LA BRISA DE LA BAHÍA (81). “Mil doscientos pasos”, de Juan Cruz Ruiz

81. Mil 1a

Acabo de leer una novela que me ha paralizado durante los días en que estuve atrapado en su argumento. Este nuevo relato de Juan Cruz Ruiz, Mil doscientos pasos, Alfaguara, Madrid, 2022, no solo me ha dejado traspuesto sino que, además, es una de las opciones literarias que más me atraen: me refiero a su forma de contar tan cercana y, aparentemente, tan fácil. Quizás por eso me he zampado sus doscientas páginas en apenas tres días: no podía dejar de leer. Y, ahora, en el momento en que escribo este artículo, la novela bulle en mi cabeza y sus personajes dan vueltas alrededor, señal clara de que lo leído se ha convertido en otra faceta vital de este empedernido lector.

Juan Cruz Ruiz, al que sigo desde hace mucho tiempo, siempre logra sorprenderme. Enganchado estoy a sus artículos dominicales en LA PROVINCIA, como antes estuve, durante muchos años, a aquellos que escribía en EL PAÍS. Y esta última novela, este hombre no para, siempre anotando ideas en su penúltimo cuaderno, me ha disparado la memoria: su lenguaje, claro y preciso, y su estilo, que parece no costarle escribir, han servido para que, en los descansos lectores, la mirada se perdiera en los celajes que detrás de mi casa tropiezan con el Lomo Jurgón, elevado como la consciencia y donde el ser omnisciente parece haber encontrado su sitio. 

El regreso del protagonista al pueblo donde nació y vivió es la excusa para echar la mirada atrás y devolver al presente a los amigos que fueron, a los familiares que ya no están y al modo de vida en blanco y negro de una dictadura, que velaba eternamente encendida en El Pardo, que aguantaba su existencia imponiendo no solo la fuerza bruta sino, además, el miedo que adquiría “el tono bajo” de los asuntos verdaderamente importantes. El leguaje de Juan Cruz es lo que más me ha gustado: su manera de relatar esta historia, donde también juega con otros divertimentos literarios, viene a confirmar que es un apasionado de la Cultura y de la Lectura. Posiblemente lo que siempre ha estado practicando, y practica, este periodista metido a escritor: en ambas facetas se mueve como pez en el agua y sabe recorrer perfectamente los barrancos por donde pasa, los caminos que pisa y las huellas de los que le hablan. Aunque él no lo sepa; bueno, quizás lo intuye, cuenta con un ejército de lectores callados y atentos que no pueden vivir sin sus sabrosas opiniones ni sin sus ensayos y novelas. Se ha convertido Juan Cruz Ruiz en un familiar más que cada domingo viene a visitarnos: se da una vuelta por la casa, saluda, conversa y, después de tomar café, sale disparado con su cuaderno en la mano anotando sin parar nuevas ideas que, quizás, en algún momento posterior, tomen carta de naturaleza en las siempre cálidas páginas de un nuevo libro.

Juan Cruz Ruiz desmenuza una mirada, un gesto, una pasión, al mismo tiempo que los personajes que al lado del protagonista caminan adquieren paulatinamente la forma de ser de cada uno, que, necesariamente, casi nunca es la mejor de las posibles: se instalan plenamente en nuestra memoria a través, también, de sus defectos y carencias. No crea el autor un lugar perfecto y edulcorado en el recuerdo. Parece que éste es tan real como verdadero fue y, así, su mundo crece y se forja a través de la mirada del protagonista, el único sin nombre en la novela y que, convertido en narrador, bien pudiera referirse al propio autor. Aunque esto, la verdad, suena a manía de lector ávido que se empeña en buscar y encontrar en cada relato sucesos autobiográficos que nos marquen la personalidad del escritor. A lo mejor todo se reduce a un inteligente juego de miradas y recuerdos de una etapa: sabemos que la realidad literaria puede ser cualquier cosa menos verídica.

Es agradecido Juan Cruz Ruiz. Por eso su dedicatoria en esta novela deja entrever la sinceridad de su escritura: siempre ha admirado a “los maestros” que en su vida han sido. Entiéndase “maestros” no solo en el sentido académico, que también, sino en el vital, en el más cercano: aquellos “maestros” de la vecindad y de un tiempo que ha quedado suspendido en el recuerdo. Porque esta es una novela de recuerdos, de miradas que han desaparecido y que siempre rondan en nuestro diario caminar. Los personajes, adolescentes o no, cumplen su función precisa y logran, además, que la novela avance debidamente por donde el avezado escritor desea. Lo que ocurre es que a este lector el camino emprendido por quien ha escrito en silencio viene a ser algo así como el recorrido perfecto para el acompañamiento. Como decía el que fuera sepulturero de mi pueblo, Domingo, antes de dar por finalizado el entierro: “de parte de los familiares, muchas gracias a todos por el acompañamiento”. Pero, en esta feliz ocasión, “este acompañamiento novelesco” es de vida grata que habla de un tiempo feliz a pesar de los infortunios del momento. El humor que sale de algunas páginas no solo provoca la carcajada más sonora sino que, además, es una manera de luchar contra la adversidad al mismo tiempo que las palabras se van asentando en esta pandilla de adolescentes. Una mirada hacia el siglo XX que se agradece, porque supone que la nostalgia ocupa su verdadero lugar sin llegar a estropear el momento presente. Y eso, la verdad, tiene su valor y dice mucho de la capacidad del escritor.

No sabría explicar por qué razón me ha emocionado tanto esta novela. Quizás sea por la lentitud de las miradas en el tiempo, o por los personajes que conformaron una existencia, o, quizás, por los lugares transformados en espacios únicos. O por otros matices que no sabemos expresar y, quizás, por todo eso y más las novelas de Juan Cruz Ruiz nos dejan un agradable sabor de entretenida lectura que bulle en nuestra memoria mucho tiempo después de haberla leído.

Es muy posible que nuestro autor haya sentido “la soledad ante el recuerdo” en toda su infinita extensión. Sin embargo, al haberla compartido con sus desconocidos lectores, ha trascendido en el espacio y en el tiempo la vida de unos adolescentes siempre universales. Y eso es un milagro que no todos consiguen.

Bueno, Juan Cruz Ruiz, sí!!

Porque reconoce el valor de las palabras!!

Juan FERRERA GIL


 

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