(102). LA BRISA DE LA BAHÍA. “Las malas”, de Camila Sosa Villada

102. Malas

La última novela que he leído (?), de la argentina Camila Sosa Villada, Las Malas, Tusquets Editores, Barcelona, 2022, 8ª edición, no solo es el reflejo y el reproche a una sociedad que no mira bien a los diferentes, sino que, al mismo tiempo, confirma el testimonio del travesti y su realidad, que, al sentirse mujer, habita en un mundo donde la única salida posible parece ser la prostitución.

Esta novela es cruel, dura y, por momentos, sórdida: el alegato, claro y directo, de su prosa, desde la más estricta confidencialidad, camina al borde de un acantilado en el que al primer despiste la vida se esfuma en la feroz e inhumana certeza mientras “cae”. Camila Sosa Villada ha escrito una novela persistente y repleta de soledades, donde la amistad se presenta, en principio, como una pose y, cuando surge el dolor, que siempre llega, la solidaridad pretende abrazar al ser humano. Esta visión de la existencia refleja amplitud y universalidad, pues la escritora, nacida en La Falda (Córdoba, Argentina), representante de unos seres apartados socialmente y mirados, sobre todo, como fuente de deseo sexual constante y prohibido, en el que lo vedado se mezcla con el olor y sabor del alcohol, transita un espacio propio en el que las apariencias resultan casi reales y se confunden, además, con los deseos más íntimos. Es un mundo, el aquí evocado, diferente, que camina paralelo a otras vidas, olvidadas en la mayoría de las ocasiones, que se aventuran en su normalidad.

Camila Sosa Villada sabe lo que quiere decir y no se anda con florituras ni recovecos interesados: llama a las cosas por su nombre y las metáforas que crea ahondan aún más en la realidad del travesti, que no tiene derecho a nada; a veces, ni a la vida misma. Tal es así que ni siquiera considera que pueda ser respetado por los demás, incluidos sus padres, que, enarbolando la bandera de la seguridad, arrasan con casi todo lo que se atreve a tocar y sentir. Este submundo, si es que se puede denominar así, de la prostitución es tan desalmado y violento que los travestis aquí retratados sobreviven sobre sus altos tacones antes de tropezar con las aventuras que, al salir a su encuentro, falsean siempre la realidad. Ese desprecio social que sufren es directamente proporcional a la vida ordenada y fácil de la sociedad biempensante, camuflada en grandes coches y con familias perfectas, que esconde en la negra noche las verdaderas y ocultas pasiones. Y contradicciones: “por el día sostengo unas ideas que por las noches camufladas quedan”.

Los personajes de esta novela, permanentes reflejos, se mueven desde alongados tacones e intentan evitar las probables caídas. Y cuando, inevitablemente, se producen, solo les queda su casa, su refugio, su chamizo, su dolor, su soledad y su pena. Esta narración de vitalidad perenne, en la que anida la tristeza, marca las pautas, acaso los contornos, de la lucha diaria de unos y otras, siendo los travestis los que casi siempre se llevan la peor parte.

Este libro, sobriamente escrito, si le atrapa, inteligente lector, le dejará sin resuello al mismo tiempo que le pondrá delante la fuerte realidad de unas mujeres que nunca lo serán, pero que se sienten así: por eso llevan la soledad en el maquillaje y la esperanza en la mirada, que nunca se tiñe de verde: soledad hay de sobra, pero esperanza, muy poca. Solo la imaginación estrecha, convertida en quimera, de los travestis les hace pensar que algún día las cosas mejorarán.

Nos encontramos ante una novela contada directamente desde la autenticidad más feroz y desalmada que no deja tiempo ni espacio para un final feliz. Es un canto a la soledad de unas mujeres que lo parecen y a una sociedad injusta, y tremendamente inhumana, contra el diferente. Eso de no soportar al distinto es más frecuente de lo que pensamos: aquí nunca cambia nada, siempre estamos ejercitando la incomprensión y avivando el dolor de los otros. Y así nos va: este mundo de nuestros días es tan injusto como siempre lo ha sido y la maldad se convierte en la eterna triunfadora. Por eso esta novela, donde la tristeza transita al lado de un abismo, se precipita en el dolor y en el abuso: todos cargamos con nuestras propias “zonas oscuras”, como dice un entrañable amigo.

Que “Las Malas” vaya por la octava edición nos hace pensar que la tolerancia adquirirá, por fin, su verdadera carta de naturaleza. Y si existe algo que define a “Las Malas” no solo es el valor de la metáfora, que también, sino la vida transcurrida en la infancia y adolescencia; acaso los momentos más tristes, deshabitados e ingratos en los que cada travesti se ha visto envuelto. Evidentemente, en estas vidas desoladas no hay espacio posible para el amor verdadero. La tensión narrativa, que no está escondida, se muestra en el estilo directo y ágil de Camila Sosa Villada; a pesar del uso, por momentos, exagerado, del pretérito imperfecto de indicativo del verbo “ser” (“era”) que empequeñece la expresión. Sin embargo, sus más que acertadas metáforas, mezcladas hábilmente a lo largo de toda la narración, simulan arañas que acuchillan los espacios vitales de realidades inciertas.

Hemos leído una novela coherente, con las páginas precisas, que da fe de unas vidas que cada día circulan a nuestro lado, pero que, en muchas ocasiones, más de las que quisiéramos, no queremos percatarnos de su presencia.

Por eso “Las Malas” ha venido para quedarse y para recordarnos otras vidas, otras existencias, otras mujeres que luchan incansablemente.

Y Camila Sosa Villada ha sabido dar perfecta cuenta de ello.

(enseñARTE, 63)
Juan FERRERA GIL
Actualizado el Lunes, 28 Noviembre 2022 02:15 horas.

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