LA BRISA DE LA BAHÍA (84). El cine de las cinco

84. Cine

El Cine Díaz, los domingos, a las cinco de la tarde, se convertía en el lugar perfecto de la primera juventud, donde las miradas trataban de atravesar los ojos de los otros y donde la sonrisa se transformaba en la caricia perfecta en aquellos tiempos que hoy nos resultan tan lejanos.

La pandilla que formábamos surgió espontáneamente, sin pretenderlo siquiera: era la natural consecuencia de la amistad juvenil surgida en colegios y parques y cercana vecindad. Entonces, trabajaba en la Dulcería de mi padre, recién fallecido, y los domingos representaban el día más fuerte de la semana; el mismo que servía para pagar las facturas y seguir hacia adelante. Y cuando los amigos llegaban para el cine, yo, desconsolado y armado de pretendido valor juvenil, los saludaba desde lejos y observaba sus movimientos y sus risas hasta que desaparecían después de entregar la entrada al portero, Miguel, que cada tarde de la semana llegaba corriendo al cine para empezar su jornada, después de haber atendido las tierras y a sus animales en la Hoya de San Juan, por aquellos años alejada del centro, donde la vida bullía cada día y donde la calle León y Castillo presumía de ser la mejor asfaltada de la ciudad: sus adoquines lucían en perfecto equilibrio arquitectónico y, gracias al paseo de los domingos, casi se transformaban en láminas de espejos en los que la lisura que se adivinaba era directamente proporcional al gasto de la suela de los zapatos de los numerosos paseantes. En realidad, aquellas miradas a los amigos buscaban a una sola persona en el primer enamoramiento. Las ganas de estar con ellos eran tantas que aún hoy parece que las siento cercanas. Pero, bueno, sería mejor no exagerar el recuerdo, que siempre se tiñe de sanos deseos y condescendientes miradas e interpretaciones. Y no dejemos atrás otra sensación: la ropa dominguera, alegre y limpita, se esparcía junto a la primera juventud en la tarde luminosa. Luego, cuando salían, ni siquiera los veía: el trajín comercial hacía que las horas se dispersaran y que las miradas se volvieran huidizas.

Las ensaimadas llegaban a la Dulcería de mi padre entre las cuatro y las cinco de la tarde de cada jueves; el viernes ya se habían acabado. Fresquitas. De crema pastelera. Antes, los jueves por la tarde ofrecían el matiz adelantado de los días festivos. Lo que no recuerdo es si ya desde ese día se conocía la película del domingo a las cinco, a las siete y a la diez de la noche; siempre se reservaba para las tres de la tarde dominical la sesión infantil y bullanguera de los más pequeños, los mismos que con una peseta pretendían comprar la dulcería entera, ubicada enfrente mismo del Cine Díaz

Recuerdo ese pasado de manera diáfana: sin sombras que avivan el miedo en la mirada del tiempo; un tiempo rebosante de salud y una tarde suave, tranquila y soleada. En aquellos años solo teníamos ojos para los amigos.

Juan FERRERA GIL

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