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Seña Severa Montesdeoca Melo (1843-1930)

Introducción

Comenzamos con esta semblanza de seña Severa un proyecto que hace tiempo nos viene dando vueltas en la cabeza, acentuado quizá por las propuestas de amigos y amigas sobre la elaboración de un bloque de personajes de nuestro municipio. Tres son las dificultades a las que nos enfrentamos: criterios a seguir para la elaboración de la lista biográfica que determine un definido hilo argumental,contenidos y fuentes precisas para que tales semblanzas mantengan una misma homogeneidad y no queden descompensadas unas frente a otras.

Hasta ahora, en la mayor parte nuestros trabajos; artículos, ensayos y libros de historia y etnohistoria siempre hemos procurado una exposición con un estilo directo. Quizá con estos bosquejos podemos tener más libertad de expresión y entrar en detalles personales y hasta más subjetivos, menos escépticos y más literarios si es que podemos llegar en algún momento a la creación artística. Pero por otro lado no hay duda de que el lector desea ante todo la verdad histórica de cada personaje, sobre todo si ha sido conocido e influyente en la comunidad, cosa que nunca llegaremos a descubrir en toda su dimensión por la imposibilidad de encontrar los contenidos de toda una vida de una persona y con el problema de siempre en la historia: la objetividad, el no dejarse influir por valores emotivos.

Por todo ello esta semblanza sobre seña Severa Montesdeoca Melo sólo responde a un intento de combinar esas ideas, solventar esas dudas y como no también liberarnos de los patrones preestablecidos, aportando granos de arena a la reconstrucción del pasado con el intento de exponer unos hechos y paisajes de forma grata para el lector.

Y, a la vez aporta un grano de arena más a las actividades que nuestro centro celebra con motivo de la celebración del Día de la Mujer Trabajadora.

Su entorno: La Pasadera-El Barrio.

La hoy Plaza de Galo Ponte, la conocíamos ayer como La Plazoleta de La Cruz de Los Caídos por haberse construido allí, después de la posguerra, una placetilla con una gran cruz en el centro donde, cada 30 de noviembre, se conmemoraba la muerte de José Antonio. Era un espacio público, lugar concurrido hasta 1968, en que se derrumbó dicha plazoleta; tanto para los juegos de los niños y niñas como para las amas de casa, niñas y niños que hacía largas colas con sus cacharos, ganchos, y baldes a fin de tomar el agua del pilar que se hallaba en vértice norte de aquella plazoleta triangular.

Más atrás de la Guerra, en el antes de ayer histórico, este lugar público constituía una parcela agrícola privada que llegaba hasta las fincas de don Melitón Ramírez y don Pedro Sosa Brito. Se la conocía como el Cercado de Pedro Luisa, célebre personaje por sus travesuras entre otras la de incendiar el Molino de Viento de Mogán, a principios de aquel siglo. Del vértice norte del Cercado de Pedro Luisa partían dos caminos bifurcados del principal que venía de La Plaza. Este vértice estaba a unos pasos de la Acequia Real, la que para cruzarla, en un tramo muy concurrido por lavanderas, desde tiempo inmemorial se habían colocado unas lajas muy grandes, por lo que este lugar también se le conocía como La Pasadera.

En la esquina de abajo del Cercado de Pedro Luisa, cerca de La Pasadera, el Camino Real se bifurcaba así: uno recto hacia El Barrio a cuya izquierda estaban las casas de don Teófilo Segura (hoy el comercio del 99), la de seña Severa… y otro oblicuo dirección hacia las tres cruces del Calvario -donde descansaban los muertos en los entierros- La Máquina (máquina de vapor para un molino de gofio de Antonio El Herrero), el Cementerio y Los Llanos Altos. Estas casas al borde del camino y frente a los muros de piedra del cercado sobre los que caían sus orillas de cañas y centenarias higueras, eran muy bajas, tejadas en dos aguas y debían ser muy antiguas. Aquí comenzaba el núcleo poblacional más antiguo del pueblo, El Barrio enclavado entre Los Llanos Bajos y el barranco de Tocodomán.

Recreación del paisaje de La Placeta a El Barrio hacia 1925, con una flecha roja la casa de seña Severa Montesdeoca Melo (dibujo del autor)

Recreación del paisaje de La Placeta a El Barrio hacia 1925, con una flecha roja la casa de seña Severa Montesdeoca Melo (dibujo del autor)

 Una vida de sufrimientos

El Barrio se vistió de luto el cuatro de abril de mil novecientos treinta, día en que murió seña Severa, a la edad de ochenta y siete años. No era normal en aquel entonces que la gente fuera tan longeva. Ella falleció de cáncer pero para sus convecinas la muerte le debió venir, como se decía antes, porque “ya tenía la medida llena”. Había vivido muchísimos años en los que tuvo que afrontar difíciles momentos históricos y grandes cambios socioeconómicos.

