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Pedro Mendoza Armas, Perico

Nuestros mayores nos dejan y queda en nosotros el sinsabor de la pérdida. Pero también queda la responsabilidad de honrarles con un merecido homenaje, responsabilidad que atendemos con voluntad y disposición a través de esta Revista. En esta ocasión, rendimos homenaje al recientemente desaparecido Pedro Mendoza a través de esta breve semblanza a cargo de Clemente Reyes Santana.

Aunque le había visto tocar desde siempre en Estrella y Guía, realmente le conocí cuando llegué al grupo de la mano de Misael Jordán en el año 2002. Al principio me costaba trabajo entenderle cuando me hablaba, había sufrido una severa intervención quirúrgica que le afectó media cara y le impedía expresarse con soltura. Pero la bonhomía de aquel hombre entrado en años irradiaba un enorme cariño a todo el que se le acercaba. Con el tiempo y la necesaria convivencia a que obliga militar en un grupo como éste, fui conociendo a la persona que día tras día se sentaba con su inseparable bandurria, obra del constructor galdense Juan Aguiar, para desgranar las partituras que Misael le pasaba. Era madrugador, laborioso, disciplinado, cumplidor, afable, servicial y cariñoso con sus amigos, por los que estaba siempre dispuesto a darlo todo. Se enfrascaba desde muy temprano en el cuidado de las plantas que él mismo había sembrado en el jardín de la agrupación (algo que hacía con absoluta devoción) y luego comenzaba su particular vía crucis visitando a los amigos convalecientes. Al encamado le llevaba su medicación, al doliente le inyectaba calmantes, a otros les medía la tensión arterial, a los imposibilitados les pelaba y afeitaba, ponía su coche a disposición de los más viejos y así pasaba la mayor parte del día. Le encantaba tener atenciones con los conocidos y amigos y era imposible que supiese de alguien necesitado sin que él no se ofreciese altruistamente a echarle una mano. 

Fueron muchos los ratos que pasamos juntos, su compañía era cálida y acogedora y, siempre que podía, me sentaba a conversar con él y con sus inseparables compañeros José González, Maestro Pino y Paquito Hernández, quienes no le dejaban ni a sol ni a sombra.

Fueron muchos los ratos que pasamos juntos, su compañía era cálida y acogedora y, siempre que podía, me sentaba a conversar con él y con sus inseparables compañeros José González, Maestro Pino y Paquito Hernández, quienes no le dejaban ni a sol ni a sombra.

Pero fue a partir de la preparación de un trabajo sobre la historia de nuestra agrupación, cuando tuve ocasión de conocer más de cerca al abuelo de esa gran familia que esEstrella y Guía: D. Pedro Mendoza Armas, aunque en nuestra comarca todos le conocieron como Perico “El Barbero”

Pedro contaba setenta y siete años cuando me contó algunos retazos de su vida musical. Por él supe que a los dieciocho ya tocaba en la antiquísima agrupación Tirma Guiense, bajo la dirección del recordado maestro D. Alberto Dávila. Tras realizar el servicio militar volvió a la rondalla, pero ya había conocido a Dª. Isabel Aguiar Moreno, la que sería madre de sus dos hijos -María Agustina y Pedro- y que, por aquellos años, servía en la casa del practicante D. Sebastián Godoy Bolaños. Chanito, casualmente, era el Director de otra memorable institución folklórica radicada en el mismo pueblo, la agrupación Princesa Guayarmina y, en aquellos tiempos de concursos y competiciones folklóricas promovidos por la Sección Femenina de Falange, la rivalidad existente en Guía entre ambos grupos podía cortarse a cuchillo. El noviazgo de Perico con Isabelita dio lugar a diversos comentarios e intrigas en torno al futuro de Pedro, pues en la Tirma se hacían cábalas ya sobre el momento en que abandonaría el grupo para irse a la Guayarmina. Pedro, hombre comprometido donde los hubiera, lo negaba rotundamente y juraba que su relación afectiva no tendría repercusiones en el grupo que adoraba. Pero los comentarios malintencionados siguieron fluyendo, llegando a cabrear de tal forma a Perico que decidió cortar por lo sano y hacer realidad lo que siempre había rechazado, abandonar la Tirma Guiense.

En 1955 se integró en Princesa Guayarmina, rondalla que no abandonaría hasta su total desaparición en la década de los setenta. Allí fue acogido como un hijo, pues Chanito, quien nunca tuvo descendencia, mantenía un cariño filial con Dª. Isabel y se convirtió también en preceptor de Pedro, a quien animó y formó en materia sanitaria de tal manera que bien pudo ejercer como practicante. Pedro Mendoza vivió hasta sus últimos días en la casa que fuera sede de la agrupación Princesa Guayarmina, pues D. Sebastián Godoy -su propietario- le cedió parte de su propia vivienda cuando contrajo nupcias con Isabelita, a condición de que no les abandonasen. Y así fue hasta 1980, año en que falleció D. Sebastián, siendo atendido continuamente tanto por Isabelita como por Perico, quienes velaron con mimo al histórico folklorista y padre adoptivo de ambos.

 

Perico, a la izquierda, con varios integrantes de Estrella y Guía.

