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Pancho Platero

  •   SEBASTIáN MONZóN SUáREZ
  • 1 COMENTARIO
Pancho_Platero_01(Gáldar 1878-1965)
Así era este entrañable hijo de Gáldar, de irrepetible figura y bonhomía.
 
Hoy me duele la campana
en los susurros del viento.
La siento por los caminos
y en los dormidos silencios
con un doblar  que es distinto
en el mismo sentimiento.
Siento su voz en el alma,
y el alma me está doliendo
en un temblar   hecho magua
en medio de los recuerdos.
 Hoy me duele la campana
en   los susurros del viento.
Dos alas tiene el   sonido
que por las calles del cielo,
gozoso va pregonando
¡Pancho Platero se ha muerto!

 

Miércoles era el 1 de Mayo de 1965. Día ya de avanzada primavera, de tarde larga y sol con barruntos veraniegos Con rumores de aguas escondidas entre callaos y adoquines azules, con aromas de azahares en la vieja calle del Drago y por doquier, el alborotado trajín de la chiquillería, ofrendando las azucenas primeras para el alumbrado en honor a María Santísima. 

Era Miércoles aquel primer día de Mayo de 1965. De obligado asueto nacional, de himnos y multitudinarias demostraciones sindicales. Fiesta de San José Obrero o Artesano, “ la patriótica contraposición “ a la universal celebración que, más allá de nuestras fronteras, tenía lugar para exaltar el trabajo, la clase obrera y sus justas reivindicaciones, en la jornada anual que el proletariado mundial había instituido en recordación de los infelices mártires de Chicago.

Y eran las seis de la tarde de tan señalada efemérides cuando del viejo Corral de la Audiencia, camino de la iglesia del Señor Santiago, partía el pequeño cortejo, de sombrero y negro terno dominguero, con los restos mortales de Francisco María de los Dolores Ruíz González, el entrañable y casi nonagenario Pancho “ el platero “, truncada la vida por un traicionero paro cardiaco.

Tantos años después, acaso por cosas, ya de la edad, nos gusta desandar de vez en cuando las veredas del tiempo y abrir de par en par las puertas y ventanas de los adentros del alma. Para que escapen, como un volar de cometas, las apretadas bandadas de recuerdos. Para que rostros y palabras, risas y llantos, desesperanzas y sueños, revivan en nostálgicos instantes. Entonces, se nos antoja imaginar que en algún rincón del cielo hay también una calle vieja y larga, con adoquines azules o callaos de la mar y los barrancos celestiales, acabada en una alameda de frondosa hermosura y romántica fuente. Una calle que en las cálidas tardes de verano se vuelve alegre con lajurriade traviesos angelillos perseguida a bastonazos por el inefable Panchito. Y es que el buen Dios no puede echar en olvido a la gente buena. Que Pancho, El Platero, anda por allí a su aire, con el genio vivo y la pícara media sonrisa, con la desteñida cachucha rematando la más irrepetible figura, con el cesto al brazo o el pequeño balde de cinc y la escoba de albeo, roída del largo uso, eternamente servicial. 

Vino al mundo este popular personaje galdense el 25 de Febrero de 1878, en la humilde cueva que en el Barrio del Hospital compartían Antonio Ruíz Rodríguez y María Encarnación González Ruíz, hijo él de José Ruíz Felipe y Rita Rodríguez Medina e hija ella de Buenaventura González y Ana Ruíz Martín.

Se halla el mencionado barrio donde dicen la Audiencia Vieja, a los pies de la montaña y mirando al naciente. Este antiquísimo sitio, del que ignoro su origen toponímico y cronología, es parte hoy de un enclave de alto valor arqueológico, inestimable reliquia de la Agáldar aborígen y sus principios hispánicos. 

A poco le supo al bueno de Panchito la estancia en la amiga, que así llamaban entonces a la escuela. Y no porque le faltaran ansias de aprender o porque fuera larga la distancia a la municipal institución, habilitada en aquellos tiempos en dependencias de la Casa Consistorial. La razón parece no ser otra, además del corto entendimiento, que el obligado destino de los hijos de las familias modestas, condenados a ganar el pan de cada día desde la más temprana edad y en los más diversos menesteres.

No fue Francisco María de los Dolores un hombre de generoso desarrollo corporal, motivo por el que a lo largo de su prolija existencia fue objeto de las bromas y perrerías de las tantas generaciones que, en alguna medida, agudizaron su genio pronto y su simpática socarronería no exenta de cómica malicia. A este propósito dice don Francisco Rodríguez Batllori en su Gáldar ( Viñetas de una época ) : “ Su desmedrada figura contrastaba con la magia de una fabulosa personalidad. Menguado de estatura, facciones desdibujadas, algún soplo misterioso debía de llevar dentro aquel hombre insignificante para que, sin proponérselo, fuese advertida su presencia y comentadas sus muchas extravagancias “. 

