LA BRISA DE LA BAHÍA (76). Palabras al vuelo


Intentar agarrar las palabras al vuelo de los otros solo confirma que la soledad, y sus distintos momentos espaciados a lo largo del día, camina a nuestro lado.


76. Palabras

Algunos de los paseantes, con los que nos tropezamos casi a diario, suelen ir acompañados siempre por el móvil (una extremidad más del cuerpo humano) y, al hablar tan alto, sucede que esas palabras al vuelo llegan a nuestros oídos como barcas que arribaran a un nuevo y desconocido puerto. Antes, cuando no nos quedaba más remedio que utilizar el teléfono de la calle, entrábamos en una cabina que servía para proteger la conversación y sentir la intimidad. Luego redujeron su tamaño y se convirtieron en más funcionales y modernas. Ahora, con esta tecnología tan desbocada que nos invade, prácticamente han desaparecido. Y si alguna cabina queda por ahí, casi perdida, lo más probable es que ni funcione. 

Los paseantes que salen a nuestro encuentro van hablando, o bien, por el móvil, a veces en su modalidad de manos libres, o bien, con sus mascotas, a las que suelen tratar lo más humanamente posible, sin percatarse del todo de que la realidad perruna abarca un mundo tan distinto que ni siquiera somos capaces de apreciar. En cualquier caso, las palabras al vuelo que hemos ido pillando en nuestro caminar, pausado y debidamente diagnosticado, alcanzan casi todas las variantes expresivas, aunque tememos que todavía quedan algunas más por descubrir: nos sentimos rodeados de muchos mundos diferentes.

Ya ni siquiera sabemos quiénes fueron los ocasionales protagonistas, pero, al rescatar estas palabras al vuelo, hemos verificado que la soledad, en estos tiempos asirocados y raros, ha venido para quedarse y para dejar constancia fehaciente de que la comunicación es un valor, una cualidad inherente al ser humano, que, además, siente la imperiosa necesidad de sentirse escuchado: característica que podemos observar diariamente a poco que prestemos atención cuando atravesamos las calles. Percibir esas realidades viene a significar algo así como el ferviente deseo de combatir el silencio y el aislamiento y, también, a quienes nos gusta entretenernos con hilvanar palabras, que podamos imaginar que la vecindad más próxima es una fuente inagotable de personajes con características perfectamente definidas.

Es evidente que la muestra que aquí ofrecemos no tiene carácter ni valor científico alguno; ni lo pretendemos, faltaría más: solo es un sencillo panorama de gente corriente que vive, ama y siente que sus palabras son tan importantes como las de cualquier vecino. Y su móvil. Y su mascota. Estos son algunos ejemplos:

*Un señor con una muleta avanza despacio delante de la fábrica de Galletas Bandama una mañana de mayo, gris y asustadiza. Una pareja, en sentido contrario, se para y lo saluda. Hablan. Ella le entrega un billete e insiste:

--- ¡¡No, no!! Cógelo y cómprate al menos unos yogures… Cuando me haga falta te lo pido.

El señor de la muleta muestra sincero agradecimiento al mismo tiempo que miraba el billete, como descubriendo el valor de la vecindad.

**Un joven, en la Avenida de Los Charcones, acompañado de otros familiares, llama a su perro, que se mueve alegremente:

--- ¡¡¡Alexis, ven aquí!!! ¡¡Oye!! ¡¡ Vamos!! ¡¡Ven!! ¡¡Busca a abuela, corre!! ¡¡Corre!! 

***Una mujer pasea, en plena calle peatonal, y habla, muy alto, por el móvil:

--- Ya verás cómo le quitan el dinero. Yo se lo dije a María del Mar: María del Mar, conmigo no cuentes, yo no quiero saber nada de eso.

****Una pareja camina muy despacio por la Avenida del Puertillo, donde el mar saluda con pachorra isleña, y parece que son conscientes del momento. Al pasar a su lado, ella comenta:

--- Se lo dije: si no dejas el alcohol y las drogas, nadie te llamará. ¡¡Ni del paro!!

*****Dos personas sentadas en el quicio de la puerta de un comercio, cerrado por festivo:

--- Y me dijo: yo me he estado enterando de cosas tuyas.

Y yo le dije:

--- ¿De qué te has enterado tú? ¡A ver!…

****** Un señor pasea con su perro, en el mismísimo Paralelo 38, a medio camino entre Bañaderos y El Puertillo, y alerta a la dueña de otro, que camina en sentido contrario, que será mejor que no se acerque, que el suyo tiene malas pulgas (ambos perros son pequeños):

--- ¡¡Tú ves cómo no puedes tener amigos!! ¡Fuerte bicho éste!--- dijo, mientras trataba de que el animalito no se tirara al contrario, mucho más manso.

Como comprobarán, inteligentes lectores, estas palabras al vuelo no tienen más que el valor que para sus protagonistas representa. Y lo más probable es que resulten fundamentales en sus existencias. Ya saben que no pretendemos sentar cátedra ni mantener verdades insuperables, maravillosas y sublimes. Solo constatamos unos hechos cotidianos.

Eso sí: nos atrevemos a señalar que las palabras al vuelo tienen su poder, su significación y su valor. Que no es poco.

Y, en acabando este artículo, leo en BABELIA lo que dice el filósofo y profesor Emilio Lledó: “el ser humano necesita de los otros”.

Pues eso. Ahí lo dejo.

Juan FERRERA GIL


 

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