Pedro compaginó su trabajo en la barbería con el reinicio de los estudios cuando, ya en la edad adulta y animado por Chanito, decidió convertirse en Auxiliar Clínico. Para ello se sacrificó duramente, dándose la paradoja de coincidir en los estudios de reválida con su propia hija María Agustina, aunque Perico se presentaba en calidad de libre. Cuando culminó sus estudios colaboró en el despacho de Godoy Bolaños, iniciando una activa andadura quele trajo el aprecio y reconocimiento de sus paisanos. La sanidad era algo que adoraba pues le permitía realizar plenamente su espíritu de servicio. En su época pudo ser un hombre adinerado y alcanzar mayor fortuna de la que logró, pero el bueno de Perico eligió cultivar amistades. Socorrió a mucha gente, perdonó minutas a personas humildes y llegó, incluso, a comprometer su profesión para auxiliar a alguna joven embarazada prematuramente, en unos tiempos en los que interrumpir la gestación era algo que se reprimía severamente.

En aquellos años de andanzas folklóricas compartió cuerdas con populares músicos como los de la pródiga saga de los Dávila, Pepito El Rubio, Mariano Chirivella, Maestro Juan Ortiz, Antoñito El Bandurria, el timplista Mireles, Pepe el Cubano, Juan Quintana El ClacaTinitaAguiar, Celia Sosa, José Falcón, Maestro Ignacio Rodríguez e, incluso, el popular cantautor guiense Braulio, quien se iniciara muy joven en la Princesa Guayarmina, así como tantos otros intérpretes de la zona norte. Vivió numerosos encuentros, romerías y concursos, en los que, tanto la rondalla Tirma Guiense como la Guayarmina, eran auténticas especialistas.
Entre sus más queridos recuerdos resaltaba las rondas y serenatas nocturnas por las calles de Guía, tan al uso a mediados del pasado siglo, en las que los músicos se veían obligados a portar sillas, mesas plegables y candiles, para poder leer las partituras en plena oscuridad.

Perico con José en el Estadio de Gran Canaria, para una actuación de Estrella y Guía.

Aunque era forofo del folklore como el que más, hubo de renunciar a muchos de los viajes y salidas de la Guayarmina a consecuencia de sus obligaciones profesionales, prescindiendo de numerosas actuaciones para no desatender a los pacientes que cuidaba..

 Él me hablaba de pintorescos componentes en aquellas vetustas rondallas, como D. Florentino Godoy, quien bajaba desde el pago de Hoya de Pineda a lomos de su burro. Florentino trabajaba en Ingenio Blanco y era fácil adivinar cuándo ensayaba por la presencia del pollino frente al local. Perico compartía copas con el jinete en un bar situado junto a la plaza, mientras el borrico esperaba en la puerta y recordaba que Godoy siempre y de forma inalterable, al finalizar el encuentro, compraba un caramelo para premiar al burro por su paciencia.
Cuando se planteó la fundación de Estrella y Guía, en 1980, allí estaba el incorruptible de Pedro, que se incorporó a ella desde su creación hasta el momento de su muerte. Él fue promotor del primer banderín del grupo, promesa que repitió veinte años más tarde, siéndolo también del segundo, blasones ambos que donó altruistamente a la Agrupación.

La enfermedad le tendió una trampa de la que pudo salir airoso al principio y, aunque los facultativos le daban sólo un año más de vida, logró rebasar los diez. Nos decía a Mónica y a mí que no alcanzaría los ochenta porque, haciendo sus cálculos, tampoco sus padres lo habían logrado. Hace cosa de un año aventuró su final cuando nos comunicó que ya no volvería a viajar con el grupo. Cuando supimos de su recaída pensamos que lo superaría, pero en esta ocasión se hizo cierto su pronóstico y, aunque se podía intuir, nadie creyó que nos dejara tan pronto. 
El 28 de septiembre se nos fue un hombre con un corazón de oro, querido y admirado por todos los que lo conocimos. La familia del folklor en la comarca está triste y los cantadores le dedican tonadas mientras simbólicas bandurrias aparecen solitarias en su memoria. De sus setenta y ocho años, nada menos que sesenta se los había entregado a la música de su tierra.
Pedro Mendoza pudo perohaber alcanzado mayor éxito económico de haber sido más ambicioso pero, en lugar de eso, prefirió ser afortunado en amigos y nunca dejó de ofrecer su generosidad y su tremenda humanidad a todo el que la necesitó. Hoy sus amigos se cuentan por cientos y todos nos sentimos un poco huérfanos. 
Cuando el pasado 29 de septiembre tributamos nuestro adiós al abuelo Perico, dimos cumplimiento a su deseo póstumo de ser despedido con unas folías. Una pequeñez para alguien que lo daba todo sin pedir nada a cambio. Su voluntad la ejecutamos cuando su féretro atravesó el umbral de la Iglesia de Guía, cubierto por la bandera del grupo al que dedicó veintisiete años de su existencia y a hombros de los bailadores de Estrella y Guía. Todavía no acierto a explicarme cómo pudieron Magüi, Juan Miguel y Paquito -tres personas que le adoraban- sobreponerse y atreverse a entonar tres coplas que nos helaron la sangre a los presentes entre lágrimas y emociones contenidas. 
Con algunas de las tonadas compuestas para su despedida y desde estas sencillas líneas, quiero ofrecer mi humilde homenaje y el de todos mis compañeros a esta queridísima Institución del folklore norteño, de quien me considero honrado sólo por haber sido su amigo.

En el cielo hay una estrella que reluce como el sol,
es para mi amigo Pedro
que se fue y nos dejó.

(Maria Luisa Martín)

Fuiste amigo de mi padre
y te metiste en mi alma;
por eso hoy quiero cantarte
Ay Pedro Mendoza Armas.

(Juan Miguel Álamo) 

Si al alba brilla un lucero
y oyes cantar
aleluya
Dios estará junto a él
para escuchar su bandurria.

(Clemente Reyes)



Las imágenes han sido amablemente cedidas por Ana Jiménez, componente de Estrella y Guía
.

Actualizado el Miércoles, 11 Febrero 2015 08:07

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