LA BRISA DE LA BAHÍA (66): Tomasito y José Almeida

TomasitoAlmeida

Allá por los años en que reinaba Alfonso XIII, "Los Dolores" era una hermosa, fértil y verde finca, que desde las primeras medianías de la isla alcanzaba la costa norteña sin perder altura. Realmente parecía un edén. Su vasta extensión, con un redondo estanque que cubría todas sus necesidades, atendida estaba por un ejército de trabajadores. La feraz tierra producía todo lo que se plantaba, principalmente, plátanos, verduras y uvas, del que se obtenía un delicioso y aromático vino en el propio lagar de la propiedad que ya nadie recuerda. Esta dorada época, con todo su sabor, resistió hasta finales de los años cincuenta del pasado siglo. En la posguerra, Mariquita Almeida, mujer del capataz, se encargó de que al menos sus trabajadores pudieran paliar el hambre y el de sus hijos: repartió racimos, verduras, papas, coles... ¡una infinidad de veces! 

Ahora todo ha cambiado. La tierra ha perdido todo su poder de engendrar; se ha secado. Secos se encuentran el estanque y el lagar.

Hacia allí me dirigí con dos hermanos de Mariquita: Tomasito, de noventa y cuatro años, y José, de setenta y cuatro, creo recordar que a mediados de los años ochenta, rondando el buen tiempo. Los llevé en el SEAT 600 de mi hermana: así que en tan corto espacio había vida repartida en más de un siglo. Habían transcurrido dos largos veranos desde que se habían visto por última vez, me dijeron en el trayecto de ida y de expectación filial. Cuando llegamos, en el porche, y bajo una sombra deliciosa, dos viejos sillones de mimbre aguardaban a Mariquita y a su vieja y soltera vecina, nunca supe su nombre, para rezar juntas el santo rosario en las cálidas tardes del verano norteño, levemente turbado por el vientecillo marino de Quintanilla, que subía por el barranco. Encima de la puerta, una fecha: 1924.

Tocamos. Esperamos. Volvimos a tocar.

Tomasito se quitó el sombrero negro que siempre lo acompañaba y al rato abrió Mariquita. Al comprobar la agradable y milagrosa visita rompió a llorar entre besos y abrazos. Tomasito y José no pudieron retener aquellas lágrimas de alegría. Los tres, abrazados, caminaban lentamente por el ancho corredor. Dentro, el ambiente de la casa trasladaba, como si una invitación fuera, al pasado. Todo pertenecía a otra época, a otro momento, a otro tiempo. La casa, bien cuidada, limpita; de la pared colgaban unos viejos cuadros de tonos suaves y otoñales, acaso un tanto descoloridos. Los cojines nuevos servían de contrapunto moderno a los destartalados sillones de la galería, que se hallaba repleta de plantas cargadas de vida y que, de paso, escondían pequeñas humedades. Y allí comenzaron los tres hermanos a jugar con el tiempo, mientras llegaba el café vespertino, con los recuerdos, con la nostalgia, con los ¿te acuerdas?...

Y entonces comprendí, en Los Dolores, que cada uno ocupa temporalmente un lugar, un espacio, unos amigos, una familia, un efímero momento. Hasta ese instante ni siquiera había sido consciente.

Juan FERRERA GIL


 

Actualizado el Lunes, 21 Marzo 2022 00:45 horas.

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