Sin embargo, a pesar de su desfavorecida anatomía, no le faltó a nuestro hombre una moza a quien rondar, eso sí, “ con buena intención “, pareja fija en los todavía acostumbrados bailes de taifas y paridas, con la que, después de una corta relación, acabó en la vicaría, como Dios manda. Por ello , el 30 de Septiembre de 1900, con la sana vitalidad de sus veintidós años, contrajo matrimonio canónigo con Josefa María Santana Ruíz ( 21-6-1868 ) ( 25-2-1931 ), diez años mayor e hija natural de Francisca Santana. Dos hijos trajo al mundo Pepita : Francisco y Antonio, crecidos en honradez y el respeto a los demás y cimientos de una desparramada descendencia. 

Fallecida la laboriosa esposa a consecuencias de una neumonía, Francisco Ruíz González, acaso por aquello de que no es buena la soledad, repetía nupcias, desposándose el 14 de Octubre de 1936, tiempos de amargos y apocalípticos recuerdos, con Ignacia María del Carmen Viera Pérez ( 10-12-1893) (24-10-1985 ), una de las hijas que les naciera en El Calvario a Antonio Viera y María Dolores Pérez. Fiel compañera hasta los últimos días de Pancho, no hubo prole en su maridaje.

Salvo los pocos años que le llevara la aventura americana, la vida de nuestro popular amigo discurrió a saltos entre la cueva paterna del Hospital y la del Corral de la Audiencia, mencionada ésta en escritos del XVII como propiedad de don Marcos Verde de Aguilar y Trejo, el canónigo galdense de la Santa Iglesia Catedral, Visitador de las parroquias de Guía, Gáldar y Agaete, y Juez Subdelegado del Tribunal de la Santa Cruzada.

Es justo decir lo aseado que tuvo siempre el viejo Platero su particular habitáculo, cuyo techo y paredes, frecuentemente albeados, herían las retinas con la sin par blancura sobre la que resaltaba el retrato de un joven Alfonso XIII, su más estimado trofeo, pues, entre la gente de su confianza, nunca ocultó Pancho su simpatía monárquica, si bien por aquello de “nadar y guardar la ropa “, como leal asalariado del municipio, se acomodó al rumbo político de los gobernantes del momento. Y fue republicano a su debido tiempo, socialista de hacer guardia con el fusil al hombro y hasta público admirador del Generalísimo, acaso porque no le menguaran la pequeña paga del Subsidio de Vejez.

Agobiado por las dificultades y la escasez de trabajos apropiados, a pesar de vivir Gáldar los principios de su pujante riqueza agrícola y los esfuerzos de su pobre mujer por “sacarle del tino la descabellada idea “, contra viento y marea, como tantos otros isleños, se embarca el desesperado paisano rumbo a la Perla de las Antillas, desgajada ya, no hacía mucho tiempo, de la corona de España. De este episodio continúa diciendo Rodríguez Batllori: “ Pasó algún tiempo en la isla de Cuba, pero los ardores del trópico y el duro trabajo en los ingenios le aconsejaron regresar al pueblo, donde, sin duda, encontraría una ocupación más acorde con su capacidad laboral. Volvió sin fortuna y sin leontina de oro, como había marchado; sus piezas dentarias no habían sufrido las áureas sustituciones a que eran tan aficionados nuestros indianos. El día de su llegada sólo pudo ofrecer a los vecinos que le visitaron, “con cierta curiosidad malsana“, unos mazos de puros cuyas etiquetas no coincidían, precisamente, con las prestigiosas marcas de Vuelta Abajo. Remedando al santo Job, solía repetir : “desnudo me fui y en pelete vuelvo “. 

Pepa, su mujer, le recibió imperturbable; con la misma impavidez que mostró al despedirle. Para ella, “como si hubiese venido de San Isidro el Viejo“. Su natural estoicismo le prestaba entereza más que suficiente para no caer en fáciles ternuras. ¡No sería ella el hazmerreír de los vecinos! Ni siquiera estaba en su casa cuando Pancho llegó a la ciudad; tuvo éste que esperarle pacientemente en la calle, sentado en el viejo cofre que le acompañaba desde el Caribe “.

