LA BRISA DE LA BAHÍA (22). La niña de la bicicleta


     “En aquella mañana de abril, tan luminosa como la Primavera que se abría paso en la ciudad, la niña dejó aparcada su sensacional juguete en un lateral del pequeño estanque, en otro tiempo con agua.


Bicicleta

     El color rosa de la bicicleta servía de contraste al conjunto ajardinado y, ahora, la pequeña jugaba en el recoleto bosque que al final del enorme parque había. Allí, donde el tráfico dejaba de ejercer su alto poder de influencia sonora y peligro constante, el silencio matutino anunciaba una jornada tranquila, como si fuera un adelanto del ansiado verano que por llegar estaba. A la mujer inmortalizada, Arucas, le encantaba que los niños estuvieran cerca, aunque ni siquiera se percataran de su oronda presencia. Eso no le molestaba lo más mínimo: disfrutaba del sonido susurrante de las palabras cándidas, tan saltarinas como cuando ella misma lo fue; tan inocentes como la sencillez de las miradas ingenuas; tan sonoras como los continuos y sorprendentes cambios de ánimo de los chiquillos: embajadores sempiternos de las frustraciones infantiles que a cada instante se presentan.

     Mientras el sol inundaba de luz azul la mañana, Arucas sintió la necesidad de compartir su vida y se dispuso, con aquel cuerpo grande e inmenso, de la siguiente manera, esquivando las normas establecidas: “Niños, mayores, escuchen si quieren aprender: es de vital importancia que los pequeños jueguen y sientan que los parques son tan necesarios como el aire que respiramos trece veces por minuto; es fundamental el aire libre y las carreras alocadas que la chiquillería reparte por todo mi espacio. Y, sobre todo, después del invierno lluvioso y tremendamente húmedo, yo, Arucas, esta mujer gorda que muestra la fotografía, necesito de ustedes, de sus miradas ocasionales y de las inevitables voces de los más pequeños que me recuerdan, también, la niña que fui. No dejen de traerlos al parque y menos aún en estos días tan luminosos y ciertos, donde la verdad de la existencia adquiere el poder del color verde de este jardín. Y donde las palmeras, los dragos y los laureles no solo adornan el entorno, sino, además, transmiten el sosiego necesario con que atravesar el sendero. Porque, aunque parezca quieta y detenida, me muevo tan lentamente como mis hermanos los árboles, que cada día me protegen de las tarosadas y del fuerte sol del mediodía. En una palabra: que los necesito; no me olviden. Porque yo siempre estaré aquí, esperando al otro lado.”

     Una imperceptible lágrima, confundida con una gota de rocío, se deslizó por su mejilla, proclamando así el tono cambiante de la Primavera: a veces, soleado, y, otras, cubierto de nubes grises que amenazan lluvias que nunca terminan de caer. “Aquí el aire se torna de color gris, con ligeros tonos azules de sabor salado”.

     Aquella mañana de abril, Arucas sí contó con alguien muy especial que la esperaba en este lado: la niña de la bicicleta.


 

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