LA BRISA DE LA BAHÍA (73). Crónica del tiempo (II)

73. Crónica1

Cuando se proclamó al Primer Presidente de la III República, España vivía tiempos tranquilos en aquel año del Señor, diciembre de 2029. La pandemia estaba vacunada y controlada y la población obedecía ciegamente cualquier “deposición” del gobierno, ya fuera nacional, autonómico, insular o local. Si algo había traído el dichoso Corona-virus había sido la pérdida absoluta de criterio y de sana crítica ante la autoridad, competente o no. Cuando hubo que cerrar las escuelas e institutos por segunda vez, debido a la virulencia desaforada de la enésima ola pandémica, aquellos escolares no pudieron desprenderse del móvil, en realidad, nunca lo habían hecho, al que idolatraban como un nuevo becerro de oro. Todas sus vidas transcurrían a través de él y las sempiternas pizarras de los institutos y colegios pasaron a mejor vida, al tiempo que las comidas ultraprocesadas y ultrarrápidas entraban en un agosto festivo continuo. Esa generación perdida, Generación Coronada (GC), así se la denominó en los ambientes periodísticos, donde la expresión hizo fortuna, emprendió el camino de la pérdida total de criterio generalizado y al encumbramiento definitivo, entre otros, de Miguel Bosé “y” Iker Jiménez, que también candidatos fueron a la presidencia republicana.

Pero no todo se perdió. 

Por aquel entonces, Arucas seguía sin Mercado Municipal, (¡30 años ya!), ni Auditorio en condiciones, (¡30 años ya!), ni Hotel-Escuela Rural en el centro histórico (¡30 años ya!). La circunvalación del Norte, a su paso por Bañaderos, seguía sin concretarse y, por fin, la de La Aldea había entrado en funcionamiento. La UD Las Palmas, desde que su presidente fuera encarcelado junto al del C.D. Tenerife (ya se sabe: islas hermanadas), militaba en Tercera Regional y solo el Tamaraceite FC, con los colores patrios de las chuflillas de las plataneras, encumbrado sentíase y nos regalaba alguna que otra alegría, “odgullo y satisfacció” en Segunda B. 

Pero volvamos a las elecciones. Es cierto que no todo se esfumó. Cuando el secretario general del Colectivo Independiente (CI) presentó su candidatura, nadie daba un duro por él. Francisco José de Gutiérrez Santana, de profesión mecánico-informático especializado en recicladoras de oficinas bancarias, popularmente conocido por Pacogut, de padre confitero-pastelero y de madre “que cosía pá la calle con el Sistema Amador”, no solo desprendía el aire de los viejos conquistadores patrios sino que su palabrerío ofrecía muestras claras del valor de lo auténtico y sincero. Todos conocían a su pareja, tan discreto y tan cauto; sin embargo, la sociedad española ya no le daba ninguna importancia: la vida personal no se tocaba ni se cuestionaba. Y nada más. Y nada menos. Cuando le preguntaban sobre sus intimidades, él siempre respondía lo mismo:

--- ¡Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo!

¡Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatros angelitos que me la guardan!

Y, así, sorprendentemente, resultó elegido porque sus contrincantes encorsetados no salían de los clásicos argumentarios “salva-patrióticos” de partidos venidos a menos: “más de lo mismo y tú más”.

Fue Francisco José de Gutiérrez Santana no solo un presidente atípico y épico sino que a sus cincuenta años se convirtió en un agradable descubrimiento para el país y para toda Europa, que por aquellos años mandaba mucho. Se rodeó de gente válida en el terreno científico y en el cultural-económico, donde podía actuar con más ahínco a raíz de la última reforma de la Constitución, que ya iba por su cuarta revisión. Eso sí: revisión para crecer y adaptarse a los nuevos tiempos. Poco a poco su nombre se escondió bajo la denominación de Señor Presidente y, a partir de entonces, cuando tomó posesión del cargo en enero de 2030, todo el mundo olvidó su nombre de pila bautismal.

La primera visita institucional, que realizaría meses después, consistió en disfrutar de La Danza de los Enanos en la isla canaria de La Palma. Y se empeñó en promocionar el acervo cultural-religioso-folklórico de las Islas Canarias con el fin de protegerlo, primero, y promocionarlo, después, pues el turismo continuaba siendo el monocultivo por excelencia del archipiélago. El otro monocultivo impertérrito se mantenía: las sempiternas subvenciones que la Comunidad Europea repartía en su enorme bondad, tan llena de sacrificio. Por aquel entonces, Veneguera se había convertido en parque temático, y la zona de Teno, en Tenerife, había sucumbido a los parques acuáticos que los incansables turistas europeos visitaban con desmedida frecuencia: les encantaban los delfines con sus permanentes sonrisas. Por unos años, España volvió a parecerse a España: tranquila y alegre en las terrazas de los chiringuitos playeros. Y cuando las murgas carnavaleras alcanzaron la velocidad de crucero, con el mismo “desafine de siempre” que en las carnestolendas precedentes, se inició una etapa donde el principal problema devino en la falta de lluvia. Se sabía que el cambio climático había tocado fondo cinco años antes, pero gracias a la ayuda de los divinos santos y de las inmaculadas vírgenes, Canarias parecía aguantar el tsunami climático. Lo de Chira-Soria se convirtió en “un frigorífico”, según palabras de mi suegra.

Presidió la República Española durante diez años Francisco José de Gutiérrez Santana y, al cumplir los sesenta, presentose al Premio Planeta, primero, y, después, al Club de Lectura “Almogarén” de la capital grancanaria, al tiempo que su colaboración en Infonortedigital se afianzaba agradablemente. En este medio se prodigaba con sus certeros análisis de la actualidad nacional e internacional mientras desempolvaba las miserias del poder, de las que daremos fe más adelante, si Dios quiere.

Amén.

Con la subida del Tamaraceite FC a Segunda División A, Gran Canaria consolidó su autoestima y dejó atrás el caos en beneficio de un juego límpido, sereno, táctico, colaboracionista y solidario, que evitó que los resultados se convirtieran en escándalos balompédicos sin futuro, como si imitara un atasco más de la Metroguagua. Toda la sociedad isleña acogió con cariño y entusiasmo las continuas visitas del Señor Presidente, que, de paso, había encumbrado a todo el archipiélago a las más altas cotas de progreso y libertad: todo lo de Ultramar se puso de moda; incluso los peninsulares desterraron, por fin, la idea secular de que “vivíamos con taparrabos”. Pero ese es un relato del que hablaremos, también, en otro momento y que publicaremos en novedosos fascículos impresos a todo color por un módico precio; por supuesto, las páginas centrales seguirán siendo ocupadas por bellas señoritas en paños menores o sin ellos: que de todo tiene que haber.

Creo que “Amén” va aquí, ¿no?

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