Hacemos honor a la verdad diciendo que a pesar de su ligereza en liberar el genio por cualquier cosa, no le molestaba a Pancho que le llamasen Platero. Este sobrenombre, que no apodo en mi entender, extensivo a toda la familia incluso hoy, lo llevaron su padre y el abuelo, quien a su vez lo heredara tal vez de algún antepasado, diestro en el arte de la orfebrería, pues destacados maestros, haberlos en Gáldar los hubo y no pocos en otros lejanos tiempos. 

Quiero significar también que no era rencoroso. Ni siquiera, cuando en las cálidas tardes de Agosto las pandillas de turno, a golpes de voladores, lo sacaban de la cueva y Barranquillo arriba, enrabietado con el bastón en alto, corría hasta la misma plaza derramando lágrimas de impotencia, fue capaz de denunciar a nadie. Sólo se lamentaba ante el Cabo Valentín o la Guardia Civil, aparentando desconocer los nombres y siempre con la misma frase: ¡Me van a desgraciar estos baladrones! ¡El día menos pensado agarro la pistola y suelto dos tiros al aire que a más de uno se le va a esconchabar la barriga del susto! No hace falta aclarar que la existencia de la artillería era pura fantasía. En la cueva no había más armas que el cuchillo de hoja gastada con el que “picaba el verde de la cabrita “ y un viejo plantóncon punta de hierro que solía blandir con cómicos gestos amenazantes. 

No la faltaba al Platero cierta chispa ocurrente, donaire explotado por la gente mayor a cuenta de sus inventadas aventuras allende los mares, especialmente las amorosas. Y le sobraba el tiempo para recrearse en ellas, pues el trabajo conseguido como encargado de encender y apagar los faroles de la plaza, albear la misma para las fiestas y algún que otro entretenimiento, no precisaba echar muchas horas en su atención. Y entre aquellos días, buenos unos y no tanto otros, tampoco faltaron las graciosas anécdotas protagonizadas por tan emblemático personaje. Una de ellas, popularmente conocida, la cuenta así don Francisco Rodríguez Batllori : “ Consumidos los últimos pesos sobrantes del viaje de regreso, era necesario buscar una ocupación retribuida. Las ubres municipales le fueron propicias y no tardó mucho tiempo en verse convertido en subalterno de la Administración local. 

La invernada no había sido pródiga en lluvias y el Ayuntamiento se propuso adoptar serias medidas que cortasen el abuso de los vecinos en la utilización de las fuentes públicas. Se confió a Pancho la vigilancia de las personas que transportaban en tallas el preciado líquido, y se le concedieron atribuciones para imponer multas a los que dejaban correr irresponsablemente el chorro, una vez llenos sus recipientes.

Solía apostarse nuestro hombre junto a la fachada posterior de la iglesia con el fin de vigilar, sin que advirtiera su presencia, a las personas que acudían al pilar situado en el centro de la placetilla del mercado. Y aquí ocurrió el lance. La mujer de “ el platero “ se acercó a la fuente, llenó su talla hasta el borde, adaptó la rodillera a su cabeza y, sin preocuparse de cerrar el grifo, se alejó calle abajo con su alcarraza rezumante y en equilibrio. 

Apenas había avanzado unos pasos escuchó la voz de su marido : 
- Te caíste, Pepa. 
Y exhibiendo el taloncillo de multas tendió a su cónyuge el odiado volante amarillo que gravaba en dos pesetas su propio y escuálido salario. 
-Pero, ¿ qué haces, desgraciado?, preguntó la mujer, sorprendida. 
-Cumplir con mi oficio y quedarme más fresco que el culantrillo. A mí no hay quien me unte el beso. 

Y era cierta su afirmación. Muy celoso de sus funciones municipales, aquel hombre menudo, insignificante, no toleraba la menor transgresión de la ordenanza cuyo cumplimiento se le había confiado. Sabía imponer su autoridad, sin consideraciones personales ni concesiones arbitrarias “.

 Era el pilar, uno más de los establecidos por el Alcalde Rodríguez Bethencourt para servicio de la población. Labrada la piedra por Dámaso González Falcón y rematado por una figura que desapareció pronto, se había colocado en Julio de 1909 en la pequeña plaza, detrás de la iglesia parroquial, donde tenía lugar el mercadillo dominguero y de los días festivos. Transformada en frondosa alameda en 1847 hubo de ser talada, a finales del XIX, ante las quejas de los labradores de Las Tapias por las mermas de las aguas al obstruir las raíces la acequia subterránea que por allí pasaba desde tiempos inmemorables. Hacia los años cincuenta de la pasada centuria, el pilar fue sustituido por una cruz recordatoria de quienes perdieron la vida en la contienda civil. Trasladado el monumento a los entornos del cementerio de San Isidro, se ha colocado una columna a imitación del viejo pilar.