Porque seña Severa, nacida en 1843, empezó soportando desde sus primeros años los terribles momentos de la gran hambruna y luego la epidemia mortal del cólera (1846-1859). Cuando ya era una señorita conoció la implantación de la cochinilla, a mediados del siglo XIX, momento de matrimonio, en 1867, con Vicente Sosa Brito, para al poco tiempo verse con las revolturas sociales del Pleito de La Aldea en la década de 1870. En aquellos años frente a su casa, en la vivienda sus primos los Llarena Melo (la hoy casa tejada de Mari Carmen Ramos, la Niña), se fraguó, según la tradición oral, la conspiración mortal, luego fuenteovejunizada, contra el desgraciado secretario municipal Diego Remón de la Rosa, quien caía asesinado en el camino de Tirma la mañana del 19 de marzo de 1876

Al finalizar aquel siglo tan difícil, la familia de Severa Montesdeoca sufrió la humillación de tener que suscribir un contrato escrito de medias con los nuevos propietarios de laHacienda Aldea de San Nicolás, los Pérez Galdós, para evitar ser expulsados de las tierras que cultivaban al partido de medias perpetuas. Aquel gran latifundio ya había cambiado de amos, los marqueses de Villanueva del Prado (ella había conocido a los tres últimos) arruinados perdieron la propiedad en un largo procedimiento judicial y cuando los nuevos dueños, entraron en la misma, en un acto de posesión judicial, celebrado el veintiocho de mayo de mil ochocientos noventa y tres, los hermanos Montesdeoca Melo y otros ocho grandes medianeros rehusaron firmar las diligencias de notificación de dicha posesión, con lo que sufrieron las consiguientes represalias a nivel judicial.

Recreación de la zona más poblada del latifundio Aldea de San Nicolás, en El Estanco-El Barrio, a finales del siglo XVIII.

 Más hechos trascendentales le tocó vivir a seña Severa antes de que finalizara su siglo: la implantación por primera vez de los tomateros (1897), la misteriosa muerte del administrador Juan Domínguez Ballester y el accidente mortal del niño Santiago Rodríguez cuando se le vino encima el cubo del molino de agua de La Ladera (1898), comenzaba el período que se alargó hasta la primera década del siglo XX en que Corrales controló el poder político y económico, en cuyo contexto su cuñado, el ex alcalde Pedro Sosa Brito escapó de una intoxicación mortal dada por su esposa a base de infusiones de agua de malva con aceite lo que no pudo superar su compañero el Juez Juan Justo Segura que juntos se habían tomado unas “copas” en la tienda de La Plaza, en las que alguna mano puso el mortal veneno (1900).

Seña Severa sufrió, a partir de 1912 y hasta 1927, los años más virulentos del Pleito de La Aldea; un litigio final promovido en un principio por su primo el cura León Llarena y contra el que se enfrentó luego, a partir de 1916, toda su familia, cuando ella, ya ocotogenaria, vivía los últimos pero más intensos años de angustia de toda su vida.

El litigio judicial de 1923

Lo más grave empezó cuando en 1921, los Pérez Galdós vendieron la Hacienda Aldea de San Nicolás al consorcio que había conformado el primo de seña Severa, el sacerdote Juan León Llarena. Entonces, una mayoría de colonos continuaron negando los derechos de propiedad de aquellos sobre las tierras en litigio.

Después de varios juicios de conciliación, los nuevos propietarios comenzaron a entablar procedimientos judiciales contra los colonos opositores y de mayor relieve social, que a su vez eran los que disfrutaban del mayor número de parcelas, como era el caso de la familia de seña Severa, cuyas tierras por su avanzada edad ya no cultivaba y que había cedido a sus hijas María y Manuela.

El pleito de la familia de Seña Severa se sustanció en el Juzgado Municipal de Agaete contra sus dos yernos An tonio Rodríguez Viera y Juan Francisco Hernández Suárez como juicio de de sahucio, al ser éstos quienes cultivaban las tierras en litigio, que conformaban una superficie total de cinco fanegadas, repartida en seis cercados de regadío situados en La Marciega, Ca bo Verde, Los Llanos Bajos, La Cardonera y Artejeves.

