LA BRISA DE LA BAHÍA (92). El tiempo pasa también en los cementerios

92. CementerioNunca se me ocurrió pensar que el paso del tiempo se verificara también en los cementerios.

Así que la otra vida que allí se establece transcurre a la vez que la nuestra, en perfecto paralelismo, y recibe los mismos plazos de la existencia. Pensaba que los cementerios eran inalterables, quietos, y lo son a su modo y manera, y que el tiempo allí se detenía en una tranquilidad silenciosa que reposaba en el colorido de las flores, donde la enumeración caótica del frío mármol representa una especie de escaparate que indica que allí siguen, aunque en otra dimensión.

Cada lustro, o así, los que ya se han marchado cambian de sitio hasta casi borrar su rastro en el sendero que habitaron. Por supuesto, en el mundo de sus seres queridos continúan vivos en ese plano donde la intimidad se agranda y, además, aporta reservas para seguir adelante. Este lado de la frontera viene a significar que el recuerdo vive de otra manera hasta que llega a convertirse en nostalgia y, desde ella, el lenguaje ha sustituido las palabras no dichas por las flores que, en sus diferentes colores, tonalidades y variadísimas formas, nunca dejan de hablar. Cuando ya los distintos ramos han cumplido su ciclo comunicativo, la imaginación sustituye todo lo anterior para que, en diversos fogonazos de vida, la persona ida continúe a nuestro lado.

Nunca imaginé que el paso del tiempo tuviera lugar en los cementerios: los fallecidos cambian y “las nuevas calles” se renuevan poco a poco, como la vida misma de los que afuera estamos. Fui a buscar la tumba de un amigo, que nos dejó prematuramente, (“¡madrugó temprano la madrugada!”) y… ¡ya no estaba! ¡Cómo pasa el tiempo! Solo me encontré con aquellos que en su momento reservaron para siempre una plaza en el sagrado lugar.

Lo que sí permanece, en cambio, es la costumbre mañanera de los sábados en que familiares y amigos, con ramos de flores que caminan, recuerdan a los que un día con ellos convivieron. Durante cinco años llevé flores a mi madre cada quince días, en turno establecido con mi hermana. Y aquel diálogo de tonalidades florales y momentos sobrevenidos, en un principio enlagrimados, ha servido para que comprendiéramos el sentido exacto de la existencia a la vez que los pies se afianzaban en el suelo. Los aruquenses allí enterrados han deseado, sobre todo, seguir al lado de sus paisanos vivos. Así lo quiero imaginar: cada uno de ellos, acaso, habrá deseado permanecer allí hasta que se produzca el inevitable reencuentro.

No lo sé. Nunca sé nada. 

Como cada uno lleva incorporado su propio tiempo, principalmente narrativo, se puede concluir, a fuerza de equivocarnos, como casi siempre, que, convertidos en comunidad y generación, ostentamos durante la existencia el valor de la mirada que parte desde la indeleble niñez y, en la edad adulta, adquiere el tono verde y ligero de la madrugada tempranera, que actúa dulcificando los momentos, a la vez que llegamos a creer, interpretando, que efectivamente sucedió lo que evocamos en cada instante.

Y, mientras tanto, la vuelta de la existencia, como rueda que gira interminable y “que no hará mudanza en su costumbre”, sigue su paso pausado para indicarnos la consabida expresión: “¡qué deprisa va esto!”

Y, así, entre miradas cruzadas, saludos ocasionales y lentitud en el camino, como paseando a orillas del Duero, o de cualquier barranco isleño, la vida parece desprenderse de lo que ya le sobra.

¡¡Para seguir en el camino!!

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