LA BRISA DE LA BAHÍA (71). Sombras chinescas


Tenían su origen las sombras chinescas de mis infantiles años en la tenue luz que proyectaba el único bombillo de la zapatería del Terrero.


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Atravesaba la oscura calle la luz que salía de la zapatería y tropezaba en el blanco muro de enfrente: meta final de su breve trayecto. En ese corto recorrido se establecía la frontera. Allí, convertida esa pared en la lona de un cine mudo y gratuito, improvisábamos sombras, los niños que fuimos, con nuestros pequeños perfiles y ágiles manos que se movían en gestos sorprendentes y teatrales: jugábamos a crear. Era tanta la inocente imaginación que desbordábamos en aquella pantalla inmaculada que en la mortecina y débil noche renacía como un cine de sombras, cuyos protagonistas dibujaban la perfección interpretativa. Debía de haber, seguramente, poca iluminación en la calle porque, hasta que la zapatería cerraba, aquel viejo y anémico bombillo de los hermanos Paquito y Gracilianito, antes los diminutivos se utilizaban para indicar respeto y consideración, servía de ayuda a los transeúntes que regresaban tardíamente de sus distintos quehaceres. En aquellos remotos y perdidos años, que transitan, agazapados, en la oscuridad de la memoria, vivíamos y sentíamos la calle como una estancia más de la casa y, consecuentemente, como si un enorme parque de juegos constante fuera: un bien común en toda regla.

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Gracias a Suso Falcón Olivares, que es una especie de volcán de remembranzas y anécdotas, supe de los zapateros. “Allí se reunían cada tarde Juanito, el pata chica, Panchito, el tranca, Agustín Quevedo, Luis Ferrera, el de los dulces, y otros tantos que daban cuenta de los aconteceres diarios.” Eso me indicó Suso, que evocaba perfectamente el negocio, una mañana de marzo al ladito mismo del Ayuntamiento; solo fuimos interrumpidos por una llamada telefónica. Y el otro día, junto con su hermano Paco, completaron nuevamente, a través de otras lejanas visiones, el panorama tertuliano de entonces perdido en las orillas del tiempo, donde la luz de carburo, primero, y, después, la bombilla eléctrica simbolizaban el reflejo de unos instantes ya desvanecidos. Suso y Paco dieron fe de diversos relatos mientras sus miradas parecían detenidas en un lugar inalcanzable que solo a ellos pertenecía.

Y está bien eso de hablar, aunque solo sea de vez en cuando, con las personas que continuamente saludamos al pasear por el pueblo. Así descubrimos, mejor, confirmamos, que cada uno es hijo de su tiempo y que éste es una especie de entelequia que adquiere diversas formas y matices como si encerrado estuviera en el lienzo del artista o en la partitura del músico.

Juan FERRERA GIL


 

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