Presentación del libro de Rafael Franquelo "Amador Onuba en Valladolid"

presentacionfranqueloEl Museo Poeta Domingo Rivero,  acogió la presentación del libro “Amador Onuba en Valladolid”, del que es autor Rafael Franquelo. Los escritores Javier Cabrera y Víctor Ramírez acompañaron a Franquelo durante el desarrollo de un acto que se prolongó durante más de hora y media. Un amplio debate cerró al final esta nueva cita con la literatura canaria.

Texto íntegro de la presentación de Javier Cabrera.

"El sureño susurra al escritor acerca del provecho de hacer viajar a Onuba"

Cuando el escritor Rafael Franquelo me brindó su libro Amador Onuba en Valladolid, que él reinventa ‘noveleta’ –dicho sea de paso, a la intemperie y en una gasolinera–, al instante me resultó familiar la sonoridad de aquel título, de tal manera que le solicité aclaración sobre el asunto, a lo que él me adujo que, en efecto, otra novela suya y anterior, está protagonizada por el mismo personaje, bajo el título de El viaje marsupial de Amador Onuba. Asaltándome una nueva duda, el autor hubo de aclararme que no, que ésta en ningún caso era una contracción ni tampoco un remedo de aquella otra. Se tratan de dos textos independientes y autónomos bajo el prisma de un mismo trasunto.

Aquella anotación, sin acertar a ciencia cierta en el por qué, razón que aun ahora me demando, me tranquilizó. Y lo hizo más cuando tras leer la ‘noveleta’ me quedaron ganas aun por saber de otros desmanes imaginarios del personaje, pues, en tan sólo 55 páginas –de las 68 que componen el libro–, el autor logra conformar un mundo en torno a las circunstancias del personaje que induce la implicación, y la meditación sobre ello de, al menos, dos personajes más. Para el caso, el Sureño, tal como suena, sin necesidad nominativa y, más exhaustiva aun, el Escritor, quien desde dentro de la propia novela narra la andanza sobrevenida de los tres.

Así, como si de una trinidad se tratara todos ellos desglosan, y se ven en la tesitura del protagonismo, según el autor se acoja a alguna de sus derivas. Es, desde luego, Amador la disculpa lírica del Sureño para una razón de estar; y es, en ese mismo orden, el Sureño conciencia inusitada de Amador, porque a través de éste viaja y ve, va y desde esa conciencia vuelve. Pero al cabo, el Escritor, que narrando viaja, lo hace en un viaje que va a la memoria en la que tanto el Sureño como Amador le deleitan de lo que la vida depara para soñarla. Y todo esto sucede, por cierto, en un viaje que se mueve, también aquí el viaje va, de sur a norte y viceversa, de presente a pasado latente y vuelta, cuando reconocida esa memoria, los tres regresan por la geografía revisitada para que el Escritor se avenga sobre ella.

Son, desde luego, tres personajes que se alientan entre sí, que se descubren en el viaje por las razones imaginarias de los otros, que disfrutan de lo que aquél les dona por ser alguno de los otros los que, por él, lo han emprendido. Y es, en último caso, el viaje, producto de ser uno y múltiple, por la divergencia en los senderos que se bifurcan –en punto tal permítanme emular al maestro Borges–, pero, al tiempo, por converger en la plena intención de arribo al jardín común –en éste otro punto déjenme acordar con el maestro Pessoa– como heterónimos. Será el viaje sucesivo porque lo que uno dilucida se prolonga en el otro hasta que el tercero lo proyecta sobre el lienzo y en este correlato el viaje, por lo tanto, se celebra colectivo, y será el viaje que en el tiempo la memoria retiene, lleva y trae hasta tomar conciencia de su multiplicidad.

Si uno realiza el viaje físico, el otro procura que ese viaje se vuelque mental pero, a su vez, en su propio viaje hacia otra deriva; y será el tercero, testigo que ordena los otros respetivos viajes para él mismo procurarse el propio, ya sea en el tiempo, en la memoria o para la emoción, y lograr ahí el consentimiento de los viajes sucesivos. Pero, y he aquí la llamada de atención que vislumbro necesaria, el viaje –físico o mental, emocional o destilado– nunca será viaje que entronque con lo utópico o hasta lo exótico, por lo misterioso o en lo mágico.

