Dotes y velos: El obispo Juan Bautista Cervera y la monja Clara de San José Rojo

Lectio Divina1.- Introducción

El convento de San Bernardino de Sena de Las Palmas, Gran Canaria, se funda en 1664 con licencia del obispo don fray Juan de Toledo.

La iniciativa saldría del Padre fray Gonzalo Temudo. Reunidos en el convento de San Miguel de las Victorias en La Laguna, un 12 de febrero establecen que, se creará un convento de clarisas, por no existir ninguno de la orden femenina en la isla, para un número de 33 religiosas, cuyas madres fundadoras serían un grupo de religiosas procedentes del convento de Santa Clara de La Laguna.

Todo el trámite necesario se llevó a cabo en apenas unos meses, y al no contar con un edificio definitivo, se adquieren unas casas para alojar a estas primeras religiosas.

Las casas se adquieren mediante compra a don Félix del Castillo Cabeza de Vaca, el 5 de junio de 1664, bajo la condición de un pago de dos dotes de profesión, equivalente a 2.400 ducados, y a la aceptación como profesa y, con su mayoría de edad, como patrona y fundadora, de su hija doña Magdalena del Castillo y Cairasco y Figueroa.

La primera abadesa sería Magdalena de San Pedro Jaén.

Al mes de instalarse, se autoriza a las religiosas para adquirir nuevas casas, ampliando las dimensiones del convento. El templo definitivo se finaliza en 1668.

Durante la segunda mitad del S.XVII, ampliarán su patrimonio mediante la compra de las viviendas colindantes y adquisición de donaciones y dotes de las religiosas profesas.

Estudio

2.- Las Dotes para tomar estado de religiosa

Las dotes de las religiosas, como condición material indispensable para su subsistencia en la comunidad (y la subsistencia de esta última, gracias a la aplicación de las dotes en bienes productivos) además de su contextualización legislativa, también permiten una interesante aproximación al matrimonio. Recordando el papel de las mujeres y su limitación al espacio del hogar en la familia moderna, también la ‘dote en el siglo’, entregada al esposo, debería asegurar la supervivencia de la mujer. Las dotes ‘en religión’ constituyeron una importante fuente de ingreso para las cuentas de las comunidades religiosas, principalmente a partir de su sistematización y de su entrega efectiva en dinero y no en géneros, o bienes agrarios.

En los concilios provinciales de Milán de 1565 y 1569 quedó decretada la legislación sobre el pago de la dote de las religiosas. Con la acción de San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, el cual convirtió en obligatorio el pago de la dote en su diócesis, se estableció en la legislación canónica la necesidad de existencia de la dote para las comunidades femeninas. Este asunto siguió siendo objeto de innumerables opiniones. En 1565 decretó la Iglesia la obligación de que cada religiosa tendría que entregar dinero al monasterio antes de su toma del hábito. La comunidad no podía tocar ese dinero ya que su objetivo era asegurar la subsistencia de la postulante durante toda su vida religiosa. En 1569, se les dio a los Obispos el poder de establecer el importe en metálico de la dote, hecho que se convirtió en práctica común en algunos monasterios de esa época. El pago de la dote era un requisito indispensable para realizar la profesión, realizándose la escritura de compromiso de dote cuando la novicia iba a tomar el hábito.

La dote debe entenderse como una exigencia material triple: la dote monetaria (en dinero de contado), las pensiones (alimentos, propinas, cenas, cera, dos camas) y el ajuar (normalmente, vestidos y ropa de cama). De este último capítulo, las descripciones con detalle no son muy abundantes, y algunas se corresponden con momentos de división de las herencias en las que determinadas piezas inventariadas se indican como pertenecientes a las religiosas puesto que ya las traían en el momento de ingresar en el monasterio. Las dotes, y su composición (en dinero o bienes raíces, esta última modalidad sobretodo antes de Trento) son esenciales para la comprensión de la composición patrimonial, especialmente agraria, de las comunidades religiosas femeninas en Canarias.

A partir de principios del siglo XVIII fue común que el destino de la dote se prestase, casi en su totalidad, con intereses. En el caso de no existir monasterio o persona de confianza a quien prestarlo, debería guardarse en el arca de la comunidad y no ser utilizada para ninguna otra necesidad del monasterio. Así, los cenobios se convirtieron en importantes agentes económicos por excelencia, como prestamistas o acreedores, prestando y recibiendo dinero con intereses y tasas diversas, intentando además de suplir las necesidades urgentes de entrada de capital rentabilizar lo mejor posible lo que tenían.

Recreo3.- Monjas y velos. Una convivencia Jerarquizada

En los monasterios reproducía la estratificación del mundo social exterior. Existían diferencias y jerarquías: monjas de velo negro, monjas de velo blanco, novicias, señoras retiradas, estudiantes y niñas de corta edad, sirvientas y esclavas. Las monjas de velo negro constituían la élite. Sólo ellas tenían derecho a votar en las elecciones conventuales o a ser electas para algún cargo al interior del convento. Estaban libres de los trabajos manuales y serviles, y su principal obligación era el canto de las horas canónicas en el coro. Su nivel de educación era alto; educadas en las escuelas conventuales, sabían leer, escribir, aritmética, música y drama y poseían ciertas habilidades manuales propias de jóvenes de familias de la élite. Aunque el nivel educativo de una candidata era un requisito importante para convertirse en monja de velo negro, la condición social y económica de la familia lo era aún más. Algunos monasterios exigían altas cantidades de dinero como dote que representaba, la mayoría de las veces, una fracción del dinero proporcionado por las familias para asegurar una posición a sus hijas entre las monjas de velo negro.

