Armando Rojas Guardia, una lección de autoconocimiento y amor (vídeo)


He regado hoy las plantas, profusamente. He dado comida al gato. Estas dos labores cotidianas bien podrían incluirse en lo que Armando Rojas Guardia denominaba “vivir poéticamente”.

Este maestro venezolano, poeta, escritor, ensayista y facilitador de talleres literarios, nació en Caracas el 08 de septiembre de 1949 y falleció en la misma ciudad el 09 de julio de 2020.


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En la conferencia dictada en la Universidad Metropolitana de Caracas, el 16 de octubre de 2013, afirmaba: “La premisa de la que parten las palabras que voy a pronunciar hoy ante ustedes puede formularse de la manera siguiente: escribir poesía en muchos sentidos representa un hecho coyuntural y, hasta cierto punto, accidental; lo de verdad trascendente y crucial es vivir poéticamente.

En efecto, escribir poesía no le es dado a todos los seres humanos: ello depende de determinadas disposiciones psíquicas, de una específica historia individual y, en definitiva, de una circunscrita vocación. En cambio, todo hombre y mujer está llamado, por el solo hecho de serlo, a vivir poéticamente. Recordemos el precioso verso de Holderlin, del cual extrajo Heidegger una imperecedera lección filosófica: “poéticamente habita el hombre sobre la tierra”.

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Nadie negará que la palabra poeta constituye, en esta hora civilizatoria y en nuestro contexto nacional, una palabra devaluada.  Vivimos dentro de una sociedad que se quiere a sí misma productivista y económicamente competitiva, regida por la entronización de la mercancía, en medio de la cual la palabra poética no es rentable, no se traduce en dividendos lucrativos, habla desde una esfera cualitativa que no se deja reducir a lo empíricamente cuantitativo y verificable, escapa de los alcances de la mera racionalidad instrumental y técnica. Pero, además, ¿cómo no va a ser marginal el poeta en un país que, pese a contar con una de las tradiciones líricas más importantes de la lengua española, paradójicamente no propicia, como paisaje existencial y cotidiano, estados profundos de conciencia donde se haga posible la experiencia poética?

La experiencia vital de Armando Rojas Guardia es una interpelación a la reflexión sobre el propio yo y su relación con los otros. No en vano, Armando provino de una educación ignaciana, probó a ser sacerdote, y murió, como lo describe el compañero que lo acompañó en sus últimos días y también la poeta y psiquiatra Ana María hurtado, “bañado de luz”, con una serenidad y aceptación plenas.

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Vivir poéticamente – escribe Armando- es vivir desde la atención: constituirse en un sólido bloque sensorial, psíquico y espiritual de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida, ante la expresividad del mundo, ante la sinfonía de detalles cotidianos en los que esa expresividad se concreta (ello implica un refinamiento orquestal de la vida de nuestros sentidos y un esfuerzo consciente por aquilatar nuestra percepción de los objetos que pueblan nuestro entorno).

La atención esta orgánicamente entrelazada con el evento físico, psíquico y espiritual de estar conscienteEn una palabra, con el despertar. Una milenaria tradición religiosa identifica el despertar, el hecho de estar despierto, con el arranque mismo de la vida del espíritu. Tanto el budismo como el cristianismo son enfáticos en señalar el estado de vigilia como el símbolo más adecuado de ese momento existencial en el que se inicia, `para el hombre, la aventura de la conciencia. Todo consiste en despertar para siempre de la somnolencia maquinal y gregaria dentro de la cual pernocta la mayoría de los seres humanos... Nunca insistiremos bastante en el hecho fundamental de que el vivir poético es un vivir atento.

Ese vivir atento, que Armando me enseñó, lo reclamé en un poema que forma parte de mi poemario “Gula”, y ahora transcribo:

MAESTRO

Hay lutos que se extienden como charcos de tinta
Maestro, ¿tú no tienes miedo?
 
Cuando hoy muere un niño tiroteado
y su madre lo encuentra enfrente de su casa
y abraza su cadáver hasta que al fin se lo arrancan
y las hienas envían condolencias
¿tú no temes?
 
Buscamos en él el signo distintivo de la víctima
y no hay siquiera una mirada en la que anclarse
las cuencas de los ojos de su padre no dicen nada–
 
¿Qué piensas tú, mientras esto sucede?
¿Qué piensan los que te siguen como posesos?
¿Se adentran en la selva roja de Juan
o persiguen los muertos de Octavio?
¿Por qué mirar atrás
cuando hay tanto presente indescifrable?
 
Acércate maestro
Huele su fetidez
Hoy van a velarlo junto a tu casa
pero el horror no hace mella en ti
o en tus discípulos
 
¿Hay mayor sinsentido que llegar a la luz amarilla
de tu sala para hablar de poesía?
 
Callando hoy no voy a revivirlo
Cierto
Era un hombre, no un niño
Verdad a medias
para una mujer, era su niño
 
¿Me sumo a tus filas, o a las suyas?
De vez en cuando no hace daño
mirar por la ventana
 
Es apenas otro muerto, pero no te engañes
Huele a sangre
¿Sigue la vida aunque nos la arrebaten?
 
Hay días que son como ese niño
Muertos, apenas se levantan
Días que terminan temprano
y son noches eternas
eternas madrugadas

Y sí, a veces no hace daño mirar por la ventana. Esa ventana inmensa que nos asoma a los otros. No es posible hacer oidos sordos a tanto dolor sin menoscabar nuestra esencia.

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Vivir poéticamente es aprender a vivir estableciendo continuas relaciones analógicas entre los objetos aparentemente más disímiles y entre los más diversos órdenes y planos de la realidad: que el eje de toda la propia actividad psíquica sea esa permanente metaforización (detrás de ésta actúa como postulado ontológico la comprobación, ya postulada, establecida y estudiada por la física cuántica, de que el universo entero es una totalidad orgánica, de que todo está conectado con todo, de que todo interactúa con todo). Para enterarse de cómo funciona en la práctica un activo psiquismo metaforizador conviene leer y releer Las olas, de Virginia Woolf, y la poesía de Eliseo Diego.

Para finalizar, vivir poéticamente es vivir la propia vida como una obra de arte, es un vivir desde lo que clásicamente se denomina el arte de saber vivir. Es un vivir con arte, es vivir-se como el poema existencial y cotidiano que Dios nos posibilita hacer de nosotros mismos. En el Nuevo Testamento, específicamente en la “Carta a los Colosenses”, se afirma que cada ser humano es “un poema de Dios”. Vivir poéticamente es saberse tal. Y obrar en consecuencia.

Hagámoslo.

Ángela Molina Calzadilla

Actualizado el Jueves, 14 Enero 2021 00:25 horas.

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