Ni Onuba, ni el Sureño pero ni el propio Escritor –que podría declararse, para este caso rebelarse si quisiera, con todo su derecho– se lanzan a viajes a Biratnagar (Nepal), Poopó (Bolivia) o Samarkanda (Uzbekistán) ni, por ejemplo, viajan a las orillas rojas del Lago Kariba (Zimbabue) o las faldas azules de los Montes Venda Husky (Siberia), ni tampoco se zambullen por la memoria nabatea (Jordania), recalan en la quechua (Perú) o, más remotamente, se asoman a la korowai (Papúa-Nueva Guinea). Lo hacen en la construcción consciente de su historia inmediata, y ahí el autor nutre la narración de su labia. El viaje no va más lejos de Valladolid, para que en ello el lector alimente el sesgo mostrenco de cuanto nos pertenece y de cuánto no vemos nuestro por el desprecio a lo que de inmediatez se le supone. Y aquí, también, la ciudad se abre a través de avenidas múltiples donde la geografía se desvela epidérmica, pero a medida que se avanza en el conocimiento, por ella misma desmenuzado, se avizoran laberintos que el viaje de la memoria trae.

Ahí el autor procura, por voz del Escritor, hacer saber a Amador del infame viaje colectivo que otrora sus habitantes padecieran, y hurga en el foso oscuro donde la memoria errática provocó que la ciudad se precipitara. Pero intermediará consecutivo el Sureño para que otros viajes le otorguen la salud de los olores intuidos: desde la adivinanza culinaria que se ampara tras las vidrieras hasta la imantación de los perfiles humeantes en la trufada flor del lechón. También en el fragor de las calles con otro aliento, donde el viaje adormece su instancia, en la disculpa de dos amantes que se entretienen en la dulzura, ante el veedor consentimiento del propio Onuba.

Pero tanto el norteafricano, para el caso un ser del Sur, en la voz de Onuba, como el Sureño, en la memoria del Escritor y en el ánimo de Amador, retornan a poblar la otra realidad –siempre instante– que en Las Islas la contumacia les conforma. Y vuelven a pesar de asumir en esa obviedad la clara luz que más se enturbia, o la calima transparente que nunca permite traspasar su densidad. Así, hasta ejercer al punto cada cual el papel que corresponde, a quienes habiendo llegado a la constancia del viaje posible hacia otra memoria se aferran –como lo hará el Escritor, en un instante frágil del relato, al boleto de lotería que arroja a la papelera en el embrollo de otros papeles a destiempo emborronados y obviados–, tal vez, por transitar en exceso una memoria de la que Las Islas no se reconocen herederas. Y ahí todo viaje concluye justo en el momento mismo de intentar, tan siquiera, meditarlo.

En su otra estructura, la llamada narrativa, la novela se expande en pequeños y cortos fogonazos, como retazos o acaso píldoras, cargados de lirismo y empatía por narrar lo contado –que aclamaría en este punto el poeta cubano Eliseo Diego–, como si de algo ya desmenuzado desde su propio estado mágico fuera: la magia sucede sin que provoque trastorno a los implicados, ni desasosiego a los que ya liberados de su lectura también han viajado. Destaca, en todo caso, la limpieza simple en el texto, sin cargas ni residuos de maneras cercanas, y sin agravantes en el lenguaje explicitado –por lo que destila constancia de su modernidad–, y hablar como hoy, ahora mismo, hablamos y de esa manera narrar para lo mágico lo cotidiano.

Apreciar los juegos dobles o dobles del juego, que a veces hasta se triplican: en el presente se estructura lo pasado, se decanta, por ser razón de su consecuencia. Y como en una de esas antiguas novelas por entrega, bajo el foco de luz de la mesa se desvela la historia entera por su cortedad, pero se precisa un apartamiento de la luz para recabar tras la amalgama de la letra la otra voz que veraz nos narra el sustrato. Y no hallamos temor de reconocer en el Escritor su estado tan humano: su pasión incluso por vivir el mismo día que cualquiera siente entre sus carnes, tanto, que a veces se fía más del azar de un juego lotero –reincido aquí en la condición que nos persigue– que de su propia capacidad para hacer trascender en sustancia monetaria su materia narrativa y su imaginativo tesón, que en la duda se decanta, en un número infinitamente mayor de veces, porque le toque el número de la suerte, y emprender así otro viaje, también él.

Para cerrar el discurso, no quiero acabar sin traerlo a colación y siembro con ello la discordia, no se priva el autor de sus desmanes trayendo al pórtico de su ‘noveleta’ a dos avales, que por míticos –y ambos ya en la epifanía de otro viaje más supremo–, son sagrados; hago referencia en primera instancia al Prólogo [años setenta], que presenta la novela, rubricado por el ‘cubano-mexicano de isla afuera’ Felipe Orlando, y cierro con nominación a la posterior Introducción [sin fecha], que la re-presenta, bajo el nombre del ‘cubano de isla adentro’ Cintio Vitier. Obtendrán de ahí otras múltiples memorias. Es indudable, reitero, que no se ha amilanado el autor a la hora de asegurarse magnánimos compañeros para el viaje.

Actualizado el Sábado, 01 Diciembre 2012 13:29 horas.

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