(109). LA BRISA DE LA BAHÍA. El siglo XIX: Proust y Brontë

109. Siglo XIX

Desde el pasado 3 de diciembre de 2022 estoy dentro del siglo XIX, más o menos.

Y, además por partida doble: por un lado, Proust, que en 1913, para mí aún es el XIX, publicó el primer tomo de “En busca del tiempo perdido”, que, por fin, estoy abordando, esta vez, desde el principio: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, Volumen I, Alba Clásica Maior, Barcelona, 2022: en él encuentro los detalles vitales más llamativos, las sensaciones más dulces e impensables y, a través de períodos largos oracionales, creo haberme adueñado de la lentitud, que hoy en día posee tanto valor; por otro, Anne Brontë, que en “La inquilina de Wildfell Hall” me descubre, una vez más, la mentalidad de una época, que aún no hemos superado del todo a pesar de las apariencias, en la que “suponer” se convierte en la mirada escrutadora de algunos personajes que suelen practicar la maldad cotidiana.

A ratos, uno; a ratos, otro; se suceden alternativamente en mis días de lectura que sirven para contrarrestar la presión exterior, el peligroso caudal informativo, tan desbocado, las tertulias de “especialistas” que solo ponen en práctica aquello de que “por la boca muere el pez”, la pantalla tan agresiva del móvil y, en definitiva, todo el “ruido” que últimamente nos rodea y nos acogota, donde la cercanía la eludimos inconscientemente.

¡¡Benditas lecturas y benditos escritores!!: han venido no solo para quedarse, que también, sino para hacernos sentir que la pasión lectora es única y que gracias a ella seguimos caminando y progresando.

109. SIGLO xixa 1

Así que durante unas cuantas semanas he estado atrapado en la prosa de Anne Brontë, La inquilina de Wildfell Hall, Alma Clásicos Ilustrados, Barcelona, 2022, por una parte, y en la vida que se desarrollaba en la Inglaterra del siglo XIX, por otra. Y me he sentido como pez en el agua: la maestría de la escritora es tan evidente que las más de 500 páginas de la novela no me han pesado nada y he ido avanzando en su lectura con clara y tranquila velocidad de crucero. Vamos, que la singladura ha sido apacible, interesante y amena, donde el alma humana se contempla en casi todas sus posibles variantes, y Anne Brontë presenta sobradas muestras de su calidad narrativa.

El juego que plantea con los distintos narradores de la novela, elaborado con total y riguroso acierto, resulta esencial para que la historia avance y para que la mirada de dichos narradores, convertidos en protagonistas que se dan la vez respetuosamente, se nos acerque y sea más directa que nunca. Esta proximidad al lector ha sido toda una deferencia de la escritora inglesa que sirve para acentuar el sentido de la novela: una trama amorosa que cuenta con los ingredientes propios de la época y que muestra, además, los distintos puntos de vista de los personajes que, caracterizados eficazmente, se nos presentan con cualidades y defectos, donde la mujer, como siempre, debe abrirse paso ante una sociedad inmovilista en la que cada cual tiene asignado un papel, por lo general, machista, que debe cumplir estrictamente. Más o menos como ahora: no hemos evolucionado mucho desde entonces. Pero sí hemos de dejar bien claro que ha habido personas en todas las épocas que no solo se han adelantado a su tiempo, sino que, además, sentaron las bases a nuevas interpretaciones de los distintos roles sociales.

Este paseo por el siglo XIX, donde también hay concesiones a la mentalidad de la época y a sus distintas y estrechas normas, ha verificado unas realidad felizmente superada en buena parte del comportamiento de los distintos personajes y desarrolla, como no podía ser de otra forma, la mentalidad general del momento en que fue escrita. Desconocemos el lugar que ocupa esta novela en la trayectoria de Anne Brontë: solo sabemos que nos ha dejado atrapado en sus líneas y, al mismo tiempo, nos hemos podido percatar de que es una autora que sabe lo que hace, piensa y dice: su genio surge en cada línea, en cada capítulo y en cada momento, a veces, trágico, de las circunstancias de los personajes.

En definitiva, una novela entretenida y bien escrita, lo que es de agradecer en estos tiempos líquidos y tecnológicos en exceso.

Estimado lector: si es partidario de la lectura pausada y lenta, con sobrada pachorra isleña, lo mejor que puede hacer es cambiar de isla y adentrarse en la Inglaterra del siglo XIX. No se arrepentirá.

(enseñARTE, 67)
Juan FERRERA GIL

 

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