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María Sosa Aguiar, la Meliana (1869-1957)

Introducción.

Una de las calles del casco de La Aldea de San Nicolás, en la zona de La Palmilla, lleva hoy el nombre de La Meliana, tal como se conocía a María Sosa Aguiar, una mujer aldeana de marcado carácter, que destacó en la causa social que define nuestra historia, El Pleito de La Aldea. Con motivo de la celebración del 8 de marzo de 2000, dedicamos unas líneas al grato recuerdo que esta mujer ha dejado en nuestro pueblo y con ella el reconocimiento a tantísimas mujeres que, con o sin nombre, también pusieron su cálido granito de arena en aquella tres veces centenaria lucha social por la tierra y el agua. Ahora, seis años después, volvemos a reconsiderar esta breve semblanza para la serie que Infonortedigital.com dedica a personajes populares de los pueblos de nuestra comarca.

La defensa de la tierra y  el colectivo femenino

Si remontamos los siglos que duró esta célebre causa judicial del Pleito de La Aldea nos vamos encontrando con mujeres que la abanderan y que defienden apasionadamente la tierra y el agua, el binomio inseparable de nuestro modo de producción. Así, tenemos una vaga tradición oral que nos habla de una anciana de Tocodomán que, en tiempos muy lejanos, no permitió, a fuerza de pedradas, que uno de los primeros marqueses de Villanueva del Prado entrara en sus tierras. O el personaje con que abrimos esta serie de semblanzas, la octogenaria Seña Severa Montesdeoca Melo (1843-1930).

En cada una de las etapas de esta agitada historia, hasta 1927, la mujer aparece detrás de todos los acontecimientos, unas veces en el anonimato y otras en la acción directa, desde el motín de 1722 hasta los acontecimientos de 1923-1927. Precisamente fue la octogenaria Seña Severa Montesdeoca Melo la que abrió esta serie de semblanzas o biografías.

La breve semblanza que hoy nos ocupa, la de María Sosa Aguiar, La Meliana, se enmarca en una Edad Contemporánea. Aún es recordada en La Aldea, ya anciana, en su casa de La Placeta, como una mujer desprendida, pero cargada de mucho genio y revestida de la figura que fue.

Calle La Meliana

Su entorno y familia

María Sosa Aguiar nació en La Plaza de La Aldea, en 1869, en un hogar privilegiado, en el de la hija del que fuera administrador y mayordomo de los marqueses de Villanueva del Prado en este pueblo, Domingo Aguiar Pérez. Se atravesaba un momento de grandes cambios políticos en el Estado español, en Canarias y en su pequeña aldea. La revolución del año anterior había destronado a Isabel II y traído, por primera vez, la democracia plena, que duró unos seis años.

En aquel sexenio revolucionario y la posterior restauración borbónica tuvo lugar la infancia de María Sosa  bajo la tutela de su abuelo materno. Detengámonos en este personaje: Domingo Aguiar Pérez, administrador del gran latifundio o Hacienda de La Aldea, entre 1850 y 1870, había echado raíces en el pueblo, habiendo adquirido con el tiempo un importante patrimonio. Estaba casado con Ángela Morales, con la que tuvo una sola hija, Leandra, casada con el aldeano Vicente Sosa Brito, quien pertenecía a una influyente familia de El Barrio. De Leandra Aguiar y Vicente Sosa nacieron cuatro hijos: María -La Meliana-, Manuel, fallecido en su juventud, Primitiva, que emigró hacia las Américas y Prudencia, que se casó con un vecino de Tasarte, a donde fue a vivir. La casa de don Domingo Pérez Aguiar se hallaba en la trasera de la iglesia donde había instalado un molino de viento que tantos problemas le acarreó en 1876, con el secretario y el alcalde.