En la jerarquía seguían las monjas de velo blanco que, usualmente, eran de escasa educación y de modestos medios económicos cuyas familias no pertenecían a la élite. Entre ellas había recogidas, que se habían trasladado al convento desde orfelinatos u obtenido una dote de algún piadoso caballero de la ciudad. Se las conocía por su nombre propio y no por el de doña. No podían elegir ni ser elegidas para los cargos de importancia en el gobierno del monasterio. Estaban excluidas nominalmente del canto del coro y se ocupaban de las tareas propias de las amas de llaves. Con frecuencia eran jardineras, enfermeras, panaderas, celadoras, supervisoras de cocina y de lavandería o compradoras, que asistían a los diferentes oficios del monasterio y actuaban como directoras de criadas y esclavas. Habitaban las celdas de las monjas de velo negro o las comunitarias, o tenían sus propias celdas. En sentido canónico eran monjas, ya que estaban sujetas por sus votos a las reglas del monasterio; la diferencia con las de velo negro era más social y económica que legal y canónica.

La descripción de cualquier monasterio sería incompleta si no mencionáramos a las criadas y esclavas que habitaban en su interior. Algunas esclavas y criadas habían ingresado al monasterio junto con sus propietarias. Para cientos de mujeres pobres, que buscaban refugio y alimentación a cambio de sus servicios, el monasterio era una magnífica opción. En el interior del grupo de esclavas había diferencias, algunas eran propiedad del convento en tanto que otras trabajaban y pertenecían a las monjas de velo negro. Estas últimas formaban una clase aparte, con más prestigio y socialmente superior al resto. Vivían en las celdas de sus amas, no estaban sujetas a las supervisoras ni a las duras y cotidianas tareas en el monasterio.

Obispo Juan Bautista Cervera4.- El Obispo Juan Bautista Cervera y la Dote de Clara de San José Rojo

En la ciudad de Canaria a catorce de enero de 1774, estando en su Palacio Episcopal ante mí el Escribano Público, el Ilustrísimo Señor Don Fray Juan Bautista Cervera del Consejo de Su Majestad Dignísimo Obispo de esta Diócesis, de cuyo conocimiento doy fe, dijo que habiendo entrado en el Monasterio de San Bernardino de Sena, orden de Santa Clara de esta ciudad Doña Clara de San José Rojo hija legítima de don José Rojo, y de doña Juana Vásquez de esta propia vecindad con el deliberado ánimo de profesar de velo negro, cuyos deseos no se pueden conseguir por faltarles, como les faltan a los insinuados sus padres, los medios para su contribución de la Dote, motivo porque su Ilustrísima llevado del amor de un padre que desea ansioso el momento de sus hijos así en lo espiritual, como en lo temporal ha venido en dar y pagar a dicho Monasterio 800 ducados por la referida Dote, pero no siéndole posible a su Ilustrísima el ejecutado de presente, comunico con la Reverenda Madre Abadesa y demás madres de Consulta del citado Monasterio esta pía intención, quienes se han conformado en que satisfaciendo su ilustrísima en el término de cuatro años la mencionada cantidad de 800 ducados, darán la profesión de Velo negro a la ya citada Doña Clara de San José Rojo, y para que ésta se consiga poniéndolo en ejecución: Por el presente, y su tenor otorga que se obliga a dar y pagar, y con efecto dará su Ilustrísima, y pagará a la Reverenda Madre Abadesa que de presente es, y en adelante fuese, y demás madres del enunciado Monasterio de las rentas de su Mitra los dichos 800 ducados de a 11 reales de vellón de estas islas en dinero de contado por la mencionada Dote de la referida Doña Clara de San José.

A cuyo cumplimiento se obliga en la mas bastante forma que por Derecho deba ser obligado con poder y a su Santidad y su Nuncio Delegado para que en caso de faltarse a lo aquí estipulado se haga guardar como sentencia pasada en cosa juzgada, con renunciación de las leyes que en este caso favorecen a su Ilustrísima y así lo dijo otorgó y firmó siendo testigos Don Juan Bautista Cervera y Don Rodrigo Raymon. Firma Antonio Miguel del Castillo.

5.- Conclusión

El objetivo fundamental de la escritura notarial es actualizar la decisión de una mujer cuyo único interés consiste en ingresar en una comunidad religiosa como novicia o religiosa, es decir, tomando los votos definitivos; pero nos gustaría indagar aún más en este plano y poder llegar a conocer los deseos ocultos que aquélla siente a la hora de adoptar tal determinación. La vocación debe ser factor importante, qué duda cabe; pero también debe contar la búsqueda de soledad; aislamiento, quién sabe si “provocado” por causas inconfesadas e inconfesables que llevan a pensar en el claustro como forma de pagar honor particular u honra familiar mancillados; seguridad, máxime en una sociedad donde la mujer tenía tan pocas posibilidades y oportunidades de realización personal; e incluso, y en definitiva, de protección, sobre todo conociendo los peligrosos escollos que de continuo ofrece el mundo y deseando huir de su vana presunción y dedicarse con toda libertad a servir a Dios.


Notas:
1.- AHPLP. Serie. Protocolos Notariales. Legajo. 1837. Año. 1774.
2.-Pérez Herrero, Enrique. Notas para la Historia del Convento de San Bernardino de Sena, orden de Santa Clara de Las Palmas. ULPGC. 2003.
3.- Pérez Goibovich, Pedro. Elecciones en los monasterios de monjas de Lima colonial. Pontificia Universidad Católica del Perú. 2003
4.- Alemán Ruiz, Esteban. Inicios de la clausura femenina en Canarias. ULPGC. 1998.
5.- Cartuja de Miraflores. Revista Diálogos en la Cartuja. 2012.

 

Actualizado el Martes, 24 Noviembre 2020 08:44 horas.

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