El matrimonio en el siglo XVIII. Las nuevas redes de poder y la conservación del estatus familiar

MATRIMONIO CONCERTADO. AUTOR. PUKIREV. SIGLO XIXLos ritos nupciales estaban compuestos por dos actos sucesivos y complementarios. El primero de ellos era los esponsales o promesas matrimoniales, que revestían dos modalidades: el matrimonio por palabras de futuro, que consistía en el establecimiento de un acuerdo privado entre los cónyuges y sus familias y suponía el primer paso en firme para la consumación de la boda; y el matrimonio por palabras de presente, que era el casamiento propiamente dicho, aunque no convertía la unión en indisoluble, ya que este carácter sólo era adquirido tras la cópula carnal de los recién casados. El segundo de los ritos se trataba de la solemnización de la unión en la iglesia, también llamado velación o misa nupcial.

La iglesia abogaba por un matrimonio donde los contrayentes acuden con el consentimiento de las partes, pero como ya es sabido en el Antiguo Régimen muchos de los matrimonios eran concertados por los padres de los contrayentes.

Amor y matrimonio son conceptos que en siglos pasados no tuvieron por qué estar vinculados, y casarse fue, ante todo, un contrato entre familias de similar nivel socioeconómico. Los matrimonios abrían nuevas posibilidades de relacionarse y participar en nuevas redes de poder, o de asegurar las ya existentes, y por ello, todas las decisiones se tomaban desde la conveniencia de grupo, primando la conservación del estatus ante las motivaciones de tipo sentimental.

Hombres y mujeres se enfrentaban al matrimonio desde diferentes perspectivas. En ellas, se valoraba notablemente su condición de vírgenes y su posterior castidad. Parece ser que la edad de acceso al matrimonio varió un poco en función del sexo, ya que las mujeres, por lo general, se casaban algo más jóvenes que sus parejas. También hubo diferencias entre las aportaciones económicas de las partes masculina y femenina al matrimonio: mientras las donaciones del marido solían estar constituidas generalmente por una casa (futura casa de la pareja), la mujer solía aportar al matrimonio una cantidad en metálico. La cuantía de las dotes representaba el alcance de la fortuna familiar y debía ser correspondida con un patrimonio adecuado.

El ser soltera, casada o viuda definió cuál era el papel social de las mujeres, condicionando sus posibilidades de intervenir en la sociedad, de disponer de sus propiedades e, incluso, de su propia persona, cosa que no se produjo para los hombres en unos términos semejantes. Si bien para los hombres el hecho de casarse suponía un paso de entrada en la sociedad formal, la adquisición de la plena autonomía personal y un mayor reconocimiento social, en el caso de las mujeres este cambio era mucho más difuso. No podemos obviar el hecho de que en los Siglos XVII y XVIII ninguna mujer honrada vivía sola, pues la honra la otorgaba la pertenencia a una familia. Por ello, ellas pasaban de estar bajo la tutela de su familia cuando eran solteras, a estar bajo la de sus maridos tras casarse. El marido era quien las representaba públicamente, quien administraba sus bienes y a quien debían obedecer.

El Consentimiento Materno de Luisa Montañés y el Poder para contraer matrimonio por palabras de Juan Laguna Montañés en la Gran Canaria del Siglo XVIII

