LA BRISA DE LA BAHÍA (6). Tiempo bardino (a propósito de tres imágenes)

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1.

No logro explicar cómo los detalles llegan a nuestra mirada. Y menos aun cómo antes habían pasado totalmente inadvertidos.

La imagen que ilustra este primer comentario, lento y pausado, sobrevino una mañana silenciosa y gris en el Parque de San Juan de Arucas. Tantas veces hemos fotografiado el lugar que esta es la primera vez que percibimos el encuadre que les brindamos. Él árbol, convertido en V; la farola que ilumina la fachada blanca y parece encendida sin estarlo; y una ventana desvencijada que nos habla del paso del tiempo, en perfecta armonía con el techo de la vieja casa. Todo queda medio oculto, acaso como nuestras propias existencias, por las plantas del parterre que se encuentran en primera línea del objetivo. Y lo que se adivina queda justo detrás de nosotros: el resto del parque.

Hemos encajado a toda una ciudad en una metonimia.

Y hemos optado por el blanco y negro porque el día nos lo ha sugerido: los días grises aruquenses tienen su aquel.

Y porque pensamos que la gente ve, pero no mira.

De ahí que insistamos recurrentemente en que debemos mirar más y con detenimiento extremo. En la imagen no se vislumbra la obsolescencia programada ni la lucha por alcanzar la inmediatez en pos de la fama efímera. Son nuestras ciudades, nuestros lugares más cercanos, los que nos presentan momentos e instantes que llevan años en su sitio esperando no pasar a la posteridad, donde la visibilidad ni existe ni se la espera. Son los pequeños rincones los que nos hablan de autenticidad en lo cotidiano, de lentitud en las fachadas blancas y, también, de la belleza que nos rodea y que tardamos en descubrir. Quizás uno de los males de nuestro tiempo sea el de estar colgados únicamente a una pantalla y recibir a través de ella una única mirada, una única realidad y una sola interpretación. Si levantáramos la cabeza y miráramos a nuestro alrededor, podríamos descubrir las distintas y variadas miradas de los otros, sus voces, sus risas y sus preocupaciones. Y, al mismo tiempo, podríamos comprobar que la palabra escrita, y la pronunciada, y los maravillosos libros son más duraderos y estables, y sinceros, que las imágenes que recorren los cielos de internet. Y no es que seamos tecnófobos, sino que en esta vorágine de imágenes que sufrimos nos roba el tiempo y la visión. Incluso, el derecho a aburrirnos. Por eso este “misterio bardino” del que hablamos lleva una imagen convencional, atrapada en un instante que se nos antoja casi eterno. Y, así, el árbol habla de Victoria, por ejemplo; la farola ilumina el camino y la desvencijada ventana nos dice que el tiempo vuela “y no hará mudanza en su costumbre”.

Estimado lector: ha bastado el mirar con detenimiento para sugerirles una idea, una percepción, un pensamiento, una manera de sentir y un propósito: el de que ustedes opinen libremente y conserven la capacidad crítica. Como debe ser, como siempre ha sido. Y cuando terminen de leer este texto, miren a su alrededor, traten de superar las estrechas veredas y observen la calle de siempre, el parque de la infancia y los barrancos que recorren el lugar. Seguro que descubrirán mejores ejemplos del que aquí, modestamente, le proponemos.

Sin embargo, el tiempo será el mismo: un tiempo asirocado y bardino.

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2.

Si nos alejamos un poco, la segunda imagen nos ofrece lo que antes le sugeríamos. Al ampliar la mirada, el detalle desaparece y al retroceder físicamente el narrador omnisciente parece adquirir más poder. Y ha de mostrar un mayor empeño en hilvanar acertadamente las palabras para que el lector no se vaya a caminos mejor hollados. La diferencia de las imágenes es notoria pues la manera de ver y mirar, y sentir, no es la misma; a pesar de que sigamos dentro del blanco y negro como para indicar que la verdadera y auténtica existencia estaba antes de internet. El lugar resulta acogedor entre las sombras que se proyectan desde nuestras espaldas para ir a rebotar en la fachada blanca, convertida esta en un amplio telón cinematográfico en el que se refleja el devenir de la existencia.

Pero, de momento, aún no hemos llegado a la tercera imagen.

El parque está solitario en la mañana de otoño: los chiquillos están en el colegio y la algarabía será vespertina. Por él correrán y saltarán, y les parecerá que el espacio es tan grande como el universo. Y caben muchos niños. Y la tradición se renueva sin apenas darnos cuenta. Y, al regresar al espacio de la infancia, el tiempo se diluirá en el café medio azucarado de la terraza cercana, donde la charla se aviva y toma el camino real de las vivencias auténticas, que recorren nuestra imaginación en un ir y venir sin sentido aparente. Y así llegamos a la tercera fotografía.

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3.

El cine ha llegado a la ciudad. Y lo hace con discreción firme y segura, sin apenas darse a conocer y menos aún a molestar. Los arbustos del parque se lanzan al blanco telón para decorar la fachada y dejar, al mismo tiempo, unos resquicios que van cambiando de sitio como si diversas escenas se tratasen. Al fin y al cabo representamos la vida cada día en escenas variadas y en rollos distintos. Podemos ser hijos, sobrinos, padres o abuelos y mil cosas más. Todas ellas definen una personalidad en un decorado nada artificial, pero sí sugerente en el que cada día nos regala una tonalidad y una atmósfera que van conformando el conjunto todo. Lo que realmente nos molesta es que hayamos empleado tantos años en descubrirlo. Alguien nos debería advertir de las señales, de los cambios de luz y de los colores que incluso se adivinan en el blanco y negro de la imagen. Las perfectas líneas de sombra hablan de constancia y permanencia, nunca cambiarán porque la sinceridad de sus trazos es tan única y personal que no necesita de artificios ni de poses forzadas para llegar a nosotros. Las sombras conviven, en una sinfonía casi perfecta, con los motivos más luminosos. Y ese equilibrio es el gran arcano. ¿Cuántas personas se han percatado del conjunto? ¿En qué época? ¿En qué instante?

Solo nos gusta pensar que somos un eslabón más en la cadena de la vida, que, como siempre, tiene nubes y claros, tormentas y calmas.

Y, así, en ese caminar al lado de Machado y de Galdós, nos encontramos en la orilla del sendero. Y por él avanzamos creyéndonos eternos.

Pero no, no lo somos.

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