LA BRISA DE LA BAHÍA (97). “Personas decentes”, de Leonardo Padura

97. L. Padura

La última novela de Leonardo Padura, Personas decentes, Tusquets Editores, Barcelona, 2022, es tan magnífica que, de manera ágil y adictiva, las dos partes propuestas se resuelven con sobrada maestría en el mismo espacio, La Habana, convertida en un personaje más, pero en momentos distintos, 1910 y 2016, y toda la historia anega los ojos del lector para no abandonarle hasta el cierre de la última página. Ambos relatos se entrelazan perfectamente: la visión final no solo resulta completa, sino que, además, con ella nos percatamos de lo evidente: nos encontramos ante un escritor cuya responsabilidad y seriedad, junto a sus palabras, aparentemente sobrevenidas sin esfuerzo alguno, ofrecen un panorama de la isla que, precisamente por su condición de tal, transformada en cárcel, notifica que la maldad de algunos de sus personajes es fuerte y dolorosa: sienten, dichos personajes, que la libertad se respira más allá del mar que los rodea.

Es Padura un experto en afrontar dos historias a la vez y, en esta ocasión, se complementan en tiempos distintos: la visión del ex -policía Mario Conde, a sus 62 años, resulta el nexo perfecto y único de quien sabe mantener la distancia en tiempos convulsos. Nos ha sucedido que, por momentos, un relato nos gustaba más que el otro, para después suceder lo contrario. Estimado lector: no desespere porque, a medida que avanza en sus más de 400 páginas, nada resulta añadido con el fin de alargar la trama innecesariamente sino que, a veces, por simple sencillez, se invierten los papeles. El continuo salto de una historia a otra es tan significativo y vertiginoso que, en un principio, pensamos leer solo una de las narraciones al tiempo que obviábamos la otra; y menos mal que no lo hicimos: Padura, a través de algunos enlaces en distintos capítulos, sabe mezclar La Habana de 2016 con la de 1910. Y, así, continuamos con la velocidad que proporciona “el mar de los caballos muertos”: lenta pero inexorablemente. Su manera de crear y organizar, difícil para el autor, pero no para el lector, establece un auténtico deleite: todo un lujoso detalle que Leonardo Padura nos entrega desde su pluma hábil, correcta y precisa.

Las historias referidas son, cuando menos, duras y llenas de amenazas en dos tiempos raros y extraños; aunque hablar de “extrañeza” en Cuba es casi un atrevimiento, si no, acaso, una temeridad. La abyección que muestran algunos personajes queda reflejada de manera clara donde no hay ninguna fisura, ninguna rendija que no esté debidamente meditada y por la que el lector se pueda escapar. Esta forma de contar que tiene el escritor cubano (¡cada día escribe mejor!) nos ha marcado desde el principio y los personajes creados, verosímiles siempre, han entrado en nuestra vida sin apenas apreciarlo y, una vez diluido en sus páginas, no hemos podido parar de leer.

¡Qué cosa esta del estilo!

Ahora mismo estoy intentando afrontar otra lectura, pero no hay manera: “Personas decentes” vibra en mi interior, ocupa todo el espacio de la imaginación, y convencidos estamos de que aún durará un par de semanas más: el tiempo que solemos emplear “en salir” de la penúltima lectura.

No se la pierdan. 

Porque La Niza de América, por un lado, y La Habana en 2016, por otro, son las dos caras de una misma moneda. A Padura le gusta jugar con el tiempo y lo cierto es que no solo logra adueñarse de él sino que, además, lo estira y encoge como si realmente lo dominara; entonces, pasamos, los lectores, a comprender que el tiempo es una entelequia que se mueve con distintas personalidades, atrapadas en su manera de ser y presentadas con una visión tan particular que se nos antoja entusiasta, firme, rigurosa y seria. Y creíble.

Es Leonardo Padura una joya de nuestro tiempo literario. En la parte final de una de las historias, tuvimos la sensación de que escuchábamos la voz “garciamarquiana”, como si el escritor cubano homenajeara, intencionadamente, eso sí, al Nobel colombiano. En cualquier caso, Padura está lleno de aciertos y sugerencias. Si les gustan, estimados lectores, las novelas negras, no dejen de leer esta última propuesta, tan diferente y personal. Merece la pena. Y mucho.

El hecho de que el autor se atreva a combinar dos historias al mismo tiempo no desmerece, ni invalida, en ningún caso, el conjunto: cada una tiene su ritmo y su tono. Y nos hace sentir que, en ocasiones, una camina al lado de la otra y, en otros momentos, creemos vivir que una historia está dentro de la otra, como el juego de las muñecas rusas, pues su nexo de engarce no es otro que Mario Conde, que nos muestra su punto de vista, su peculiar mirada y su solitario deseo de escribir. Mejor que la lean y que cada cual saque sus propias conclusiones, donde hay matices para cada color, como siempre ha sucedido.

La novela, que retrata perfectamente el alma cubana, tampoco deja atrás el humor isleño que la define, donde la ironía, mezclada con la socarronería, capaz es de provocar la carcajada al tiempo que Leonardo Padura nos ofrece una evidente habilidad en captar los pequeños detalles de quienes quedan perfectamente reflejados y definidos. Es una novela sólidamente construida donde la maestría del escritor, ya lo hemos dicho, nos es devuelta sin percatarnos siquiera de su evolución y dificultad. La novela adquiere, así, una cierta velocidad de crucero permanente y, si en algún momento la investigación de Mario Conde se lentifica, entonces la otra parte parece recoger el testigo narrativo de La Habana de 1910: este hábil recurso del autor cubano nos viene a decir que sabe perfectamente lo que se trae entre manos (¡es un decir!) y, consecuentemente, su estilo nos resulta tan atractivo y profundo que nos sentimos felices de estar atrapado en el argumento.

Avanzamos en sus páginas como si recorriéramos La Habana de un lado a otro y, como perfecto conocedor de la ciudad en la que vive y del carácter de su gente, Padura se nos presenta como un escritor realista, crítico y sin medias tintas, en la que su mirada parece abrirse al mundo entero. Y nos da por pensar en cómo debe encontrarse La Habana ahora, que ya no está en el candelero informativo, cómo vivirá estos tiempos postpandémicos y con esta economía global tan injusta y sobredimensionada que padecemos. Tantas crisis sufridas conforman un carácter especial y único que define claramente la actitud de unos personajes tomados desde la misma realidad: imperfectos y cercanos.

Claro que, para poder llegar a ese estadio narrativo, hay que tener presente a Leonardo Padura, que se nos antoja único e imprescindible.

(enseñARTE, 60)

Juan FERRERA GIL

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