LA BRISA DE LA BAHÍA (14). La calima de febrero


     El sábado, 22 de febrero de 2020, en el aniversario mismo de la muerte de Antonio Machado en Collioure, el invierno en Arucas no existió.


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     Las últimas lluvias se habían producido en noviembre de 2019 y, después, nada de nada. Un invierno raro aquel. Muy extraño. Y sufrimos la visita recurrente de la calima que en aquel febrero fue intensísima: día amarillo y tarde en color naranja casi rojo. Nos escondió a los vecinos, quiso enfangar la realidad y hasta el tráfico disminuyó, aumentando la soledad de unas carreteras medio vacías. A media mañana llegaron rachas de viento sur, que arrastraron el polvo de los caminos y los árboles volvieron a sentir el otoño. La mañana había amanecido alegre y azul. En el mediodía, la calima comenzó su recorrido y lo cubrió todo como si se tratara de una novedosa niebla. Siempre aciertan en las previsiones cuando de tierra africana se trata. Y el fuego también nos volvió a asustar.

     Aquel sábado de 2020, desde luego, no fue azul, ni hubo sol de la infancia. Por la tarde, el viento casi había desaparecido y el calor fue en aumento. Todo lucía fantasmagórico: vivíamos un día aletargado. No cabe la menor duda de que África cada vez está más cerca. Son tan frecuentes las visitas de la calima que estamos a punto de convertirnos en un desierto turístico con casas, apartamentos y hoteles muy conectados. Estamos viviendo el futuro, pero aún no nos hemos dado cuenta. Cuando alguna película o documental nos ponga la realidad delante, comprenderemos por qué el clima está loco y por qué lo hemos conducido a la locura. Cuando entendamos que la tercera guerra mundial es el clima, pondremos las medidas adecuadas. Me refiero a la Humanidad, claro. Pero antes hemos de dejar pasar a los políticos-empresarios y mediocres, a los fanáticos del pasado que siempre regresa y a los agoreros que ni quieren aprender ni saben leer y siempre encuentran un culpable: el otro, el diferente, el enemigo.

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     Y mientras la fuerza se diluye en el camino de la ignorancia, la calima esconde la realidad más cercana y, por ende, a los que nos rodean. Y nos deja sin la charla distendida, la que de verdad se siente. Por eso este tiempo africano tan recurrente es una señal que no queremos ver. Debe ser otra idea-zombi que el economista Paul Krügman intenta propagar. A pesar de todos los indicios, algunos, incluido algún presidente idiota, se empeñan en negar el cambio climático. Y lo malo es que esa peregrina idea cala en otros tantos. Y, así, la calima regresa para avisarnos, pero seguimos sin hacerle el más mínimo caso. Algún periódico dijo al día siguiente que esta tierra intensa trajo a su lado “elementos contaminantes de refinerías petrolíferas y centrales térmicas de Marruecos, Túnez y Argel.” O sea: que la evidencia es tan clara como la contaminación acústica que sobrellevamos sobre nuestras espaldas. Pero como la gente anda empeñada en mirar continua y obsesivamente las pantallas digitales, no vislumbra nada de lo que sucede a su alrededor. Seguramente lo descubrirá con algún “reenviado” de los que pululan por la red y que, recurrentemente, nos ponen delante los amigos y conocidos. ¿Será eso la economía circular? ¿Que siempre giran los mismos mensajes con el fin de adocenar e impedir el pensamiento crítico? Todo se andará y el tiempo nos dará o quitará la razón. Para cuando eso suceda, el desierto nos habrá invadido. Y las fotos antiguas de la FEDAC hablarán de una playa que ya no existe, de un sol que contamina más que calienta y del anhelo de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero para ello tendremos que esperar a que las imágenes de ahora se conviertan en clásicas y antiguas, donde todo parecerá, en el futuro, que caminábamos más despacio y donde esperar apenas cinco segundos no era una eternidad. Como cada vez las cosas van más rápidas, digo yo que moriremos antes: de un zarpazo que ninguna app tendrá tiempo de descubrir. Y, ahí, en esas prisas sobrevenidas, después de la tierra africana cubriéndolo todo, vino la sequía: la isla entera convertida en una cola continua para acceder al “aire sano” de los centros comerciales con su “acondicionado aire”. Al final, “aire acondicionado” y “cliente” se han convertido en expresiones sinónimas, alterando así no solo los procesos verbales, sino los de pensamiento y actitud también. Al final, la expresión bajó tanto su rendimiento que los emojis tomaron el poder y hablábamos más con gestos que con palabras, que, de todas maneras, se escuchaban menos por el ruido constante de los aparatos de aire acondicionado, cada vez más fuertes y más estruendosos, que, mezclados con la música ambiental, representaban la perfecta individualidad de la sociedad. Algunos dijeron en aquel tiempo que en eso consistía el progreso. “Ya otros inventarán las soluciones”, se repetía con frecuencia. Incluso “¡Qué inventen ellos!” fue el programa más escuchado en la radio, que se resistía a morir.

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     Efectivamente, en aquel invierno de 2020 el archipiélago entero escondió la lluvia y los fríos de los meses invernales se acaloraron. Pero nadie se daba cuenta del desaguisado. Y por eso estamos como estamos: bajo la capa de tierra africana en el aire, donde no debería estar, y consignamos nuestra existencia de calidad contaminante en un verano casi perpetuo. Y ahí seguimos: esperando que nuestros dirigentes salgan de sus despachos. Pero todavía no es el momento.

     Será la sociedad en su conjunto la que presente las soluciones.

     Como siempre ha ocurrido.

     Al tiempo.

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