LA BRISA DE LA BAHÍA (83). La carcajada de las horas


El viejo reloj de la iglesia más que centenaria sabe jugar al despiste. Lo lleva haciendo siempre; aunque, de vez en vez y de cuando en cuando, parece tranquilizarse para no cansar a sus paisanos.


83. Reloj

Goza de personalidad propia el desvencijado reloj de la iglesia de Arucas: por un lado, la que le proporciona el inexorable paso del tiempo, y, por otro, aunque su función ahora sea distinta, la ayuda que prestó a los agricultores en sus azadas de agua: su primer propósito. Así que el vetusto reloj, aunque fotografiado de manera distorsionada desde una ventana señorial, sigue señalando el camino. Los que estamos acostumbrados a mirar para arriba lo vemos en su majestuosidad con el tiempo cambiado, como diciendo “aquí yo soy el dueño y hago lo que me da la gana”. Por eso los aruquenses le tenemos tanto cariño y respeto. Ya lo dijimos antes: personalidad le sobra. Como señaló en su momento el que fuera escritor y cronista de la ciudad, Juan Zamora Sánchez, marca y señala “la carcajada de sus horas”. No seremos nosotros quienes pongamos matices a las palabras del poeta, que, como siempre, resultan tan olvidadas como certeras. Y sinceras.

EL RELOJ
De lo alto de la severa torre
austero, sereno, ceñudo;
el reloj es el testigo mudo
de la alocada vida que corre…
Sus manecillas inquietas
empujándonos hasta la muerte
parece que se divierten
con sus vueltas y más vueltas.
Y --¡pobrecillos!—sólo a medias
percibimos cómo él sigue
su marcha indefinida.
Y cómo ante la tragedia
y su estela aterradora,
burlescamente ríe, ríe,
dejando en el aire tendida
la carcajada de sus horas.
 
De lo alto de la torre, altanero,
el reloj ríe sin compasión.
¡Él no tiene corazón,
sus entrañas son de acero!
 
JUAN ZAMORA SÁNCHEZ
(1907-1981)

Una vez recuperadas las palabras del poeta, solo nos queda añadir que, a veces, el nuevo paisanaje de la ciudad se muestra indiferente con algunos de sus hijos. Y, en esta ocasión, le ha sucedido al autor del poema. Y resulta tan estrecha y encorsetada la mirada local de algunos que la ignorancia parece haber encontrado su acomodo. O, a lo mejor, solo se trata de cierto analfabetismo cultural que se ha hecho fuerte en la pequeña parcela de poder que, de momento, ocupan. Pero este relato de ahora, tan manido como viejuno, lo dejaremos, mejor, para otro tiempo: cuando los barrancos vuelvan a correr y se limpien los viejos cauces, y las cañas vuelvan a marcar los linderos, será el instante perfecto que hablará de otra manera de sentir y ver en el mismo espacio; otras horas sabias en las que podamos reflejar y contar debidamente la mirada, honesta y sincera, que fue.

Ahora, desde luego, no corresponde. Solo deseamos, modestamente, que las palabras de Juan Zamora Sánchez lleguen a la orilla del respeto y la tolerancia.

Que no es poco.

El viejo reloj seguirá marcando el tiempo; como siempre!!

Juan FERRERA GIL

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