Aunque los gastos del matrimonio no eran elevados, se buscó El Platero un medio cómodo para acrecentar la exigua paga del Subsidio. Y sólo se le ocurrió comprar un macho cabrío con el que recorría los aledaños del pueblo, haciendo visitas a domicilio para cubrir la jairaen celo, costumbre entonces no muy novedosa por lo antigua. De este singular entretenimiento, solía analizar, de forma diferente, el servicio prestado. Si quedaba satisfecho, exclamaba : ¡Doña Fulana, la cabra le quedó como una caja!

En caso contrario, cuando la disconformidad del cliente provocaba una acalorada discusión, zanjaba la misma diciendo : ¡Mire señora, macho mío no coge usté más!

Le daba a las palabras un significado que sólo él era capaz de entender. Si no, juzguen ustedes. Enemistado con el vecino que vivía en lo alto de la cueva, por culpa del agua de una pileta que se infiltraba, se presentó en casa de un conocido letrado, entonces estudiante universitario, llevando una camisa azul y la correspondiente boina roja, con el fin de que le aclarase sus derechos en el pleito suscitado. Sólo hizo una pregunta: Si usté tiene una cueva, ¿cuyo es el techo?

Septuagenario ya, era Panchito hombre de poco aguante. Y sus fogosos arranques solía pagarlos la pobre Ignacia, que para librarse, ponía por medio el amplio patio del Corral, respondiendo con apagados monosílabos a los requerimientos del airado marido. 

-Que vengas te estoy diciendo, gritaba Pancho desde la puerta de la cueva. 
-Jum, pa que me asegures. No voy, contestaba ella. 
Después de largo tiempo entre dimes y diretes, cansado ya, con gesto resignado, rezongaba el hombre : 
-¿ No vienes?. No te apures. ¡En el echaero te espero!, mascullaba mientras hacía mutis muy ofendido. 

A medida que cumplía años y se acentuaba la sordera y la falta de vista, le crecía también al Platero la imaginación.

 Y así le dio por contar supuestas hazañas como soldado en también supuestas batallas en las antiguas colonias de ultramar, hechos creídos sobre todo por los más jóvenes, hasta el punto que al verlo pasar decían, con más admiración que guasa y no sé si influidos por la película : ¡Ese es uno de los últimos de Filipinas! 

Sin embargo, un casual encuentro pondría fin a las fantásticas historias. Había bajado de las medianías, para tramitar ciertos documentos, un individuo que al parecer era “ colega de quinta “ de nuestro personaje. Encontrados los amigos y efusivamente saludados, no tardó mucho Pancho en derivar la conversación sobre los lejanos días de la guerra colonial. 
-¿Te acuerdas cuando fuimos pa allá?, le espetó ansioso nuestro hombre al de los altos.
-Pancho, tu tás equivocao. Nosotros no fuimos pa ningún sitio. 
-¿Cómo que no?, ¡si me acuerdo hasta del vapor!
-Que no Panchillo. ¿No te acuerdas que cuando estábamos embarcaos vino una orden y nos echaron pa tierra otra vuelta? 

Ante la seguridad del veterano camarada, quedóse pensativo el bueno de Francisco María de los Dolores . De repente, como iluminado, exclamó triunfante : ¡Sí, pero nos llevemos el susto!

 

Así era este entrañable hijo de Gáldar, de irrepetible figura y bonhomía. Respetuoso y servicial, honrado de la cabeza a los pies, a cuya memoria dedicamos este cariñoso homenaje con la esperanza de que algún día, ojalá fuera pronto, alguna Corporación con sensibilidad de lo nuestro, tenga a bien perpetuar su nombre llamando al estrecho pasaje que baja de la Calle Audiencia al Corral, Callejón de Pancho Platero.Pocos tienen más méritos, porque nadie fue más popular.

Fotografía de Portada: Medina Ramos.

 

Sebastián Monzón Suárez

Actualizado el Jueves, 29 Enero 2015 16:47

1 comentario

  • Autindana
    Autindana Viernes, 20 Mayo 2011 08:13 Enlace al Comentario

    El pasaje que baja de la calle Audiencia al Corral es el antiguo "Camino de la era del Corral".Lo que en parte certifica la existencia en el"sitio" de un molino.Sobre una de las Cuevas del Corral está la casa que fué "escuela de La Audiencia".

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