Relatos de la UD Las Palmas: ¡Toma Real Madrid!


Andrés Cazorla , era del Carrizal de Ingenio, desde niño acudía a la zafra del tomate en Vecindario. Ya galletón empezó a trabajar en la construcción en el sur cuando en su casa oía hablar a su padre de Juan Guedes, hijo de un pariente que se había ido a vivir a Tamaraceite y que jugaba muy bien al fútbol.


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En una ocasión acudió al Campo del Carrizal a un partido de homenaje póstumo al que fuera jugador, Chano Melián, muerto en accidente de circulación porque Juan Guedes, se alineó en el puesto de Chano con el club de Carrizal. Era la primera vez que vió al espigado medio de la Unión Deportiva. Entonces trabajaba en el sur de camarero cuando era fácil conseguir trabajo pues cada vez venía mas turismo y hacía falta personal. Alli estuvo Andrés hasta que le tocó la quinta y no le quedó más remedio que vestir la ropa caqui, pues lo mandaron directamente al Regimiento Canarias 50 en La Isleta.

Allí conoció a Jerónimo, que vivía en una casa terrera allá arriba, cerca de la Batería de Artillería, en la calle Angostura. Le decían "Momito el Verija", pues era alto, flaco, esmirriao, aunque nunca se metía con nadie, vivía en su casa con su familia . Era amigo de Agustinito al que le decían “el tirilla”, que vivía en la calle Palmar, un poco mas abajo, donde estaba “el parquillo” de la Iglesia del Carmen.

Estos dos isleteros eran jugadores del Juventud Artesano y religiosamente cada quince días iban al Estadio Insular a ver jugar a la Unión Deportiva Las Palmas, pues les regalaban las entradas para la grada de Fedora o del “morro”, como seguían llamando la gente de la Isleta a la grada de general de la calle Pío XII. Andrés los conoció en el cuartel y fue con ellos la primera vez al Estadio Insular a ver a la Unión Deportiva, que era un equipo que jugaba muy bien ante los grandes clubes de Primera Divisón. Cuando había partido no se iba a Carrizal y se quedaba en la casa de Jeromito en un cuarto en la azotea, acompañado de los pájaros y gallinas del padre.

Desde las cinco de la tarde de los sábados y siempre con el mismo recorrido, salían del “parquillo” cercano a la casa de Agustín, camino al Estadio para llegar con una asombrosa puntualidad a los comienzos de los partidos a las ocho y media. Primero iban directos al Mercado a merendar con churros y café con leche, y luego cogían la guagua y se bajaban en las Alcaravaneras.

En los días de fútbol en el acceso al estadio se congregaba un gentío que subía la calle Manuel Gonzalez Martín, hasta el viejo coliseo, y al término del partido, bajaban hacia las paradas de la guagua en la “carretera” del Puerto. Miles de aficionados del equipo amarillo se dirigían hacia el estadio cantando y ondeando banderas. Los aledaños del campo eran una enorme zona peatonal repleta de puestos donde se vendían pipas, jareas y calamar seco, bebidas y chicles.

Era obligada la parada en el Bar Vigo donde muchos aficionados entraban a refrescar el gaznate, conversar, discutir o “vacilar” si era preciso, con los hermanos gallegos, Toño y Lolo, propietarios del Bar, que eran muy fanáticos seguidores del Real Madrid y siempre estaban dispuestos a conversar mientras despachaban tapas y bebidas. En las paredes del bar colgaban grandes cuadros del Real Madrid con las copas del “Carranza” que Toño había conseguido en Cádiz, en uno de sus viajes veraniegos, con coche y toda la familia, a su Galicia natal. Había otro cuadro en que DiStéfano posaba con las cinco Copas de Europa. La clientela del Bar Vigo la formaban empleados, estudiantes de “lalaguna”, profesionales y algunos intelectuales, que casi a diario, en determinadas horas, rebosaban saliendo por sus puertas y en la acera de la calle.

trofeocarranzaEl bar poco a poco se iba llenando. No había sitio en la barra y la gente salía por las puertas a beber en la calle. No era un día común, pues la U.D. Las Palmas a la tercera jornada, disputa en el Estadio Insular contra el Real Madrid, continuar en el liderato de Primera Divisón, que ostentaba el equipo canario que venía de un sonado triunfo en el Campo del Manzanares ante el Atlético de Madrid.