Recreación de la Plaza de La Aldea, en los primeros compases del Siglo XX. Obsérvese detrás de la iglesia la que fuera casa y molino harinero del abuelo de La Meliana

La vida de la Meliana en su niñez y juventud estuvo marcada por las desgracias familiares, como veremos más adelante. Se quedó casi sola en el municipio, con su hermana Prudencia, su rama familiar en Tasarte. Antes de proseguir con su historia les cuento que su hermana Leandra conformó en aquel lejano valle, una prolija familia. Uno de ellos, su hijo Clemente, el célebre alcalde pedáneo y transportista, otra muy conocida fue su hija Rosa García, y qué Rosa, de carácter también y de mil pleitos y tantos cuentos como su tía. Les narro uno de cuando eran jovencitas. Habían ido a Teror, a la Fiesta del Pino, a principios del siglo pasado, la madre Leandra Sosa Aguiar y sus hijas Rosa y María. Al finalizar las fiestas, en vez de regresar por el centro y la cumbre,  se empeñaron en bajar a Arucas para comprar un reloj de campana para la casa, lo que iba a alargar considerablemente el regreso. La madre, no muy convencida, les decía a las hijas que para qué quería el reloj si no sabía de números y además era muy caro: ¡No se preocupe que la campana le avisa, si son las dos toca dos y si son las tres van tres campanadas seguidas, ande… cómprelo, maire. Compraron aquel “armatostre” de reloj y, caminando con él a la cabeza, las tres tomaron rumbo para Tasarte por todo el Norte adelante. Llegaron a medianoche al Risco de Agaete, muertas de cansancio y sueño. En un pajar pernoctaron. La madre, que fue la más que debió cargar con el armario-reloj, no pudo de entrada conciliar el sueño, entre el cansancio y la notable inversión económica de algo como un reloj que, a lo mejor, no lo iba a entender. A las doce y media el reloj da una campanada y Leandra pensó pues sí… funciona, sí lo voy a entender, es la una, pues no sabía que cada media hora también daba una campanada. Y a la una, ella pensaba que ya eran las dos, da otra campanada, lo que la impacientó mucho. Llega la una y media y el reloj vuelve a dar otra campanada, cuando ella pensaba que debía dar tres por creer que eran las tres de la madrugada. La señora no aguantó más y con aspavientos despertó a sus dos hijas con aquello que aún se cuenta en Tasarte: ¡María, Rosa… ahí lo tienen con una campaná sola; claro… cómprelo maire, cómprelo maire…! Y cerró el repertorio con contundente ¡Y a Arucas, que no fueron dos pasos!

Volvamos al principio de la historia de La Meliana y su familia. Entre 1876 y 1882 se vivieron en La Aldea unos turbulentos años: el Ayuntamiento y las propiedades de la Casa Nueva sufrieron aparatosos incendios, se intentó expulsar de la tierra a 200 medianeros perpetuos y cayó asesinado Diego Remón de la Rosa, Secretario municipal; todo ello en el contexto del Pleito de La Aldea que había vuelto a renacer. María Sosa Aguiar vivió de niña muy intensamente aquellos años, vio procesado a su abuelo Domingo Aguiar, uno de los principales instigadores, al que luego sería su suegro, Antonio Ojeda Rodríguez, entre otros cabecillas, incluidos sus tíos paternos. A todos ellos, la niña María Sosa observó, con siete años, cómo fueron llevados presos a Santa Cruz de Tenerife con los vecinos de mayor relieve social.

Los gravísimos problemas sociales se acentuaron para aquella niña, con una terrible tragedia familiar, como antes les adelanté. Su abuelo Domingo Aguiar fallece en 1885. Le siguen las muertes encadenadas de su abuela Ángela Morales y, lo más grave la sus padres Vicente Sosa y Leandra Aguiar, casi todos víctimas del mal de aquel siglo, la tisis o tuberculosis. Las dos niñas y su hermano quedaron huérfanos, atendidos por sus tíos paternos y sin poder recibir la renta de las extensas propiedades que su abuelo Domingo había dejado en Tabaibales, Mogán y Tauro, pues desistieron ante las amenazas de muerte que recibían cuando iban a reclamar sus derechos.

En  esta desgracia familiar (acentuada con la muerte su hermano Manuel, con sólo 23 años en 1894, y en la descrita virulencia social por la que atravesó su pueblo) debió formarse el fuerte carácter de María Sosa. Pero tal desgracia quedó atenuada con la formación de su nueva familia, la habida con su matrimonio con el joven Juan Ojeda Bautista, con el que tuvo nueve hijos, cuatro de los cuales vio morir en su juventud y algunos casados.

