Entre vivos y muertos: Las rendijas de la vida, de Juan Ferrera Gil


El pasado 10 de octubre se presentaba en la Casa Verde de Firgas (Gran Canaria) el libro Las rendijas de la vida (Diego Pun Ediciones, 2019) de nuestro colaborador Juan Ferrera Gil, que fue acompañado por el cuentacuentos Juan Antonio González Batista y por el profesor y escritor José Miguel Perera, que leyó este texto que ofrecemos.


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Yo un día me fui de Arucas. Y todavía no he acabado de volver... Esto fue allá por el año 2005, en el que cambié mi residencia a Guía de Gran Canaria, antes de pasar poco tiempo después a vivir en La Aldea de San Nicolás. Sin embargo -lo sé- yo ya me estaba yendo desde hacía muchos años antes, por lo menos desde que había empezado a estudiar en el campus de Humanidades de la universidad grancanaria. Los procesos de la vida de cada uno a veces van generando que -en mi caso-, llegada una adolescencia enrevesada y mortificada en buena parte, nos alejemos de los lugares en los que hemos ido creciendo y de las personas con las que hemos ido haciéndonos durante tantos y complejos años. La vivencia la habremos tenido casi todas y todos, cada cual con su perfil y su forma: uno se rebela contra lo que más cerca tiene creyendo a pie juntillas que todo lo malo que le pasa viene de ahí, que sus angustias y sufrimientos (casi siempre es solo lo que consideramos malo) nacen de todos esos alrededores en los que uno se siente abrumado, encorsetado, aislado... Si se dan cuenta, es un similar proceso al que suele pasarle a buena parte de la gente de Canarias, que descarga todas sus frustraciones con lo que más a mano tiene, la cultura y la vida insulares, olvidando la mayoría de las veces que -aunque nuestras circunstancias personales hayan influido en todo ello- nuestros revolcones existenciales y nuestras sombras irán adonde quiera que vayamos. Alejarse, pues, refrescará nuestra respiración en las cotidianidades; pero la estela de los reconcomes y de los distintos desequilibrios se desplazará hasta más allá de los barrancos que nos limitan, hasta más allá de las mareas finitas e infinitas...

Mi vida, entonces -así lo voy reflexionando- no ha sido más que un continuo acercarme, de nuevo, a Arucas. Y todavía no he llegado... Cierto es que físicamente ha sido así (desde La Aldea me vine a vivir a Sardina de Gáldar, luego a Guía otra vez y además doy clases en Moya desde el año 2011); pero más que nada soy cada vez más consciente de que el desplazamiento que ejecuto procesualmente inclinado hacia Arucas es con todo el cuerpo y toda la piel, con toda la desnudez del dolor y la alegría que puedan estar en mí, intentando retirar las corazas y las máscaras, reconociendo mis realidades en la mayor medida posible. Y, especialmente, con el convencimiento de que en esa vuelta definitiva galopo recogiendo multiplicidad de alas y raíces que, de otros modos, me sería imposible reunir.

En este proceso de vida en el que me-ando (como dicen socarronamente algunos mayores insulares) se me apareció por el camino Juan Ferrera, precisamente en Moya, en el año 2011, como compañero de trabajo, de departamento y ambos dos amantes convencidos de la literatura y la cultura. Yo había oído hablar de él, incluso lo había visto en algún momento; e incluso había leído alguna cosa suya en el Cartel del vespertino Diario de Las Palmas y en Litteraria... Creo que creía -no sé por qué ni cómo, y sin pensar tampoco nada negativo- que Juan era de otro modo... Sin embargo, poco a poco fui descubriendo (juro que todavía a día de hoy ando en este otro proceso íntimo de desnudarlo, si me permites decirlo así) que Juan era, entre tantas otras cosas, un ser sensible, un alma que se emocionaba con mucha facilidad, una persona preocupada por la realidad familiar, personal y colectiva, y fácilmente temblorosa, resistente hasta el silencio -con los bezos palante si hiciera falta- para no perder la voz propia; con sus cabezonerías y convencimientos, sin duda, pero siempre con la humildad por delante de aceptar estar equivocado... En todo ello -en conocerlo y en dejarlo literariamente en pelotas- sigo enredado cuando lo leo casi a diario en Infonorte Digital y en otros medios electrónicos...