Los tres amigos pidieron un “biberón” de cerveza Tropical como preámbulo de unos cubalibres con rones “Carta de oro”, observando la ceremonia ritual de la quema de pejines que realizaban los gallegos con mucho estilo, emulando una queimada de su lejana tierra en Orense.

Los muchachos, comentaban las incidencias del partido que iban a ver en el Estadio. Durante el largo periodo de la consumición de los "cubalibres", la ofensiva de los aborígenes sobre los hermanos gallegos era de lo más entusiasta. Bromas, chistes y apuestas sobre el resultado. El gallego Toño se subió a un cajón de Coca-cola y encendió la radio. Ya se oía la voz de Segundo Almeida anticipando las alineaciones y los previos al emocionante partido. Los parroquianos subidos en las altas sillas; las tapas de pulpo y los bocadillos de calamares no paraban de despacharse mientras los vasos se llenaban de ron o wiskis con las “arrancadillas”, antes de apresurarse a ir a coger puesto, pues el lleno era de los de “bandera”.

En la calle varios cajas con pulpos y calamares secos que encima de unas brasas de carbón de madera daban un olor característico. Andrés le gustaba chupar una pata de calamar seco y quedarse con el sabor durante todo el partido. Calmaba sus nervios mascándolo como un chicle. Nada mas entrar al campo ya estaba en la grada Manolo “el Pipi”, con su banderola azul y amarilla, su gorro de igual colorido y su terrible trompeta. El Estadio Insular vibraba de entusiasmo cuando el "Pipi", sacaba su poderosa voz ronca y entonaba las primeras líneas del “Riqui-Raca “ y a continuación, hacía sonar su trompeta, como sirena de un barco que se acercaba al Puerto de La Luz. Entonces estallaba una exaltación de la canariedad y a los nacidos y criados con gofito de millo, se les ponía la carne de gallina y todos, plenos de entusiasmo, cuando saltaba al campo el once amarillo formaban un estruendo de gritos, tracas, voladores y cánticos desde el “Riqui-Raca” al "arriba d'ellos".

Los muchachos amarillos se contagiaban en el campo y exhibían entonces las mejores esencias del tarro de valores futbolísticos que poseían. A los pocos minutos la cosa terminó indefectiblemente, en “¡gooooooool!". Fue en la grada Fedora donde los tres amigos saltaron de alegría con los goles de Guedes primero, y León en pocos minutos después; El Madrid, encajonado en su área defendiéndose y con grandes paradas de Betancort, que evitaron varios goles de los nuestros. Emocionados se abrazaban.

Pero siempre gozó de buena suerte el equipo merengue en el Insular. Y en aquel partido volvieron a tenerla. Tras el 2-0 canario, marcan cuando concluía el primer tiempo el 2-1. Un gol sicológico poco antes del descanso que no merecían, tras el vibrante y espectacular juego de los amarillos. Empezando el segundo tiempo, vino el gol de Velázquez que era el del empate que enmudeció a las gradas. Enseguida vino el 2-3 de penalti, que marca Gento de un pipanazo que no ve pasar Oregui.

Cuando la desilusión invadía la grada, acontece un momento culminante cuando el árbitro señala penalti a favor de Las Palmas. No estaba Germán, el especialista en los castigos. ¿Quién lo tira?. Se preguntan los aficionados. Miran al banquillo los jugadores y sale Castellano decidido a coger el balón. Lo coloca en el punto fatídico, retrocede y mira a Betancor. Un potente tiro que se eleva por encima del larguero en la grada de Fedora y se van al traste las ilusiones de los isleños. Decepción, lloros, cabreos, pitos, cuando en ese ambiente marca el Madrid el cuarto y acaba el disputado encuentro 2-4.

