LA BRISA DE LA BAHÍA (74). Crónica del tiempo (y III)

74. Crónica3

Cuando el ferroviario canario, Pepe, el de Fela, dijo aquello de “¡viajeros, al tren!”, las autoridades locales, entusiasmadas, ya en el segundo vagón, mostraban su natural alegría en la travesía hasta Gáldar, donde el alcalde y el pueblo entero esperaban con animosa ansiedad calculada el progreso en aquel traje de hierro negro y humo blanco.

Corría el año 1910 cuando el primer tren de Gran Canaria, un 24 de junio, arrancó, en viaje inaugural, desde Las Palmas capital hasta la Ciudad de los Guanartemes, y con claros deseos de finalizar su aventura comercial en Agaete. Todo el norte lucía, desde hacía décadas, una agricultura feraz hasta la misma orilla del mar, que prolongaba la existencia de la isla mucho más allá de su frontera natural. A medio camino, Arucas representaba la primera de las distintas paradas de aquella locomotora inglesa, mayormente de carga, que iniciaba su andadura por el pujante norte isleño. Por primera y única vez en la isla, todas las autoridades y las empresas más solventes de aquel tiempo, ubicadas en el entorno del incipiente Puerto de la Luz, unieron sus fuerzas y sus dineros para impulsar la economía isleña. La idea del tren había partido de la colonia británica, afincada en Ciudad Jardín, que asentaba sus negocios en el muelle de Santa Catalina; inmediatamente el alcalde capitalino la hizo suya y convenció a otros colegas y empresarios norteños del sector agrícola; pero la libra esterlina del Club Británico era quien marcaba la pauta, los tiempos y los intereses. Nunca la metrópoli había apostado por el verdadero desarrollo de la isla: cuando los ingleses se mueven, los peninsulares se tiran manos a la cabeza.

El viaje, como han de suponer, supuso todo un acontecimiento no solo para el norte, sino para la isla entera, que parecía vibrar al socaire de aquel amasijo de hierros ruidosos. Los terratenientes, encantados como si estrenaran un juguete nuevo, atusaban sus espléndidos bigotes antes de saludar: aquel medio de locomoción desarrollaría aún más el norte agrícola: el progreso estaba asegurado y el futuro se adivinaba muy prometedor. Sus mujeres, en cambio, en segundo plano, traían y llevaban miradas cómplices en las que guardaban lo que se esperaba de ellas en aquellos momentos tan trascendentales, sobre todo, para sus maridos. Sin embargo, el grupo formado por la Asociación de Mujeres Liberales dejó su impronta en la sociedad de varones de entonces: lograron que su primer comunicado se publicara en LA GACETA, del que hablaremos en otro momento.

La Plaza de Gáldar, engalanada para la ocasión, se ofrecía tan resplandeciente como el límpido cielo de aquel día verdaderamente histórico. Las campanas de la iglesia no dejaban de repicar y los voladores, con sus intermitentes golpetazos lanzados desde la azotea del Casino, recordaban que la Historia se escribe con ruido, bullicio y alegría. La que se presumía como futura calle principal y larga, engalanada con arcos de bienvenida, ligeramente humedecida se encontraba para aliviar el polvo del camino; todavía el asfalto era una quimera y aún no había llegado el tiempo de los adoquines aruquenses. Cuentan las crónicas que “el siglo XX no ha hecho más que empezar con el progreso de las comunicaciones. Bien es verdad que vivimos rescoldos de tiempos de epidemias y dolencias, pero estamos seguros de que tarde o temprano pasarán y que este tren que se ha inaugurado hoy, 24 de junio de 1910, marca el camino de un futuro esperanzador. No solo han de mejorar las condiciones médicas y de salubridad de la población en general, sino que el desarrollo debe ser imparable y armonioso con todos. Y este primer paso que hemos dado sentará las bases del futuro esplendor de nuestra agricultura, que en los Puertos Canarios de Londres tienen su meta”.

Así se expresaba Agapito Pintado de Mendoza, a la sazón, fundador y director de LA GACETA, periódico que, junto con la puesta en marcha del tren, conoció un respetable aumento de lectores y anunciantes, además de sumar su presencia casi permanente en los Casinos y Sociedades de los distintos pueblos del norte grancanario. La burguesía agrícola miraba aquellos papeles impresos con el rabillo del ojo, pues, en ocasiones, sus editoriales tiraban más bien en la defensa del proletariado y sus alocadas y pretenciosas subidas de salario.

Pero aquel día fue memorable. Y los cronistas de los distintos pueblos y villas se convirtieron en el perfecto altavoz de toda la isla, donde la unidad de acción había superado, por primera vez, la visión partidista y fragmentada de una sociedad que pretendía mirar hacia adelante.

Un día histórico, sí, entre pantalanes y embarcaderos asignados a las empresas británicas.

Juan FERRERA GIL


 

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