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Tengo que afirmar con rotundidad que si bien la llegada al centro de Moya avivó con diversos compañeros mi indefectible camino de vuelta a Arucas, con Juan Ferrera fue evidentemente muy especial. Con él me fui confirmando una contradicción inentendible que me perseguía desde hacía más de una década: cómo yo investigaba y conocía tanto de todas las islas, y de todos los municipios de Canarias, y dejaba no poco a un lado mi espacio de nacimiento. Y así, casi a diario, con él hablaba a cada momento de muchísimas cosas del pueblo, de sus vivencias y las mías en diversas épocas, de la gente ya muerta y de los que andan vivos y coleando con sus pulsos varios, de rincones y figuras históricas; de personajes populares y de anécdotas; de sus escritores, de la música... En fin, con el amigo Ferrera al lado despertábamos nuestras vidas de aruquenses de generaciones diversas. Él animaba en mí mucho más el interés de todo ello, me hacía conocerme más y -cosa clave para esta mi andadura existencial- animaba en mí infinidad de preguntas que hacerle a mis padres, con lo que de una manera indirecta contribuía enormemente -y sin pretenderlo- a este mayor y sincero acercamiento a mi pueblo y a mi familia, empujando diagonalmente a que los conociera mejor y, así, los quisiera y los amara más. No creo que yo fuera consciente en aquellos tiempos de lo que digo, mas -desde la perspectiva que me da la reflexión reiterada sobre ello y tras haber pasado ya unos años- no tengo hoy la menor duda de cómo Ferrera -en el simple gesto del compartir humano de los amigos y compañeros- puso en mí unas cuantas semillas impagables para mi felicidad, y que a día de hoy siguen germinando... Porque hoy, todavía, no acabo de llegar a Arucas...

Situados ya en este nivel, alguien podría preguntarse si yo he venido aquí a hablar de mí o a presentar este libro, Las rendijas de la vida, de Juan Ferrera Gil. Y lo único que les puedo decir con algo de atino es que no podría comunicar lo que diré ahora, de manera sucinta, sin haber dicho lo anterior. Y así como inicié el desarrollo aludiendo a la desnudez de Juan, también yo voy a dar un paso al frente con mi palabra y me voy a bajar los pantalones hasta el suelo, porque en esta precisa coordenada de la vida no me apetece estar mirando a otro lado. Yo no estoy aquí hoy, no puedo estar aquí hoy con mi amigo Juan, para ponerme conscientemente ninguna máscara. Y la más rotunda de las afirmaciones que haré en esta tarde, la mayor invitación que puedo hacer a la lectura de este libro... es: cada vez que me he puesto a leerlo, sin remedio -y habiendo leído muchos de esos textos con anterioridad-, no he podido dejar de llorar, llorar literalmente como un niño chico. Hace años, muchísimos años, que no me pasaba esto con un libro, y mira que leo... Estas semanas previas a la presentación, con su lecturas y relecturas (gente muy cercana lo sabe), comenzar a transitar por él era un constante brotar de lágrimas sin parada ni descanso... Es increíble la cantidad de sentimientos que me ha hecho aflorar la sencilla pero profunda pluma del escritor amigo, ¡lo que nunca...! Y vale que pudiera pasar que yo ando en los últimos tiempos más sensible de lo normal, pero ¿entonces por qué no me pasa con tantos otros libros? No lo sé, realmente no lo sé del todo, aunque me es evidente que mucho de lo que se mueve en mí anda vinculado a todo el itinerario personal previo que explicaba, en relación directa con Arucas y con la vida de nuestras familias y seres cercanos... De momento intentaré anotar algunas cuestiones que me parecen resaltables.

La primera de ellas, y puede que desde mi perspectiva la más tambaleante (en la acepción de esa literatura que hace que nada te sea indiferente, que te ayuda a pensar y a vivir de otro modo), son los puentes que en él se leen entre la vida y la muerte. La voz narradora habla con los muertos en una suavidad familiar fuera de lo común, como si la frontera entre vivos y difuntos no existiera en absoluto. Es un libro de los muertos a la par que es un libro de los vivos. Un libro en el que la ausencia lo mueve todo, en el que los que ya no están se han convertido, junto a su acción en vida, en los referentes principales, para lo bueno y para lo malo... La escritura entonces se mueve en la más fina sencillez de las realidades en el manejo de la lengua, pero se infla en el cuerpo entero de lo expresado de una carga emotiva casi imposible de sostener. Esto, en apariencia simple, es muy difícil de conseguir cuando uno se empeña en el oficio de escribir. Fíjense en este ejemplo, al poco de empezar, en el que la voz narradora, hablando de su padre fallecido -Perico- con su madre Laya, comenta:

                  Y meses atrás, sentado con mi madre en la misma ventana preferida de mi padre, hablábamos de él:
                  - ¿Y si me muero cómo me va a reconocer? Él se murió joven y yo ya soy una vieja.

Como el narrador dice a continuación, ante esto uno no sabe qué decir, y lo mismo nos pasa con tantas otras partes del libro; o -a diferencia de como suele actuar el crítico literario que a veces ejerzo- me cuesta -para con este libro que mucho me toca- racionalizar tantísimas sensaciones y cosquillas conmovedoras surgidas en cada rincón del mismo. Entre los finados y los existentes, quien nos cuenta cierra los ojos para facilitar el conjuro diario, que se hace rito al pasar delante del cementerio municipal o al llevar las flores a la tumba, todo ello para aminorar el estiramiento de la carne cuando duele, para celebrar todo lo que aportaron a cada uno y, además, para propiciar el ánimo necesario del amor de los que ya no están en la cotidianidad de nuestros trabajos y de nuestras rutinas. El hijo vive con un pie por fuera, tal y como la madre lo hacía antes de su propia partida, existiendo desde el presente en otros tiempos, en otras sangres. Presente, pasado y futuro, incluidos el prenacimiento y la posvida, se mueven de continuo... Es la tradición y es el futuro, es el arraigo y la utopía, es la vida aquí y ahora que nunca queda quieta...

