LA BRISA DE LA BAHÍA (86). El remedio perfecto para no pensar

86. Remedio

En estos momentos que vivimos de información desbordada, y continuamente renovada, no hay tiempo libre para mirar los celajes. Y, menos aún, para reflexionar y pensar detenidamente. Las grandes tecnológicas ya se han encargado de que solo miremos sus pantallas, cosa que debemos realizar alocada y continuamente.

El espacio dedicado, por ejemplo, al inevitable aburrimiento ha desaparecido: se ha convertido en un monstruo peligroso y extraño que debemos evitar por todos los medios. Ahora, la vertiginosa inmediatez se ha hecho fuerte y cada crítica o noticia debe ser respondida rápidamente, como para tener y sentir la sensación de que algunos nos vigilan. Y, si es posible, actúan antes de que las redes sociales, empoderadas en su ignorancia, tan llenas de personas que no saben leer con detenimiento y criterio, machaquen cualquier opinión y destripen, finalmente, al mensajero. Porque al mensajero no solo hay que prohibirle agua, sino que, además, hay que intentar destruirlo por su osado atrevimiento: “¡que se va a creer! Aquí dedico todo mi tiempo y esfuerzo y este, ese o aquel vienen a incordiar. ¡No, mi niño, eso no!” 

Vivimos tiempos raros, y no solo por la pandemia, que también, y convulsos. Esta tecnología disparada en su evolución técnica es más política e interesada que nunca. Sus tentáculos son tantos que quieren atraparnos desde el mismo pensamiento. Como se nos ocurra algo, ya los algoritmos harán el resto y se encargarán de encaminar nuestros deseos e ideas hasta dejarnos confusos, lentos y obedientes: así nos quieren ver. Esto que hay ahora de la vida virtual me recuerda a los recortables de mi infancia: papeles que pegábamos para construir otras amistades, otros acompañamientos, otras aventuras donde éramos casi perfectos. Pero, claro, en aquel entonces la imaginación aún no estaba secuestrada. Es verdad que había negocio en aquellos recortables infantiles. Pero también es cierto que la vida virtual que se nos ofrece hoy es tan poderosa que capta toda nuestra atención y nos deja perplejos ante la realidad verdadera; y, para colmo, les regalamos nuestros datos más personales sin ser conscientes de ello. Y, así, llegamos a encontrar otra manera de protestar sin protestar; otra forma de sentir sin sentir y otro camino en el que las grandes tecnológicas hacen con nosotros lo que les da la gana. Por eso sus grandes y ricos inventores se empeñan en que sus hijos no accedan al conocimiento informático hasta bien entrados en la vida, una vez que han aprendido a discernir. O casi.

Yo solo sé que, de vez en cuando, me aburro y que incapaz soy de crear otra vida virtual donde he de convertirme en la persona más perfecta del mundo mundial, capaz de afrontar las aventuras más locas y disparatadas. ¡Y me pregunto aún cómo es que el mundo no gira a mi alrededor si soy un auténtico diamante, aunque sea en bruto!

En fin, superada la ironía anterior, me dispongo a leer, que es otra de las cosas que a las tecnológicas, me imagino, que no les agrada tanto. O nada.

¡¡Pues que se fastidien!!

Juan FERRERA GIL


 

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