Madre y activista

En su hogar de La Placeta , María Sosa Aguiar fue creando una  familia numerosa, cuya subsistencia se basaba en la tierra. Cultivaba, con todos sus hijos e hijas, al partido de medias perpetuas, dos cercados de tierra con más de 24 celemines, en el mismo casco del pueblo, en La Palmilla y en Los Cascajos,  así como otros 36 celemines de terrenos de secano  en El Granillar y en La Hoya de El Pinillo. Constituía todo un importante patrimonio, en el marco de la enfiteusis o medianería perpetua del gran latifundio de La Aldea ,  que tuvo que defender entre 1912 y 1927, cuando el famoso Pleito entró en su fase más conflictiva.

Es el momento en que, nuestra protagonista, con sus cuarenta años, se erige en una de las organizadoras más apasionadas del colectivo femenino, en el que participaron otras mujeres como las hermanas de los Rodríguez Viera, Seña Severa Montesdeoca Melo, etc. Y tal sobrenombre lo recibió porque era el que le había asignado, para evitar su identificación, en la correspondencia que mantenían los dirigentes aldeanos con sus abogados defensores. Y se quedó para el resto de sus días como La Meliana.

Hay que destacar que el colectivo de mujeres aldeanas en oposición a los propietarios del latifundio, entre 1923 y 1927, llevó a cabo, con una gran organización, numerosas acciones directas como sabotajes en los sembrados que la Casa Nueva , a través de sus hijos; encabezamiento de las manifestaciones frente a las fuerzas de la Guardia Civil , en los momentos en que la Justicia iba a proceder a la entrega de las tierras en litigio a la Casa Nueva ; acompañamiento continuo a los esposos e hijos, cuando eran apresados por las fuerzas del orden; entrevistas ante las instituciones políticas y religiosas del Archipiélago, etcétera. Nos podemos imaginar el papel de María Sosa Aguiar,  La Meliana , en estas acciones, con su apasionado y fuerte poder de persuasión sobre las masas.

La Palmilla hacia 1933, donde hoy comienza la calle La Meliana.

(Fotografía de Leopoldo cedida por Toñín de la Nuez)

 Una abuela de carácter

El Pleito se solucionó en 1927 y María Sosa continuó en sus tierras, con sus hijos e hijas que le dieron una veintena de nietos. Según pasaban los años fue generando en ella un carácter aún más fuerte, que sacaba a relucir en las asambleas de la Comunidad de Regantes o con algún vecino que la contradijera en lo que ella considerara justo. En la Guerra Civil murió su hijo soltero, Vicente, y en la posguerra Manuel, dejando a un niño y una niña de corta edad (Antonio y Carmencita), víctima de una rápida enfermedad infecciosa en un espacio entonces tan aislado que no permitió la necesaria asistencia sanitaria. Y es que se vivían años de hambre y escasez de recursos vitales, donde La Melina se mostraba muy generosa no sólo con su familia sino con los vecinos necesitados pues al fin y al cabo tenía propiedades agrarias con agua que producían para subsistir, con excedentes en los años buenos.

Ella nunca olvidó las extensas propiedades que su abuelo había dejado en la costa de Mogán, todas inscritas en el Registro de la Propiedad; pero que algunos poderosos las habían usurpado. Y, en una ocasión, sobre una burra viajó a aquel municipio en busca de las centenares de fanegadas de Domingo Aguair. Pero no logró su objetivo por hallarse en otras manos de otros con derechos adquiridos de posesión por el tiempo y los expedientes de dominio que en su momento, siendo niña, había desconocido, a pesar de que había intentado aclarar la situación de tales propiedades. Estas aparecen hoy, en los primeros libros de la sección de Mogán, en el Registro de la Propiedad, claramente inscritas pero sin validez, por prescripción y posterior anotación a nombre de otros.

Los últimos años de su larga vida los pasó con su nieta Carmen Valencia, Morena, quien la recuerda tal como era:

 Mi abuela no le tenía miedo a nadie. Cuando por la noche oíamos ruidos en la azotea, cuando poníamos las piñas a secar, ella se levantaba y averiguaba si había alguien. Con su genio decía que con ley en la mano no le tenía miedo a nadie. Tenía su pronto... y la hacían enfadar nada más que para oír las palabras fuertes que decía pero... daba todo, el agua del aljibe, el millo... "Y ahora, madre, para nosotros ¿qué?" -decían mis tías- "Ya veremos... primero son estas familias con niños y mayores" (...).