En aquel momento Seña Severa y su hermana Leandra habían heredado la posesión estas fincas de sus padres, tras el fallecimiento de su herma no José Montesdeoca Melo quien había sido activista y a la vez desahuciado, como ya indicamos tras la toma de posesión judicial de 1893 en favor de los Pérez Galdós y que para mantenerse en estas tierras tuvo que firmar un humillante con trato de arrendamiento. Pero estas fincas no sólo fueron nuevamente objeto de desahucio por su importancia superficial; el trasfondo de esta cuestión fa miliar la encontramos en la personalidad de Antonio Rodríguez Viera, conocido por Melao por su color rubio rojizo que ha transmitido a sus descendientes, entre otros al conocido y popular Antonio Álamo, El Rubio. Era concejal de la mayoría gobernante del Ayuntamiento que presidía Salvador Araújo y hermano también del juez Francisco Rodríguez Viera (padre de los Rodríguez Quintana). Ambas instituciones estaban con troladas desde 1917 por los medianeros rebeldes, con una política hostil a la Casa Nueva. La familia de los Rodríguez está presente en La Aldea desde el siglo XVII y aparece en todas las protestas campesinas anteriores contra la Casa.

Los yernos de seña Severa fueron condenados en el Juzgado de Agaete, al desahucio de sus tierras y tras la apelación el juez de Guía confirmó la primera sentencia. Seña  Severa se presentó en el juicio y protestó por haber prescindido de su personalidad como “la única y verdadera dueña” de aquellas tierras; pero no logró sentencia favorable aunque el litigio fue extrajudicialmente muy debatido tanto en la prensa como en sendas publicaciones que en 1923‑24 hicieron los dos bandos del Pleito y si para los colo nos rebeldes seña Severa Montesdeoca era una anciana octogenaria“santa víctima”, heroína de la causa; para los propietarios una “anciana terca” utilizada por los demandados (Relación verdadera y justificada de la Hacienda o Aldea de San Nicolás. Las Palmas de G.C. Tip. La Jornada. 1924, pág. 10 y Los aldeanos de San Nicolás al país pidiendo justicia. Madrid, 1923, pág. 19. “Varios traidores y una santa víctima”).

1924. Seña Severa, sentada a la izquierda en la cárcel de Guía, con la mujer e hija del carcelero y su nieta María (parte superior, izquierda), fotografía coloreada en la época y retocada, propiedad de Baudilia Sosa.

La entrega de las tierras de seña Severa (1923‑1924)

Con el desahucio de las tierras de seña Severa se abrió la conflictividad en 1923. El 12 de mar zo se presentó en La Aldea el Juzgado de Agaete en unión del cabo‑comandante y fuerzas de la Guardia Civil de Gáldar para entregar las tierras en litigio al representante de la Casa Nueva, Manuel Díaz Quintana. Pero en el acto del lan zamiento, los terrenos de esta anciana, en Los Cardones (un cercado de 2 fanegadas), y sus alrededores aparecieron invadi dos por más de 1.500 vecinos que pacíficamente se manifestaban en contra del procedimiento de desahucio. Los manifestantes fueron desalojados por la fuerza pública, no así la familia de la anciana que alrededor de la misma se negó a entregar sus tierras.

Al mes siguiente se intentó repetir el acto judicial con idénticas manifestaciones y protestas. Entonces, la fuerza pública a punta de bayoneta desalojó a los manifestantes, detuvo a seña Severa, entonces con 82 años, y la condujo al Juez de Primera Instancia de Guía bajo la acusación de "desobediencia a la autoridad". Y allí quedó recluida, a lo largo de siete meses, en la cárcel del Partido Judicial; pero no dejaba de insistir ante las autoridades judiciales que desde que llegara a su pueblo volvería a entrar en las tierras que, según ella, había heredado de sus padres. Una acción de enorme fuerza publicitaria para la causa de los colonos rebeldes. Pero las cosas no fueron bien las los aldeanos. En el mes de marzo de 1924, otros medianeros significativos también fueron perdiendo los pleitos de desahucio como fue el caso de las propiedades de Eufemiano Araújo, en El Hoyo, que pese a las manifestaciones, la fuerza pública dio posesión de ellos a los propietarios.

Finalmente, los terrenos de seña Severa Montesdeoca, pese a que en cada acto de entrega volvían a ser invadidos por manifestantes, pasaron a los propietarios de la Casa Nueva hasta 1927, fecha en que intervino el Estado, tras la visita del ministro de Gracia y Justicia, don Galo Ponte y Escarpín, expropiando y vendiendo cada una de las parcelas en litigio a los colonos, tras la publicación del célebre Decreto-Ley de 15 de marzo de 1927, que puso fin al tres veces centenario Pleito de La Aldea.

