Microrrelatos. Una conversación

Una reflexión felina sobre la libertad, la identidad y el sentido de pertenencia en un mundo que a menudo olvida lo esencial.

Olga Valiente Miércoles, 29 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

La noche caía despacio sobre los tejados de las casas del pueblo, tiñendo de azul oscuro cada rincón. Entre ropa tendida y olvidada, tejas descolocadas y antenas viejas torcidas, dos sombras se movían sigilosas con la elegancia de quienes no necesitan permiso de los demás.

 

—Llegas tarde —dijo el gato atigrado—. Pensé que te habías dejado atrapar por alguno de los niños del parque.

 

El otro, el de color negro, se estiró perezoso antes de responder.

 

—Casi —murmuró—, una pequeña humana quiso meterme en el bolso de su madre diciendo que solo quería darme un hogar.

 

El atigrado sonrió.

 

—Qué manía tienen con eso, como si no tuviéramos ya un hogar.

 

Silencio.

 

—¿Tú crees que de verdad entienden algo de la vida? —preguntó el negro al cabo de un rato mientras contemplaba la Luna.

 

Su compañero se giró despacio, elevando sus ojos ámbar hacia arriba.

 

—Entienden únicamente lo que necesitan entender para estar tranquilos —respondió—. Nosotros, entendemos para sobrevivir, que no es lo mismo.

 

—Pues qué pena —respondió el negro—, tienen de todo y aun así parecen perdidos.

 

—Quizá sea porque tienen demasiado y se olvidan de lo esencial.

 

Caminaron en silencio durante unos minutos, saltando de tejado en tejado, hasta llegar al campanario de la iglesia, donde se tumbaron envolviendo sus patas con su cola.

 

—¿Qué es lo esencial?

 

El atigrado no respondió al instante. Se mantuvo quieto y callado observando a lo lejos la luz que salía de una de las ventanas, donde una anciana cenaba sola frente a la televisión.

 

—Es saber cuándo moverte y actuar… y cuándo quedarte quieto —dijo al fin—. Cuándo confiar… y cuándo desaparecer. Pero, sobre todo, saber quién eres sin que nadie te lo diga.

 

El negro bajó la mirada.

 

—Ellos necesitan que los miren y los acepten para poder existir —prosiguió—. Y nosotros no.

 

Un ruido metálico resonó en el callejón unos metros más abajo. Uno de los cubos de basura se había caído al suelo.

 

Los dos se tensaron al unísono.

 

—¿Ves? —susurró el atigrado—. El mundo siempre habla. Solo hay que saber escuchar y ellos no suelen escuchar. Siempre van con prisa, intentando alcanzar lo que no pueden conseguir y huyendo de lo que tienen que enfrentar.

 

El negro levantó la cabeza, curioso.

 

—¿Cómo qué?

 

—De sí mismos, por ejemplo.

 

La Luna, que se había escondido entre las nubes, apareció de repente frente a ellos, iluminando por completo sus siluetas.

 

—Aquella niña del parque me miró diferente…

 

—¿A qué te refieres?

 

—Era como si dentro de ella supiera que no soy solo un simple gato.

 

El atigrado se mostró impasible.

 

—Los niños pequeños todavía recuerdan —dijo—. Luego crecen y olvidan que no todas las cosas necesitan entenderse para que sean reales.

 

El negro se tumbó, dejándose arropar por el calor de las tejas aún calientes por los rayos del sol durante el día.

 

—¿Alguna vez has pensado en dejarte llevar por un humano?

 

Su compañero de tejado tardó en responder.

 

—Querer no es lo mismo que necesitar.

 

—Eso no responde a mi pregunta.

 

—Sí —admitió—, pero sé que dejarme atrapar tiene un precio.

 

—¿La libertad?

 

—Exacto.

 

—La libertad pesa…—añadió.

 

—Y a veces es lo único que te mantiene vivo.

 

Olga Valiente

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.107

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.