Educación Infantil

Madres abnegadas de hoy

El sacrificio materno persiste bajo nuevas formas y exigencias, generando una presión invisible sobre las madres actuales.

Haridian Suárez Vega Miércoles, 29 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

Si te digo que pienses en una madre abnegada, seguramente te vendrá una imagen clara a la cabeza: una mujer sacrificada que prioriza el bienestar de sus hijos y su familia por encima de sus propios intereses, sueños o necesidades.

 

Era esa madre que limpiaba, cocinaba, organizaba, llevaba y traía. Trabajaba sin descanso, sin quejas, con resignación.

 

Todo por sus hijos. Su familia lo primero. Incluso por delante de sí misma.

 

Esas madres que se preocupaban de que no faltara nada... a los demás.

 

Pero para ella no quedaba nada. Ni tiempo. Ni descanso. Ni cuidado.

 

Históricamente, este tipo de madre se asociaba con el amor incondicional, la entrega total y el sacrificio. Su figura era celebrada y muy bien valorada.

 

Una figura que hoy consideramos poco saludable y por la que, en teoría, ya no apostamos. ¿No?

 

¡Pero espera!

 

A ver, dijimos que una madre abnegada era aquella que estaba todo el día pendiente de todo… ¿Eso ha desaparecido?

 

Diría que no. Diría que hoy, aunque el discurso ha cambiado, el patrón se repite… con otra forma.

 

Quizás las tareas están más repartidas. Quizás hoy una madre sacrificada no tiene ni idea de hacer un potaje, ni tampoco pasa tardes planchando. Puede que, en lugar de dedicarse a limpiar día sí y día también, programe la rumba.

 

Puede que no sea la madre abnegada de antes que acababa agotada cada noche....o si?

 

Ahora como madre, quizás no te enfocas de esa forma en el cuidado y la atención de tu prole (que también).

 

No haces un potaje, pero sí te preocupas de que coma sano.

 

No tienes la casa impoluta pero te ocupas de que sea un lugar perfecto para jugar y crecer.

 

No planchas cada tarde pero miras las etiquetas de los tejidos para elegir el menos malo.

 

Te preocupas de que las actividades extraescolares potencien sus talentos. Te preocupas de su autoestima. De su bienestar emocional. De su desarrollo personal. De que no solo obedezca, sino que entienda. De que colabore, sea autónomo y empático.

 

Ahora no solo cuidas y cubres las necesidades básicas de tu prole. Sino que quieres hacerlo bien, muy bien, a ser posible perfecto.

 

Quieres una crianza respetuosa. Consciente. Coherente. Informada.

 

Y eso, que en esencia es valioso, a veces se convierte en otra cosa: en una carga constante y una presión insufrible.

 

Todo, absolutamente todo, debe estar bien hecho, validado, contrastado con la evidencia científica y recomendado por los gurús de la crianza perfecta.

 

Y sin darnos cuenta....volvemos a lo mismo.

 

Distinto discurso, mismo patrón, mismo resultado.

 

Todo gira en torno al niño. Otra vez.

 

Antes la madre abnegada se agotaba físicamente. Ahora muchas madres se agotan mental y emocionalmente.
Pero el fondo no cambia. Siguen estando al final de la lista. Siguen sin espacio propio. Sin descanso real. Sin desconexión.

 

Solo que ahora, además, con una presión añadida: hacerlo perfecto.

 

Es maravillosa la intención de querer hacerlo mejor, de informarse, de cuestionarse, de revisarse.

 

El problema es cuando, en nombre de la crianza respetuosa, desapareces. Cuando tú dejas de estar en la ecuación.

 

Y déjame decirte que cuando tú te colocas en el último lugar, estás yendo en contra de todo lo que quieres enseñar.

 

Porque, aunque no lo pretendas, tus acciones construyen su forma de ver el mundo.

 

Cuando te ve siempre disponible, aunque estés agotada … ¿qué le estás enseñando?

 

Que no es importante poner y respetar tus propios límites. Que el descanso no es prioritario. Que cuidarse es secundario.

 

Luchas para que se respete, que se escuche, que ponga límites, que se priorice.

 

Pero no lo ve en casa.

 

Cuidarte también es educar.

 

Cuidarte no es un lujo. No es un premio. No es algo que haces cuando “te sobra tiempo”.

 

Es parte de la crianza.

 

Es poder decirle sin culpa: “Ahora no puedo jugar, necesito descansar.”

 

Es irte un rato sola. Quedar con tu pareja sin niños. Respetar tu ratito de café con amigas.

 

Es parar. Sin culpa.

 

Porque cuando haces eso no estás descuidando a tu hijo. Estás enseñándole que las personas también importan para sí mismas.

 

Tu hijo no necesita una madre perfecta. Ni una madre que lo haga todo.

 

Necesita una madre presente. Y eso incluye estar presente también para ti.

 

Si quieres llevar a cabo una crianza respetuosa, empieza por ti. Por respetarte y mimarte lo suficiente como para no desaparecer en el proceso.

 

Porque tu hijo necesita ver cómo te cuidas para aprender a cuidarse.

 

Haridian Suárez

Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)

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