 Ya octogenaria, María Sosa sufrió una caída en su casa de La Palmilla, que la dejó inútil de las articulaciones, sin poderse valer por sí misma. Pero se las ingenió para ir a su finca y a las casas de su hijo e hijas, todas en La Palmilla. Muchos aún recuerdan su peculiar figura sobre una carretilla cuando la trasladaban desde La Placeta hasta La Palmilla.

El 14 de noviembre de 1957 falleció esta ilustre vecina. La noticia corrió de boca en boca por todo el pueblo: “se murió La Meliana”. Y con ella se fue toda una época de la historia local, la más difícil para el futuro del pueblo, los momentos más virulentos y decisivos del Pleito de La Aldea, entre 1876 y 1928.

El recuerdo de La Meliana en la actualidad

Hoy apenas quedan restos de su paisaje, en el que fuera el cercado de La Meliana, en La Palmilla, entonces jalonado de cañas e higueras, ya no se oye su motorcillo para extraer el agua del pozo, ni se encuentra aquel estanque anexo, tan verde de limos y ranas, donde jugábamos cuando salíamos del Colegio o del cine de don Juan Marrero, separado por un caminillo del otro estanque más profundo y oscuro de La Comunidad Bersabé; todo se ha transformado en un entorno urbano de edificios y calles, una de las cuales lleva su nombre, La Meliana.

Paisaje de La Aldea, en 1925-1928, de Teodor Maisch. Con puntos rojos señalamos los das dos fincas de La Meliana, en La Palmilla y en Los Cascajos.

 La misma estampa 50 años después, hacia 1974,  cuando la finca de la Meliana en La Palmilla se urbanizaba y la de los Cascajos se fraccionaba.

Sus hijos ya no viven, por la ley del tiempo. Quedan los muchos nietos y bisnietos, es difícil nombrarlos a todos: Morena (Carmen Valencia) con los recuerdos de su abuela que siempre, cada vez que la veo los revive; José Manuel, el de Calzados La Palmilla que tan orgulloso se siente por aparecer, siendo un niño de corta edad, en la única fotografía que de ella tenemos; los hermanos Sosa Ojeda y los hijos de Agustinito Ojeda, los Suárez Ojeda, los de Manuel el de la Sociedad, etcétera, todos localizados en lo que fue su finca de La Palmilla, hoy las calles de Federico Díaz Bertrana y Cervantes; Antonio Ojeda, conocido carpintero y una larga prole de bisnietos y tataranietos. Y, cómo no señalarlo, elCentro de la Mujer la Meliana, organismo dependiente del Ayuntamiento. Sus propiedades se hayan completamente fraccionadas por las transmisiones hereditarias en tres generaciones más.

En la ocasión en que preparamos la base de este ensayo biográfico para la celebración del Día de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo de 2000, leyó esta biografía una bisnieta suya porque la ocasión lo requería. Entonces escribimos que quizás hoy no haría falta recordar a esta señora porque ya había entrado desde años atrás en nuestra historia, pero que no estaba de más repetir tal recordatorio, empleamos para ello las palabras del historiador y naturalista romano Plinio “el Joven”: es una misión noble rescatar del olvido a quienes merecen ser recordados, aunque de verdad la historia de La Meliana siempre es actualidad aunque nos falten muchos datos. Espero que les haya entretenido y la recuerden cuando pasen por el rútulo que anuncia su calle.

 

Francisco Suárez Moreno

 

AGRADECIMIENTOS: A Marcial González Medina por las correcciones de estilo y Toñín de la Nuez por su fotografía de 1933.

FUENTES DE INFORMACIÓN:

Orales:

Carmen Valencia Ojeda, nieta de María Sosa Aguiar

Manuscritas:

Parroquia de San Nicolás de Tolentino. Libros de nacimientos y defunciones.

Impresas:

Ob. del autor El Pleito de La Aldea... 1990, págs. 38-39, 181-204, 316, 332-333, 336, 339, 343 y 369.

Fotográficas:

El Museo Canario, Antonio de la Nuez (Toñín) y autor.

 

Actualizado el Sábado, 17 Enero 2015 16:28

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