Muerte en una noche de otoño

Retrato de un detenidoEn Arucas, los únicos lugares de entretenimiento, después de una larga jornada de trabajo, eran los cafetines y bares, lugares de encuentro, distracción y copeteo.

Es en uno de estos bares, y en concreto el bar de don Antonio González Hernández, donde se desarrolla la siguiente historia que marcó a dos familias de Arucas de por vida.

Eran las once de la noche del sábado 2 de diciembre de 1933. En el mencionado establecimiento se encontraban los vecinos Manuel Rodríguez Déniz y Antonio Henríquez Henríquez participando en una partida de dados a la vez que tomaban copas de ron.

Pues bien, entre la emoción del juego y efectos del ron, se suscitó una discusión violenta (según el dueño del bar, Antonio Henríquez había tocado un hombro a Manuel Rodríguez contestándole éste que si volvía a tocarle mientras tiraba los dados le daría una bofetada). Después de esto el dueño del bar los invitó a marcharse del local.

Manuel Rodríguez era un hombre que acostumbraba a beber y se ponía majadero, pero sin llegar a la agresión. Sólo fue detenido una vez por la Guardia Municipal de Arucas por cantar y tocar la guitarra a altas horas de la madrugada.

En cambio, Antonio Henríquez era un vecino considerado en Arucas como pendenciero y provocativo cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol, aunque no era temible, pues casi todos le vencían en las riñas.

Ya fuera del local y en la misma acera, Antonio Henríquez dirigía insultos hacia Manuel, pero éste no le hacía caso. Antonio seguiría dando batalla hasta que Manuel, fuera de sí, extrajo violentamente de la cintura un cuchillo canario propinando a su vecino Antonio una brutal puñalada, partiéndole una costilla y dañando por completo un pulmón, provocándole una intensa hemorragia.

Antonio Henríquez caminaría aún unos metros más hasta caer al suelo, ya muerto a consecuencia de la fatal herida.

La noticia correría como la pólvora por todo Arucas, pequeño pueblo donde se conocen todos sus habitantes, aún en sus costumbres más íntimas.

La víctima era empleado de la empresa encargada del suministro de agua de abasto de Arucas. Tenía 30 años, era casado y con tres hijos; el tercero sólo contaba con quince días de nacido.

El homicida Manuel Rodríguez Déniz contaba también con 30 años, casado, 4 hijos y de profesión albañil.

La desgracia había caído en las dos familias que casualmente vivían en la misma calle, lindando la vivienda del fallecido con la de su homicida.

Los primeros en hacer acto de presencia en el lugar de los hechos fueron la Guardia Municipal con su inspector al frente llamado Ramón Pie Mora dando aviso al Juez Municipal Alfredo Martín.

El cadáver fue examinado por el médico Anastasio Escudero trasladando luego el cuerpo del infortunado al depósito del cementerio municipal de Arucas.

El Juez de Arucas, señor Martín dio órdenes de detener a Manuel Rodríguez, personándose en el domicilio del homicida dos guardias municipales, no pudiendo detenerlo por no encontrarse según éstos en el domicilio.

Al llegarle la noticia del suceso al teniente de la Guardia Civil, Víctor Martín Fernández, decidió éste trasladarse al lugar de los hechos con una pareja de la benemérita solicitando del Juez un registro del domicilio de Manuel Rodríguez.

CÓDIGO PENAL DE 1932Al llegar la Guardia Civil, la calle donde vivía el homicida estaba llena de vecinos esperando a que Manuel se entregara. Los Guardias entraron. Después de unos minutos de silencio se oyó la voz de uno de los Guardias Civiles: ¡No te muevas. Pon las manos en alto!

Manuel estaba oculto en un rincón del establo, encogido, tembloroso de los nervios y apenas balbuceaba.

El Juez, después de tomarle declaración, decretó su ingreso en prisión.

Una vez en la cárcel a Manuel se le volvió a preguntar por los hechos: ¿Había habido algún disgusto entre usted y Antonio?

Nunca. Nuestras relaciones eran cordiales.

¿Hubo alguna rencilla familiar?

No. Vivíamos puerta con puerta y la esposa de Antonio y la mía son buenas amigas.

¿Entonces, (le insistían) por qué ocurrió el crimen?

Yo mismo no lo sé. Sólo me acuerdo que estábamos juntos jugando a los dados. No recuerdo como le ataqué ni si él fue quien me atacó a mí.

¿Usaba usted siempre el cuchillo?

Casi nunca. Lo tenía en mi casa, pues lo necesitaba para algunas labores y de vez en cuando lo usaba. Anoche fue mera casualidad que lo llevase conmigo.

El Juez de Instrucción llamaría a declarar al dueño del bar Antonio González Hernández, ya que le había llegado un informe sobre dicho señor donde no estaba claro el inicio de la pelea siendo posible que el dueño del bar provocara a pelear a Antonio y Manuel.

Declaraciones recogidas entre algunos vecinos de Arucas corroboraban que el propietario del bar era muy amigo de incitar a pelear a los que, por estar bebidos, estaban predispuestos a ser víctimas de su mala fe.

Antonio González Hernández, mientras, se mostraba nervioso, temiendo que se descubriera la verdad. Ésta es, que él fue quién incitó a la víctima y al homicida a pelear y por lo tanto sería acusado de inducción a un delito, en este caso de un homicidio.

Domingo Henríquez, hermano de la víctima, creía que de no haber existido la provocación, por parte del propietario del bar, el crimen no se hubiese cometido.

El Jurado dio un veredicto de culpabilidad abriéndose el juicio de Derecho, concediéndose la palabra al Ministerio Fiscal, que entiende que de las contestaciones dadas por los Jurados a las preguntas del veredicto, se deduce que el procesado es autor de un delito de homicidio previsto en el artículo 411 del Código penal vigente, concurriendo a su favor la eximente primera del artículo octavo que decía: “Están exentos de responsabilidad criminal: 1.º El enajenado y el que se halle en situación de trastorno mental transitorio, a no ser que éste haya sido buscado de propósito. Para que la embriaguez perdone de responsabilidad ha de ser plena y fortuita”. Por ello se solicitó su absolución a lo que se sumó la defensa.

Sentencia: El Tribunal de Derecho dictó sentencia absolviendo libremente al procesado del delito del cual se le acusaba en la causa, y declarando de oficio las costas procesales.

El Código penal de 1932 que fue el que se aplicó en este caso se caracterizó por la consagración de una serie de principios humanitarios, tipificando por ejemplo la sordomudez como eximente, ampliando el estado de necesidad o suspendiendo la pena de muerte (existía una excepción para los delitos con explosivos, para los que sí se reconoció más tarde).

Actualizado el Martes, 20 Abril 2021 09:58 horas.

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