LA BRISA DE LA BAHÍA (21). La ciudad mojada


     Los servicios meteorológicos anunciaron lluvias de una borrasca procedente de Portugal. Aquel último fin de semana de noviembre de 2020, durante la segunda ola de una pandemia que parecía no tener fin, la ciudad amaneció mojada, muy mojada.


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     Una nueva mirada se presentó ante nosotros una mañana de domingo, solitaria y fría, que nos devolvió la calle humedecida, como si un presagio fuera de soledad y de aislamiento. Los ciudadanos, recluidos en sus casas no solo por el maldito virus sino también por el día gris y lluvioso que invitaba a mirar la vida a través de las ventanas, se desperezaban con pachorra isleña, donde la prisa no se adivinaba y ni siquiera se la esperaba. Con los adoquines empapados y los frontis embadurnados de las aguas límpidas de las nubes, el carácter de la ciudad profundizó más en su personalidad.

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     Y, como telón de fondo, un cielo gris y blanco, por el que no se colaba ni una débil rendija de azul, que parecía una mancha que declaraba el contraste, acaso el complemento, de una arquitectura urbana marcada por el gris de la piedra y la blancura de las fachadas. Ambos colores conformaban su naturaleza, que ahora se adivinaba dormida y latente. Escuchar la lluvia, y verla caer, resultaba tan agradable como cuando observamos la serena y silenciosa transformación de la ciudad, en la que las casas parecen estar al borde de un acantilado, alongándose en la mirada detenida antes del salto final.

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     Las imágenes que captamos en aquel momento aliviaban las palabras que no encontrábamos y las expresiones que resistían en su escondite, como si el lenguaje estuviera atrapado en la Cueva del Cisco. Intentamos descubrir la primera infancia, pero imposible fue recordarla. Quisimos tropezarnos con la dulce adolescencia, pero, en cuanto teníamos la sensación de haberla recuperado, nos despertamos en la edad adulta. Así que las calles empapadas nos trajeron de vuelta el tiempo que se nos escapaba, como los libros no leídos, entre las manos frías y moradas.

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     La tristeza regresó. Y arrastró con ella la melancolía. Y todo se reflejó en el suelo del Parque de san Juan, convertido en un imperfecto espejo que reflejaba, además de la iglesia, las vivencias solitarias de quienes intentaban atrapar el tiempo en un instante. Aquel domingo otoñal de noviembre trajo consigo la sensación de quietud y tranquilidad que estábamos buscando: la ciudad seguía siendo hermosa. Y, en su aparente frialdad, resultaba acogedora, agradable, donde las ventanas cerradas hablaban de calor y cercanía.

     Tenía que ver con el final del otoño el silencio del domingo mañanero.


Texto e imágenes: Juan FERRERA GIL


 

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