El oidium tuckerii en Canarias y su repercusión sobre el comercio de las islas. La primera gran plaga americana del viñedo

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En 1845 Edward Tucker, un jardinero de un pueblo del estuario del Támesis a unos 100 kilómetros de Londres, encontró una sustancia polvorienta en las hojas y las uvas de algunas de sus cepas y envió una muestra para su análisis al reverendo y botánico M.J. Berkeley de Bristol. Tras su examen Berkeley determinó que se trataba de una especie de hongo y en honor a su descubridor lo denominó Oídium tuckerii.


Miles Joseph Berkeley (Biggin Hall, Northamptonshire, 1 de abril de 1803 - Sibbertoft, 30 de julio de 1889) fue un clérigo, botánico, pteridólogo y micólogo inglés. Colabora con la Universidad de Londres de 1865 a 1870; fue miembro de la Royal Horticultural Society de 1873 a 1878; de la Royal Society en 1879, y recibe la medalla de la Sociedad, la Royal Medal, en 1863; de la Sociedad linneana de Londres, y de otras sociedades científicas. Berkeley es considerado padre de la Micología británica, llegando a describir muchísimas especies. Su herbario de cerca de 10.000 especies de hongos (con alrededor de 5000 que describe) se conservan en las colecciones de los Reales Jardines Botánicos de Kew.

Tres años más tarde, en 1848, el mismo hongo se detectó en las viñas del Palacio de Versalles y pasados dos más, se comenzó a ver en los viñedos del sur de Francia. Apenas 7 años después del primer hallazgo, en 1852, ya se encontraba en casi todas las regiones vinícolas de Europa. Conviene resaltar que su rápida propagación se vio facilitada por la creciente expansión de la red ferroviaria europea de mediados de siglo.

uva listán negro

El oidium en España

Los observadores públicos y particulares empezaron a ofrecer noticias cada vez más numerosas sobre la difusión de la enfermedad conforme avanzaba el año 1852, en que fue observada al menos en varias zonas litorales de Cataluña (Maresme, Costa Brava, Garraf), Valencia (Safor, Marina, Ribera del Xúquer), Almería (Andarax) y Málaga. También se vieron invadidas en 1852, Canarias (El Hierro) y las Baleares (Banyalbufar y Pollensa en Mallorca). Al año siguiente, 1853, cubría ya prácticamente todo el litoral mediterráneo, afectando a grandes zonas vinícolas como las del Penedés, el Baix Maestrat (Vinaròs), Sagunt, etc., y surgía con fuerza tanto en las comarcas atlánticas del sur (Jerez y Condado de Huelva) como en las de Galicia, en donde las autoridades retrasan hasta este año la fecha oficial del inicio de la plaga, y en toda la cornisa cantábrica. En los años siguientes, desde 1854 a 1862, la plaga continuó haciendo estragos en todas las comarcas húmedas del litoral y avanzó hacia zonas del interior, invadiendo, aunque sin causar tantos daños, otras comarcas vitícolas de gran importancia como el Bages (Barcelona), Conca de Barberà (Tarragona), Requena-Utiel, Rioja, Navarra, Ribera del Duero y El Bierzo. En las viñas de Cariñena, Meseta del Duero y La Mancha los efectos fueron todavía menores.

Según la región vitícola, recibe diferentes nombres: ceniza, cenicilla, polvillo, polvo, cenillera, cendrada, sendrosa, sendreta, malura vella, roya, blanqueta, etc.

A comienzos del año 1854, y vista la gravedad que estaba adquiriendo la plaga en España, el Gobierno abrió un concurso público para adjudicar un premio de 25.000 duros al autor del “método más seguro y eficaz para la curación de la enfermedad de las vides, conocida con el nombre de oidium tuckerii o ceniza y polvillo de la vid” (Real Decreto de 3 de febrero de 1854, Boletín del Ministerio de Fomento, IX, p. 252). La respuesta a tan jugosa oferta fue abrumadora y en ella participaron no sólo españoles sino también extranjeros. Las propuestas recibidas por el Ministerio de Fomento fueron publicadas unas en el Boletín del propio ministerio y otras en la Gaceta de Madrid entre los años 1854 y 1858. De todas ellas podemos leer hoy los extractos que D. Braulio Antón Ramírez, miembro de la Sociedad Económica Matritense y del Real Consejo de Agricultura, recopiló y publicó en su voluminoso Diccionario de Bibliografía Agronómica (Madrid, Rivadeneira, 1865).

