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D. José María Gil

Con motivo de una visita a nuestra ciudad de los galdenses radicados en Tenerife, que presidió hasta su fallecimiento D. Juan Rodríguez Ramírez, promotor incansable de esta idea, se invitó al acto a D. José María Gil quién no pudo asistir por motivo de su edad y por teléfono le intenté grabar sus palabras que empezaban por las famosas estrofas de la seguidillas “a lo alto del monte” y no pensaba yo que me viniese tan al pelo en esta presentación de “personajes en el recuerdo” y con ellas empiezo:

A lo alto del monte,

Se sube el viento

Pero más alto

Se sube mi pensamiento.

En este caso, mi pensamiento quiere subir muy alto para recordar la figura del extraordinario folclorista que fue D. José María Gil, afincado durante muchos años en San Bartolomé de Lanzarote, donde difundió su afición y conocimientos del folclore galdense, renovado en muchos casos con los aires de la isla de los volcanes.

D. José María Gil por su preclaro conocimiento, prodigiosa memoria y extraordinaria afición a nuestra música tradicional, fue el lazo de unión entre la tradición y la renovación folclórica de las islas.

En una de sus cartas fechada el 4 de marzo de 1978 – tenía entonces 81 años – me pide disculpas por su forma de expresarse: “como las ideas se acumulan cuando me pongo a escribir así observará cierto desorden  al pasarlas al papel. Pienso que el valor que tienen es que según las siento, las paso por el corazón para darles un poco de calor y ¡hala!...a volar como palomas salidas de mi viejo palomar".

Mi primera intención era comentar el contenido de sus cartas y he de confesar que ante su lectura, me resulta difícil añadir o quitar y comentar algo sobre ellas. Pienso que mejor es “dejarlas volar, una vez pasadas por el corazón”.

Nos decía: “Nací en la calle de La Luna el ocho de junio de 1897. Hijo de Esteban y de Julia. Mi padre fue un marino trotamundos, navegó muchos años en compañía de Miguel el de tía Joaquina – Miguelito Medina – que vivió cerca del Cementerio Viejo. El señor Miguel era un hombre de mediana estatura con una gran barba blanca, (cuando yo lo conocí)”. Estimo que Miguelito Medina, también debe figurar entre los “personajes en el recuerdo”.

Mi santa madre ¡bendita seas!, tenía que hacer juegos malabares para que con los pocos dineros que recibía, sostener a sus cinco hijos. Gracias a D. Teodoro Suárez que tenía su tienda en la parte alta de la calle de los Guaires y le fiaba lo más indispensable de azúcar, velas, jabón, petróleo, etc…, estrechamente vivíamos, muchas veces con ganas de comer, que es hambre… pero vivimos… Todos los hermanos fuimos a la escuela de D. Francisco Guillén, aquel gran maestro de memoria favorable y el párroco que me bautizó fue D. José Romero, también inolvidable…

Como ya dije, nací en la calle La Luna … A aquél barrio se le llamaba  “Los Monturríos”. A pocos metros había una depresión vertical así como de seis o siete metros dando frente a Marmolejos y en ella tres cuevas, dos de ellas blanqueadas y habitadas por señor Juan el “Fraile” la señora Antonia la de “las Cuevas” y sus hijos Benito el Fraile y Pepe el de Las Cuevas, conocido también como Pepe el Peloto… Benito descubrió la mina que todos buscamos: “El vivir sin trabajar”. Por las tardes, después de puesto el sol se sentaban al venir del trabajo Pepe y Perico (sobrino), éste con una bandurria y Pepe con el timple que lo tocaba muy bien, dando espalda a las Cuevas. Luego acudía Benito con una guitarra palmera hecha por Félix Sosa. Allí entonaban isas, malagueñas, folias y seguidilla… Desde que salía de la escuela ya estaba yo por los alrededores de la Cueva y cuando los tres se sentaban a tocar me ponía en sus pies embelezado con aquellas melodías que tan grabadas quedaron en mi memoria para siempre.

Pasados algunos años Benito construyó cerca de la Cárcel unos dos cuartos y los dedicó a una barbería. Allí acudía yo con mi bandurria o mi violín y juntos con aquel gran tocador típico Pepito Dolores, seguíamos alegrando la calle.

Cuando tuve diez y ocho años quedé paralítico de la cintura abajo durante dos años y entonces leí mucho, estudié música, la guitarra y el violín, fueron dos años de experiencia para el resto de mi vida.

 El Sorondongo.

 “En aquellos tiempos cuando nacía un niño, se acostumbraba bautizarlo a los seis u ocho dias y durante las noches hasta las doce se reunían las familias y conocidos en la humilde salita y con juegos de prendas que consistían en adivinanzas, trabalenguas etc. Y el que perdía ella o él, habían de depositar en un sombrero un anillo, una navaja, un pañuelo. Luego cuando había suficiente número se iba imponiendo a cada uno una pena consistentes casi todas en poner en relación un chico con una chica. En la noche del bautismo se celebraba la última y entonces los padrinos obsequiaban con dulces y buenas tazas de chocolate. Si no había luto en la familia, se organizaba algún baile con las parejas que cupieran holgadamente en la sala (aún no  se bailaba agarrado). En una noche que asistí a una última, invitado con mi hermano Pancho, con la guitarra, D. Pedro el jefe de mecánicos del Agujero con la Bandurria y yo con el violín para tocar, recuerdo que un viejecito muy gracioso sacó a bailar a una muchacha y haciendo ante ella diversas figuras, cantó y nos enseñó a cantar el dichoso SORONDONGO cuya melodía es tan pegadiza que nunca la olvidé lo mismo que las estrofas de él Sorondongo del Fraile etc. Y la del solo: ESTOS DOS PICHONES – SE ESTÁN ARRULANDO- - LA PAJA PA EL NIDO LA ESTÁN AJUNTANDO.

El Sorondongo lo canté por primera vez fuera de Lanzarote el 1 de mayo en un concurso en Tenerife el año 1945 y siendo una cosa tan sencilla ha tenido un gran éxito aún entre los extranjeros, de modo que el Sorondongo “NACIÓ EN GÁLDAR” en la Calle de La Arena, bajando a mano derecha”.

Esta es señores, parte de la carta que años pasados me envió  D. José María Gil, con su peculiar forma de escribir, atropellada, pero como él nos dice “Pasadas por el corazón”.

También conservo la descripción de un viaje desde Gáldar a Las Palmas en carros de caballos y la confesión de sus correrías de niño “¡Ahí mis amiguitos, mataperros, pobres y descalzos como yo, que no dejemos madurar un guayabo en las fincas del Sr. Isidro Montesdeoca igual que los higos y duraznos y algarrobas en   la de Antoñito Bolaños, Esteban Aguiar y Juanito Guzmán!

En justo merecimiento a su amplia dedicación al folclore y por su demostrado amor a nuestra tradición el 19 de octubre de 1980, el Excmo. Ayuntamiento de Gáldar, en presencia del grupo Los Cebolleros, formado por los hijos de aquellos que compartieran con D. José María Gil la enseñanza musical de nuestra ciudad, ha perpetuado su memoria con la nominación de una calle, situada junto a los grandes recuerdos históricos del municipio, lindando con el extraordinario yacimiento de la Cueva Pintada.

 

Juan Manuel Suárez Rodríguez

Actualizado el Sábado, 17 Enero 2015 18:50

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