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Los principales elementos que generan estas sensaciones e historias, estas menudencias tan y tan conformadoras de la existencia suya y nuestra como lectores, se elevan desde las aperturas de la casa familiar. Son las mirillas, las ranuras de los muros, las puertas y ventanas que airean la intimidad a través -especialmente- de la mirada, al compás de todos los otros sentidos corporales, tan exactos a la hora de transmitir los recuerdos y los estremecimientos: por ejemplo los sonidos de la interminable música con los discos y los tonos personales de los personajes; los olores varios de la comida o los característicos de los niños pequeños... La memoria, así, emerge con toda la carne en el asador, y los límites entre el hogar y la vida pública se disuelven en la niñez, en la adolescencia y en la vida adulta de un hombre que anda saliendo y entrando constantemente en su casa del casco a ras y a rente del parque San Juan, en su pasado y en su presente, en las muertes de sus familiares y el nacimiento de sus propios hijos. En esa frontera palpable y metafórica conviven la profundidad y la complejidad de lo íntimo y de lo colectivo, de la vida real de personajes claves -entre tantos otros- como la tía Lola y Anita, de las casas de familiares en la capital, de lo particular con lo comunitario, con lo político, con la plaza pública. Y así, entre detalle y detalle, entre sobresalto y sobresalto, entre vivos y muertos... se modela la vida de este narrador que nos va contando, como una sinfonía lírica, las entrañas rasuradas de su existencia sincera en un espacio transfigurado en "lugar donde la felicidad existe sin ser consciente de ello", como se dice al final de uno de los textos. Por momentos la imaginación de los recuerdos se expande hacia otros universos y, sin embargo, ese contacto con el más allá de la vida material es -paradójicamente- lo que hace escribir a la voz creadora la que probablemente sea la oración más repetida del volumen: tener los pies en el suelo. Así, poco a poco, Ferrera va desgranando sobre este centro neurálgico localizado entre el vivir y el morir numerosas cuestiones que le incumben y preocupan como la educación, la lectura y la propia literatura, los literatos canarios y la capital de la isla, los límites y atracciones del Puerto de la Luz, la amistad, las calles y los rincones de la localidad aruquense, sus años de estudio (tan trascendentales) en La Laguna, los hijos...

Todo en este libro de Juan Ferrera es íntimo, pero las rendijas se tornan constantemente de par en par para saltar a la plaza, a la vida pública, como decíamos. Su fuero interior avienta -siempre con la socarronería que le caracteriza, y especialmente en los textos del final- la interpretación de los acontecimientos de la comunidad, de la política (en el mejor sentido de la palabra), de lo que el autor desea para nuestro día a día, y que vendría a ser un mundo no asirocado -es terminología suya-, un horizonte en el que las pantallas, los móviles y las nuevas tecnologías no nos hagan olvidarnos ni de nuestros rostros materiales ni del tono de las voces... Este humanismo abanderado es en el fondo el verdadero y sincero programa político que hay en Juan, para las políticas más generales y para las municipales. Y aquí sí me sumo yo a su partido, donde me entiendo y me implica, haciéndome conocer con mayor sinceridad las gentes y los pueblos, las esquinas de paz y las orillas de las calles, para sentirlos y saborearlos de verdad, para quererlos más... ¡Reclamo entonces, para nuestras vidas, si realmente queremos existir y sonreír, incluso sufrir, con sinceridad, estas formas de política donde la intimidad y las almas no estén desgranadas por la sociedad! ¡La pido y reclamo para no respirar constantemente con la cabeza gacha y el alma reseca! Pues de nada nos valen las grandes leyes ni los inmejorables acuerdos y pactos firmados si no tenemos una intimidad, rica en matices, que nos sitúe en la vida incluso a través de nuestros propios recuerdos, como pasa en el mundo interior-exterior de Ferrera que leemos en Las rendijas de la vida...

A día de hoy sigo sin llegar del todo a Arucas... Por contra, las lágrimas que me han aflorado a partir de la relación que Ferrera establece aquí con sus muertos me han hecho recalar curativamente, sin lugar a dudas, en una cercanía mucho mayor a donde estaba situado. Él y los suyos, en las vivencias contadas por su verbo ágil, han puesto en mí otras nutrientes semillas que seguirán brotando para seguir profundizándome y queriendo más al pueblo que me vio crecer y que nunca se ha ido de mis manos, a mis amigos y, especialmente, a mi familia. Los muertos aquí, una vez más, me han demostrado que sin sus vidas no seríamos capaces de apreciar la vida ni las cosas buenas, como esta de acompañar hoy, vivito y coleando, y en pelotas, a nuestro amigo Juan en la presentación de este maravilloso libro.

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Las fotos pertenecen a la Casa Verde (grupo ecologista La Vinca).

Actualizado el Domingo, 13 Octubre 2019 03:00 horas.

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