Cuando todo parecía terminado y muchos ya comenzaban a marcharse del estadio, los tres amigos no tenían humor para articular las palabras que ya habían repetido una y otra vez, y que no iba a comprender porqué otra vez la mala suerte contra el Madrid. En el fondo, sólo era un partido. La Unión Deportiva Las Palmas continuaría estando ahí, y seguiría contando con su apoyo aunque fuera colista de la cuarta regional.

Los tristes aficionados al no poder empatar ante el odiado rival, a pesar de los merecimientos por el juego realizado, se desparramaban por las calles de las Alcaravaneras al término del partido con el lamento de la derrota inmerecida.

El error de Castellano había hundido el orgullo de ser en fútbol, los mejores de España, con un equipo netamente canario, una ilusión de la que estaban convencidos los miles de seguidores amarillos. Muchos pensaron que su entrenador, reconocido madridista, había traicionado a los canarios, antimadridistas de toda la vida, debido principalmente a los favores arbitrales otorgados al equipo blanco, mirado como “el equipo del Gobierno” donde Bernabéu, que aunque no era Franco, se le parecía en algunas cosas, no iba a permitir a su “hexacampeón” estar por debajo de un equipo formado por unos aborígenes, flacos y morenos, de las lejanas Canarias.

En la puerta del Estadio eran muchos los que esperaron la salida de los jugadores y de Molowny, al que algunos le increpaban diciendo: ¡Era lo que querías, era lo que querías! ¡Vendido madridista!

La multitud iba silenciosa, cabizbajos, en grupos de dos o tres personas, cual sentido duelo, enfilando hacia el Puerto o subiendo por el Paseo de Chil. Momo, Agustín y Andrés se preguntaban sobre el penalti fallado. ¿Y porqué no lo tiró Guedes?, comentaba Andrés; o hasta el mismo Tonono que tiene más toque y lo hubiera colocado, le decía Momo. Eso se preguntaban los amigos en su regreso a La Isleta.

Con pena y dolor se fueron a tomar la última copa para compartir sus cuitas. Penetraron en el mismo bar donde habían estado anteriormente, uno de los pocos abiertos en la triste noche capitalina. Encendieron sus pitillos y se sentaron en las altas butacas de la barra. El gallego, rebosante de alegría por el triunfo del Real Madrid, les restregaba la victoria en su misma cara.

¿Y ustedes pensaban que iban a ganar al Madrid? ¿Que van a tomar para quitar la pena? ¡Callate gallego! y pon unos cubalibres, le dijo Momo. Entonces Andrés pregunta: ¿Toño, tienes una pella de gofio? . Aquí no tenemos pellas de gofio, contestó el gallego. Andrés salió del bar y se acercó a otro bar un poco mas arriba, donde los días de partido hacían sancochos. Ya el dueño estaba cerrando cuando le preguntó ¿Tiene pellas? Si, creo que todavía me queda algo ahí amasado del sancocho.
Pues, póngamelo. ¿Cuanto es? Dame quince pesetas.

distefanoconlascincocopasCogió Andrés el gofio y con sus manos fue haciendo una bola maciza en el camino de retorno. Una hermosa pella. Volvió al Bar Vigo donde sus amigos eran los únicos que quedaban en la barra. El gallego, les apuraba para cerrar. Andrés que tenía su ron en la barra tomó posición delante del cuadro de DiStefano con las Copas de Europa y el de las copas “Carranza” que presidían una pared. Con la vista clavada y con la mayor rabia contenida, ante la mirada de sus amigos, lanzó la pella de gofio al rostro de DiStefano al grito de ¡Toma Real Madrid!

El gallego sorprendido, cogió un escobillón para pegarle, pero Andrés salió raudo del bar hacia la carretera del Puerto. Al volver el rostro, vió como el gallego y sus dos amigos discutían en la puerta. La calle guardaba un silencio que permitía escuchar los pasitos apurados de un perro vagabundo en busca de su cena con los restos tirados por el suelo.

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