(110). LA BRISA DE LA BAHÍA. En busca de la brisa

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Una tarde de mediados de septiembre nos acercamos a la Bahía: ansiábamos recuperar y volver a sentir su Brisa. El cielo, azul, y la tarde, luminosa, emparentados y aliados, conjugaban el día veraniego que, además de aceptar todas las irregularidades posibles, con sus distintas voces y tonalidades, se precipitaba en los versos de los escritores que en esta tierra han sido. 

De repente, como si de un milagro se tratara, el cielo y el mar se definían, transparentándose, como el marco perfecto donde la realidad se verificaba. Y recordé, entonces, las palabras de Carmen Laforet: “el aliento del mar, muy ligero aquel día…” Así, aquella levedad del instante había traspasado las páginas de la novela y se había plasmado en la tarde que ahora contemplábamos. Las palabras siempre dicen, y dicen bien. Lo único que hay que hacer es esperar el momento y, posteriormente, casi todo volverá a su apreciado lugar en el que las palabras escritas, amontonadas en la memoria, como las que agazapadas conviven en las páginas de un libro, salen a retazos formando, y mezclando, versos nuevos, correspondientes a distintas visiones y versiones, aunque no hay nada como alargar la mirada y detenerla ante la contemplación de la tranquila Bahía, que, alejada del ruidoso tráfico, calma las pasiones, aliviándolas: se ha reconciliado con el silencio.

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Es la Bahía, acompañada por su inseparable Brisa, un regalo que no solemos valorar en su justa medida: que los barcos atracados, detenidos en la espera, encierran, como (a)guardando, diversas y variadas historias, mezclados, algunos, con herrumbres de viejo que materializan el paso del tiempo, igualan las voces de marinos extranjeros que, una vez abandonado el buque, como hogar y lugar de trabajo, penetran en la desconocida ciudad: variada, bulliciosa, compleja y claramente portuaria, donde los viejos vapores siguen marcando la singladura de humo negro rumbo al cielo y a los lejanos mares del Sur. 

La Bahía ejerce todo su poder de atracción: abierta a las distintas miradas, maneras y formas; clara y alegre, algunas veces; brumosa y triste, otras, y, sin embargo, siempre la misma. Es lo que tiene la Bahía: cada día se exhibe diferente y desde su atalaya de aguas calmadas esconde mil relatos desvanecidos en la tibia tarde: desea que el paseante se acerque a su orilla y los vaya descubriendo pausada y lentamente, aunque deba emplear toda su vida para deleitarse con y en ellos.

La Bahía no tiene prisa, ni su Brisa tampoco: ambas se han hermanado en un objetivo común: hacernos sentir que el mar es la otra parte de la isla.

Juan FERRERA GIL

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