1925-1927, Panorámica de La Aldea tomada por el fotógrafo alemán Teodor Maisch, donde señalamos el cercado de dos fanegadas, en Los Cardones, objeto de desahucio a seña Severa en 1923-1924

1925-1927, imagen del mismo fotógrafo, continuación de la anterior que recoge la parte superior del valle con el núcleo de La Plaza, La Placeta y El Barrio (propiedad de El Museo Canario). 

 Los últimos cambios en el entorno

Doña Severa Montesdeoca Melo, como otras tantas mujeres y hombres de aquel momento histórico, con sus aciertos y errores, contribuyeron a que la solución final de aquel centenario litigio socioagrario pasara por las manos del Estado en 1927. Con ello al fin descansó en compañía de sus dos hijas unos tres años más, tiempo en que pudo ver cómo el pueblo recuperaba el dinamismo económico gracias a la reanudación de las exportaciones de tomate.

Quizás fuera la llegada de los primeros vehículos a motor, en 1928 y el trazado de nuevas carreteras lo que más llamara la atención a esta hija del siglo XIX. Vio como desde La Placeta se trazó, en la década de 1920, una ancha calle hasta La Pasadera, frente de su casa, que continuaría hacia El Calvario, el Cementerio y Los Llanos. Igualmente vería el ensanche del camino que pasaba delante de su casa hacia El Barrio, doblando dirección a la casa de Emeterio Espino. Ambas vías se trazaron a costa de recortar el Cercado de Pedro Luisa. También vio como La Alameda, un solar que había sido adquirido por el común de los vecinos, en 1914, con el que su primo el cura Juan León quiso presionar a los colonos y en lo que su yerno Antonio Rodríguez Viera intervino con fuertes acusaciones contra el mismo, se transformó en una gran plaza pública, nucleando el nuevo desarrollo urbano del casco. Y llegó a oir la primera banda de música, ver al primer médico que llegaba al pueblo, don Juan Marrero, entre otras avances sociales como era la creación de la Sociedad y los primeros equipos de fútbol. Pero no pudo ver más porque fallecía en 1930 a la edad de 87 años, ni si quiera alcanzó a ver el cambio de régimen de 1931 cuando se proclamó la Segunda República ni la anhelada carretera de Agaete, ni la penicilina; aunque sí se libró de conocer el período crítico de las guerras española y mundial con el nuevo marco de hambre no tan grave como el que ella conoció de niña. Había vivido lo suficiente, como para ver varias veces pasar el temible barranco de “Tocomán”, por delante de su casa.

En la puerta de su casa, frente al muro del Cercado de Pedro Luisa, nos imaginamos cuántas noches de luna llena y calores que obligaban a la gente a salir de sus casas pudo disfrutar seña Severa, oyendo de niña mil cuentos de antes, quizás del siglo XVIII de sus abuelos y contarlos luego ella con otros más que protagonizó en su larga vida, a sus nietas Mariquita, Antoñita…

Años después de su muerte, en la década de 1940, cuando el solar de Pedro Luisa fue adquirido por el Ayuntamiento y en él se construyó La Placeta de La Cruz de Los Caídos y su pilar, aquel histórico entorno en que vivió seña Severa se completó de urbanizar hasta 1968 con nuevos modelos arquitectónicos en los que destacaban varios almacenes de empaquetado, tiendas de comestibles y de ropa. La Acequia Real, aún a cielo abierto afloraba tras cruzar la finca de Amable Hernández, donde nadie acallaba el pistoneo aquel motorcillo siempre agonizante para sacar el agua del pozo; agua que a veces llegaba gratis, limpia y profunda por la Acequia, momento en que las mujeres de La Pasadera, casi todas nietas y bisnietas de seña Severa, se apresuraban con sus baños llenos de ropa a salpicar una y otra vez sobre aquellos centenarios lavaderos.

La casa se seña Severa se fraccionó entre sus dos herederas; en la parte de abajo, recuerdo que se instaló una relojería y una casa de semillas. Mis suegros adquirieron, a finales de los años sesenta, esa parte mientras en la otra se mantenía su nieta Mariquita Rodríguez Sosa. Esta recordada mujer siempre mantenía la costumbre con su hermana Antonia, hijos, cuñado y yerno de sentarse en una silla en la acera, junto a la puerta, sobre todo en las noches de verano, que aprovechaba para hacer mil cuentos de su abuelita y de su padre en los años difíciles del pleito. Eran los nuevos tiempos de también noches largas de verano con tantos “familios” jugueteando en La Plazoleta y sus mayores sentados o tendidos en las aceras en gratas tertulias comunitarias.

