LA BRISA DE LA BAHÍA (7). La vida


     La vida transcurre igual en todos los sitios.


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     En una mañana tibia de otoño, la terraza del lugar sirve para ver pasar el tiempo. Sí, sí: “ver pasar el tiempo”. Unas palabras aquí, otras allá, la bolsa ligera de la compra, el café y, sobre todo, el mirar a los ojos al otro en una distendida charla, que entronca directamente con la experiencia acumulada. Tengo para mí que muchas personas, al hablar de cosas pasadas, reproducen exactamente los diálogos del momento que cuentan, y ello viene a incidir en que los recuerdos se van agolpando y aturullando. La gente habla en estilo directo: yo le dije, ella me contestó… y de vez en cuando el estilo indirecto se emplea como para certificar la conclusión. Ignoro si siempre es así. En cualquier caso, lo que nos asombra es que la gente recuerde las palabras exactas que señaló en un determinado momento; seguramente será una recreación porque la memoria tiende a endulzar el pasado y a renovarlo cada vez que se verbaliza. Además, creemos que hay tertulianos que se han instalado permanentemente en el pasado y lo ocurrido hace veinte años es “ayer mismo”. Y otros nos hablan de amigos y familiares ya desaparecidos pero que, en sus palabras-recuerdos, siguen muy presentes mientras la vida continúa en su inexorable recorrido.

     Sí, sí: la vida es igual en todos los lugares. Lo que ocurre es que cada uno tiene el suyo. Si prestan atención a la imagen, la tertulia de la mañana sucede en un pueblecito del norte de la Toscana, llamado Pistoia. Sin embargo, la situación es universal. Podría ser cualquier localidad, cualquier país. De lo que se infiere, como ya dijimos antes, que la vida es más o menos igual para todos. Claro que no todos la llevan de la misma manera, pero sí hay similitudes. Y lo que es común, aunque sean idiomas y culturas diferentes, es la mirada en busca del otro, de la aprobación a lo que decimos y el aprecio de que alguien, al otro lado, esté atento a nuestras palabras: un auténtico valor: sentirnos escuchados.

     La mirada y la comunicación vienen a ser una misma cosa. El ser humano, ya saben, es, por excelencia, comunicativo. Y cuando los amigos van quedando atrás este deseo aumenta, pues, al fin y al cabo, hemos acumulado experiencia de vida que quizás al expresarla ayude a otros a caminar y a no tropezar en los obstáculos del camino. Aunque, como suele suceder, podemos avisar una y mil veces, pero hasta que no experimentamos personalmente no haremos caso. Casi siempre es así. Humanos que somos y, como tales, imperfectos; y muchísimas veces no estamos dispuestos a aprender por experiencias de otros. Así que no les digo nada nuevo. La vida es semejante en todas partes. Solo las circunstancias son nuevas. Y por circunstancias podemos entender la cultura, el idioma, las costumbres…

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     En fin, habitamos un mundo que creemos único y personal. Y no es así. Nunca es así. Por eso el viajar se nos antoja imprescindible; aunque sea al pueblo de al lado, o al norte o al sur. Está bien eso de captar miradas diferentes y pareceres nuevos y particulares. Al final, y como conclusión, comprenderemos que la mirada vale la pena, pues se aprende mucho de ella. Y aprender continuamente es una estrategia que ayuda a vivir. Así el tiempo pasará más lentamente porque cuando “hacemos cosas” tenemos la sensación de vivir plenamente. Pues ya tenemos la serie completa: ver pasar el tiempo y sacarle el jugo a la vida. Dos máximas a tener presente en estos tiempos asirocados. O casi.

     Para ambas propuestas, el río fluye imparable, con todos sus afluentes, remando en el mismo sentido. Al final, el mar indicará el final de una etapa, pues el camino, en forma de estela, continúa más allá, donde las adversidades también confirmarán su presencia. Con lo cual la serie antes nombrada va aumentando: ver pasar el tiempo, sacarle el jugo a la vida y recorrer el camino fluvial.

     Por eso alongarse está bien, siempre atentos a lo que hay un poco más allá. Y para ello es imprescindible saltar los muros o, al menos, mirar por encima de ellos y ser capaces de distinguir las dos orillas. Sería una muestra palpable de que aún estamos vivos y despiertos. Y llegando a este final me he tropezado con otra imagen que complementa a la anterior. La tertulia se verifica en Gáldar: mirar y hablar.

     Lo dicho: la vida es igual en todos los sitios.

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