medina y Felisa Díaz Suárez, profesores, IES La Aldea de San Nicolás (corrección estilo)
[1] Hemeroteca de El Museo Canario. Periódico La Falange, 11 de marzo de 1999, “La primera dosis completa de penicilina llegó ayer a España”. Y 10 de noviembre de 1944, en portada: “La penicilina va a llegar por primera vez a Canarias para un enfermo”.
 
[1] La falta de medios, bajo nivel de instrucción, errores de facultativos, etc. originaban casos mortales evitables hoy. Por citar alguno ejemplo lo hacemos con la lamentable muerte de Eloisa Afonso Suárez en 1942, tras ingerir por vía oral unas pastillas, a los veinte días de dar a luz, que eran para aplicarlas en un lavado vaginal post parto. O el de Santiago Matías Llarena, de 60 años, fallecido el 18 de diciembre de 1949 por tomar un medicamento elaborado en una botica, en cuya composición, por error, se añadió cianuro, que fue ingerido también por su esposa, la que sobrevivió milagrosamente aunque con secuelas en la piel para el resto de su vida. Ver Suárez Moreno F. (2006): “Siniestralidad en la sociedad tradicional, La Aldea de San Nicolás 1801-1969)” Crónicas de Canarias, núm. 2. Junta de Cronistas Oficiales de Canarias, 2006, pp.38.
 

[1]Sobre la medicina popular en este pueblo, sobre todo en los años cuarenta y cincuenta, remitimos a un interesante trabajo de la estudiante de Enfermería, Ágora Suárez Sánchez, “La Sanidad en La Aldea en el Siglo XX” (2006-inédito), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, investigado sobre testimonios orales de personas mayores. O los materiales expuestos en el Museo del médico don Paco, del Proyecto Comunitario de La Aldea. Cuando se inauguró dicho museo, don Paco León que recibía un homenaje (noviembre de 2007), tuvo unas palabras para Carmita Díaz, alabando su capacidad en adquirir conocimientos médicos de partera, su paciencia con las mujeres y la confianza que él depositaba en esta matrona cuando atendía los partos. Carmita aparece en este museo de medicina rural, en lugar de honor.

Francisco Suárez Moreno.

Actualizado el Lunes, 12 Enero 2015 17:17

5 comentarios

  • Candido Moreno Diaz
    Candido Moreno Diaz Viernes, 12 Agosto 2016 12:02 Enlace al Comentario

    No había leído esta preciosa historia en la cual tengo una muy pequeña parte de mi vida , parte que pude vivir mis mejores años.

    La tendré siempre en mi corazón.

  • Candido Moreno Diaz
    Candido Moreno Diaz Viernes, 12 Agosto 2016 11:38 Enlace al Comentario

    En estos momentos he podido recordar una parte maravillosa de mi vida, ante todo dar miles gracias a quien ayudo a traerme a esta vida, tuve la suerte de conocer y querer a esta persona, persona que aun con su avanzada edad entendía a la juventud y sus inquietudes, siempre vi mucha paz en ella, en sus palabras y su mirada de ternura.

    La tendré siempre en una parte de mi corazón.

  • Tomas Olivares
    Tomas Olivares Jueves, 30 Junio 2016 16:11 Enlace al Comentario

    Mientras almorzaba en un banquito de La Aldea con una agradable brisa, observé la placa que me hizo, gracias a las nuevas tecnologías, buscar con curiosidad quien habría sido aquella mujer; Carmita Diaz para merecer tal reconocimiento. Después de leer con interés tanta cantidad de experiencias vividas y sobretodo de sinsabores, tanto trabajo y tanto esmero por sacar a los suyos adelante, puedo entender mejor el por qué mis abuelos y sobretodo mi madre han sido tan luchadores, el por qué De esos rostros serios y tantos silencios, el por qué de ese agrio carácter y esa mirada cansada de tanto pasado. No conocí a Doña Carmita, pues sólo tenía un año cuando se fue, ni si quiera soy de este pueblo tan especial, sin embargo, me quedo con esas ganas de aprender que siempre tuvo, con esa lucha por vivir sin perder el tiempo en lamentos y por esa idea que ronda mi cabeza de que todos podemos a nuestra manera hacer mejor el mundo que nos rodea. Gracias Carmita.

  • Meli
    Meli Martes, 14 Junio 2011 23:10 Enlace al Comentario

    Es una alegría y un orgullo para una nieta leer y recordar a través de la lectura toda una infancia y adolescencia vivida al lado de esta gran mujer.Nací y crecí a su lado, y puedo asegurar que fue una mujer adelantada a su tiempo. Una mujer que leía, que gustaba de todo lo nuevo, que tenía inquietud por aprender, que siempre fue socialista en su corazón en unos tiempos de dictadura. Nos trasmitió mucho y aún hoy la recordamos constantemente. Gracias abuelita.

  • kuki
    kuki Sábado, 11 Junio 2011 18:38 Enlace al Comentario

    muchas felicidades Siso, un trabajo estupendo, como sólo tú sabes hacerlo. Salud.

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