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El oidium tuckerii en Canarias y su repercusión sobre el comercio de las islas y la ruina de los campesinos de Arucas

En Canarias la plaga provocó una gran tragedia. No deja de sorprender la rapidez con la que la plaga de oidium tuckerii se extendió por toda Europa y llegó hasta el archipiélago canario. Probablemente la marina mercante británica, presente en todos los mares, debió ser un buen medio de transporte y difusión desde sus bases en el estuario del Támesis, donde primero se registró la nueva enfermedad venida de América. Sobre la aparición y difusión del oidium por todas las islas Canarias ya se ocupó detenidamente en 1888 el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife en la Contestación al cuestionario del Gobierno para estudiar el alcance de la Crisis Agrícola y Pecuaria (CAP vol. V, p 827-830). El inicio del mal estuvo originado en primera instancia por las grandes lluvias que cayeron sobre el Valle del Golfo de la isla del Hierro el día 26 de julio de 1852, en que una fuerte tromba de agua inundó durante muchos días la parte más baja del citado valle, poblado por viñas en las que, favorecida por la humedad, muy pronto hizo su aparición el oidium, arruinando totalmente la cosecha de uva a primeros de septiembre. Al año siguiente, 1853, la plaga se extendió por toda la isla del Hierro y saltó también a la de Tenerife. En 1854 se registraron nuevos brotes en La Palma, La Gomera, Gran Canaria e incluso Lanzarote, a pesar de su clima tan seco. En 1855 todo el archipiélago estaba invadido por la plaga.

Los efectos fueron desastrosos pues el oidium atacó con especial virulencia a las delicadas variedades de uvas con las que se elaboraban los acreditados Malvasías de Canarias que se exportaban a Gran Bretaña, Alemania y América del Sur, siendo una de las mayores fuentes de divisas. Aquellas variedades eran, además de la Malvasía, el Pedro Jiménez, Moscatel, Gual e incluso algunas Listan blanca (el palomino de Jerez). El tratamiento con azufre tardó mucho tiempo en ser adoptado por los viticultores canarios y no empezó a estar generalizado hasta después de 1870. La ruina de las viñas coincidió con un momento en que el negocio de la grana estaba en alza, por lo que muchos labradores optaron por arrancar las cepas y plantar en su lugar tuneras para criar cochinilla de la grana. Esta epidemia fue tan lamentable que muchos pueblos se quedaron casi sin viñedos, por ejemplo Arucas se había quedado sin casi una parra. Éstas por lo general disminuyeron de 80 a un 90% con lo que el vino encareció y los pobres tuvieron que echar mano de las bebidas de más graduación. Los chubascos y nieblas habían destruido lo que estaba sembrado tardío, había enfermado la fruta y sobre todo las viñas, en las que se ha desarrollado “el oidium” en disposición que las pérdidas son incalculables, quedando muchas familias arruinadas. Por supuesto que la misma suerte ha cabido a algunos arrendatarios del Mayorazgo de Arucas que en sus pertenencias tenían formadas latadas.


NOTAS:
1.- CAP (Crisis Agrícola Y Pecuaria, La). Madrid: Ministerio de Fomento, 1887-1889, 7 tomos.
2.- PIQUERAS HABA, Juan. El oidium en España. Difusión y consecuencias 1850-1870. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. Universidad de Barcelona, 10 de agosto de 2010, vol. XIV, nº 332.
3.- Quintana Andrés, Pedro. Pérez Tejera, Armando. La Administración y Evolución del Mayorazgo de Arucas a Través de su Correspondencia en el Siglo XIX (1804- 1865) Beginbook. 2020.
4.- www.agro.basf.es/es/la ciencia salvó al vino Autor: Carlos Águila.
Actualizado el Martes, 15 Septiembre 2020 09:51 horas.

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