Arucas y la dictadura de los panaderos


Los ciudadanos de Arucas de principios del siglo XX sufrieron un constante abuso de los precios de los productos de primera necesidad, sobre todo del pan, que se convirtió en un artículo de lujo hasta bien entrados los años 30 del pasado siglo.


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Fue tan elevado su precio, que los ciudadanos se dirigieron muy indignados al Gobernador Civil por la constante violación de la ley por parte de dichos fabricantes.

La ley era la Real Orden de 15 de abril de 1915, reguladora del precio de la harina.

En noviembre de 1916, ante el decaimiento del mercado a resultas del acaparamiento –a la espera de precios más altos–, el gobierno aprueba una nueva Ley de Subsistencias y la creación de la Junta Central y Juntas Provinciales de Subsistencias, con poderes para tasar los productos. Procura así controlar los precios del trigo, la harina y el pan corriente, pero no del pan de lujo, que puede comercializarse libremente.

Después, a medida que avanza la Primera Guerra Mundial, cuando se encarece el comercio de trigos y harinas, el gobierno decreta la fabricación de un solo tipo de harina Única y la prohibición de elaborar pan de lujo. Con objeto de asegurar el suministro llega incluso a practicar incautaciones en algunas fábricas de harina.

Y es que los panaderos de Arucas no se daban por enterados de que no se podían exceder del precio que tenga en Arucas el kilo de harina.

Mientras en Telde y Guía costaba 20 céntimos los 400 gramos de pan, en este municipio se cobraba a 75 céntimos y con harina de peor calidad.

El pan, como artículo de primera necesidad, estaba en todas partes tarifado y por lo tanto el panadero tenía la obligación de sujetarse al precio, cantidad y calidad, pero nuestra ciudad fue una excepción durante muchos años pues ponían el peso que les venía en gana.

A esto hay que añadir la componente sociológica del pan, elemento básico e imprescindible en toda dieta, barato y sustituto de otro tipo de aportaciones alimenticias.

En fin, una injusticia que los ciudadanos denunciaban a las autoridades una y otra vez y que estaban en el deber de corregir.

La municipalidad optó por hacer la vista gorda, el concejal de abastos no decomisaba el pan que no reunía las condiciones establecidas por ley.

Eran frecuentes los casos de adulteración por parte de desaprensivos. Al pan, por ejemplo, le añadían sulfato de cobre para darle más blancura, mejor aspecto y aumento de peso. La leche, que siempre se ha llevado la peor parte, tras diluirla con agua en proporción que podía llegar hasta un 50 %, le devolvían la densidad y sabor con azúcar de caña, fécula, almidón y dextrina, y para corregirle el color recurrían a clara de huevo, gelatina y hasta zanahorias cocidas. Menos mal que antiguamente estos aditivos tenían la ventaja de ser en su mayor parte de origen natural.

Fue tal el grado de lucro y avaricia de estos señores que el kilo de harina corriente la despachaban a 1,10 pesetas, ¡esto era el colmo!, a peseta.

Un día, un industrial panadero de Las Palmas, el Sr. Castellano introdujo su pan en Arucas, los vecinos se fiaron de él hasta que los ciudadanos, pasados unos meses, se llevaron un sablazo, el señor de la capital se contagió de las malas prácticas de los panaderos de esta población, ni su calidad era mejor, ni el peso del producto era el adecuado, perdiendo la confianza del público aruquense.

Fue a finales de 1916 donde los aruquenses vieron cómo se inauguraba una nueva panadería, propiedad de los Señores Don Ceferino Pitti y Don Juan Manuel Caballero, contratando a un afamado maestro panadero que fue muy elogiado por el pueblo de Arucas por la variedad de pan que confeccionaba.

Y es que los abusos que sufrían los vecinos de Arucas eran desmedidos, por ser un pueblo donde el hambre y el desempleo era el único pan de cada día y donde se detenía a la gente por hurtar unas hojas secas de platanera para poder calentar la “comida” y el hogar, pero esto estimado lector es otra historia.

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