En la Ciudad de Canaria a treinta de abril de mil setecientos ochenta y cinco, ante mí, el escribano público y testigos firmantes, pareció presente Doña María Luisa Montañés, viuda de Don Narciso Laguna, vecina de esta ciudad a la que doy fe, conozco y dijo que por cuanto Don Juan Laguna Montañés, su hijo legítimo y de su difunto marido tiene tratado y concertado según le ha manifestado, el casarse con Doña Sofía Juana Dusautoy hija legítima de Juan Bautista Dusautoy y de Doña Juana Saxasin naturales de París en el Reino de Francia y vecinos actualmente de la Ciudad de Cádiz, y siendo preciso para efectuar dicho matrimonio el permiso y licencia de la otorgante como su legítima madre que bajo su tutela se halla en virtud de las Leyes establecidas, otorga y está bien informada de su derecho y de lo que en este caso le compete y habiendo tenido antes su acuerdo y deliberación según convenía, da y concede al dicho Don Juan Laguna su hijo, su maternal licencia y consentimiento para que pueda contraer y contraiga, con la expresada Doña Sofía Juana Dusautoy, el casamiento que pretende, y tiene concertado, el que pida se le autorice, no teniendo otro impedimento que se lo impida atento a la habilitación que por este instrumento le concede la otorgante con el que se pueda presentar ante su Ilustrísimo Señor Obispo de la Ciudad de Cádiz, a su Señor Provisor y Vicario General, suplicando le mande efectuar dicho matrimonio según orden de la Santa Madre Iglesia.

Ante el mismo escribano y el mismo día, Juan Laguna Montañés (novio) dijo que: Por cuanto mediante la voluntad de Dios Nuestro Señor y para su santo servicio y su bendita Madre la siempre Virgen María habiendo tratado y concertado el casarse legítimamente por palabras de presente que hagan verdadero matrimonio según orden y forma de Nuestra Santa Madre Iglesia con Doña Sofía Juana Dusautoy y en atención de no poder hallarse presente a celebrar el dicho matrimonio, por ciertos negocios que le urgen permanecer por algún corto tiempo en esta isla de Canaria para que tenga cumplido efecto otorga por la presente y su tenor y de su agrado y buena voluntad que da y confiere todo su poder cumplido y bastante cuanto de derecho se requiere y es necesario al dicho Don Juan Bautista Dusautoy, Padre de la referida Doña Sofía, para que en mi nombre y representándome se pueda desposar y despose por palabras, represente que hagan verdadero y legítimo matrimonio con la dicha Doña Sofía Juana Dusautoy y otorgándole por su esposo y marido y recibiéndola por su esposa y mujer, habiendo precedido primero y ante todas las cosas las amonestaciones y demás requisitos que dispone el Santo Concilio de Trento y no habiendo canónico impedimento que lo impida; en razón de lo cual pueda parecer ante cualquier Juez que condición deba hacer y practicar todas las diligencias judiciales y extrajudiciales que convengan y que el otorgante haría si estuviera presente hasta que realmente tenga efecto dicho matrimonio; el que desde ahora, para cuando el caso llegue, lo aprueba y ratifica y da por hecho y celebrado dicho Casorio y se obliga a estar y pasar en todo tipo por ello, como si estuviera presente en la realidad, pues para ello le da y otorga este absoluto poder general.

Conclusión

El siglo XVIII español fue más que nada un intento de reforma, pues aunque la mujer comenzara a tener algún valor y puesto en la sociedad, estaba aún lejos de dejar de estar sometida a la figura del hombre en los matrimonios. El matrimonio siguió siendo una de las estrategias de promoción social, y la mujer siguió recibiendo una educación destinada a los mismos intereses que siempre, su hogar, su presencia social y la formación de sus hijos.


NOTAS:
1.- Archivo Histórico Provincial de Las Palmas. Fondo Protocolos Notariales. Legajo. 1879. Folios. 243-245. Año. 1785.
2.- Familia y Matrimonio en la España del Siglo XVIII: Ordenamiento Jurídico y situación Real de las mujeres a través de la documentación Notarial. Agustín Ortego, María Ángeles. Universidad Complutense de Madrid. 1999.
3.- Matrimonio en los siglos XVI-XVIII: derecho canónico, conflictos y realidad social. Zaballa Beascoechea, Ana. Revista Complutense de Historia de América 2016, vol. 42, 11-14

1 comentario

  • Josefa Molina Martes, 18 Agosto 2020 09:08 Enlace al Comentario

    Gracias, Armando, por este artículo. Importante saber de dónde venimos. Saludos.

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