Plazoleta de Galo Ponte en la actualidad. La flecha roja indica el lugar donde estaba la casa de seña Severa Montesdeoca.

Años después, cuando comencé a investigar el proceso del Pleito de La Aldea, Mariquita fue uno de mis informantes más valiosos. Mil cuentos decía a su contertulios y en respuestas a mis preguntas me hablaba con toda precisión de Corrales, del administrador Domingo Aguiar, de la muerte de Juanito Ballester y de Cho Justo Segura, de los problemas con el cura León, de cuando su abuelita la llevaron presa a Guía con mucho orgullo lo decía pues “ni robó ni mató, solo defendió lo suyo”; todo en la misma puerta de aquella casita de techo a dos aguas, la de su abuela doña Severa Montesdeoca:

¡Ay! Bien pasó mi familia. A mi abuelita se la llevaron presa. Siete meses estu vo en la cárcel de Guía. Allí estuvo con las puertas abiertas acompañada de mi hermana Antonia y de la mujer y la hija del carcelero, que tan amigas se hicieron. Todos sabían que no había robado ni matado. Todos iban a visitarla y ella siem­pre le decía al Juez: Si me suelta, me voy para La Aldea a mis tierras, las que me dejaron mis padres.

Yo no me quiero acordar de aquella noche cuando los guardias civiles rodearon esta casa para coger preso a mi padre por un suelto que habían puesto en el periódico a nombre de mi padre (... ) por culpa del cura León, que allá las estará pagando todas las que hizo. Mi padre estaba en Tasartico cuidando las vacas. Y por la tardecita, nos avisaron unos medianeros del mismo cura, que venían a cogerlo preso. Mandaron a Danielito, el de Linagua, a buscarlo con una bestia. Bajaron por Artejévez pa bajo hasta Cabo Verde donde se escondió. Mi tío Francisco y todos ellos le dijeron lo que tenía que hacer y se escapó de noche barranco arriba hasta Tejeda. De allí se presentó a la Justicia. Estuvo quince días preso y luego lo soltaron.

Epílogo

Hoy pocos conocen a este lugar por La Pasadera ni por La Plazoleta de La Cruz de los Caídos. Es la Plaza Galo Ponte, en honor al ministro que zanjó para siempre el Pleito de la Aldea. Nuevos edificios conforman la línea donde se hallaban aquellas casitas centenarias que miraban hacia las paredes del Cercado de Pedro Luisa.

La Plaza Galo Ponte tiene un gran dinamismo: coches aparcados de quienes van a comprar al “99” o utilizan la cabina telefónica. Una parte de la casa que fue de Seña Severa, completamente reformada, sólo está habitada Antonio del Toro, Lolo el yerno de María Rodríguez Sosa con su hija Mari Rosa, tatarienta de nuestro personaje.

La vía que da a La Pasadera, es la hoy calle Pérez Galdós, donde viven, en sus respectivas casas dos bisnietos de seña Severa: Baudilia Sosa (quien guarda como una reliquia la foto de su bisabuela en la cárcel de Guía) y Antonio Ojeda, los que no llegaron a conocerla. Y no queda más recuerdos o huellas de ella en su entorno aparte de otros bisnietos y tataranietos que viven en otras partes del pueblo. No sé si los contertulios que todas las tardes se reúnen en esa plazoleta como son Pepe Díaz y Polo Castellano la recuerdan. No veo más nexos con este pasado. No hay ley más contundente y a veces tan dura como la del tiempo. Y qué curiosidad: don Benito Pérez Galdós que formó parte del consorcio propietario de La Aldea contra el que tuvo tantos problemas tuvo la familia de seña Severa da allí, en la línea por donde está enterrada la Acequia Real que da a La Pasadera y a la Plaza Galo Ponte, da su nombre a la calle. Qué cosas duras, dije antes, genera la ley del tiempo ¿Por qué no llamarse esta calle seña Severa Montesdeoca en vez de Pérez Galdós?

 Bibliografía

Relación verdadera y justificada de la Hacienda o Aldea de San Nicolás. Las Palmas de G.C. Tip. La Jornada. 1924, pág. 10.

Los aldeanos de San Nicolás al país pidiendo justicia. Madrid, 1923, pág. 19. "Varios traidores y una santa víctima".

Suárez Moreno, F (1989): El Pleito de La Aldea, 300 años de lucha por la propiedad de la tierra. Edición propia, Santa Cruz de Tenerife, pp. 267-269, 317-318, 336-337.

Actualizado el Sábado, 17 Enero 2015 17:30

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