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LA BRISA DE LA BAHÍA (23). Guillermo Sureda: entre Arucas e Icod de los Vinos


Tiempo atrás, en Icod de los Vinos, descubrimos, casi por sorpresa, que en la Casa de los Cáceres, en pleno centro de la ciudad, había una sala dedicada al pintor Guillermo Sureda.


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Nos quedamos perplejos pues era algo que no esperábamos. La enorme sala cuenta con una excelente y variada exposición del acuarelista, que se puede fotografiar, y en ella volvimos a descubrir la calidad de Sureda y su peculiar mirada de violinista, dispuesto a detener la mirada, siempre particular, del espectador. Lo mismo sucede en el Museo Municipal de Arucas, cuyo espacio también cuenta con obras de excelente calidad. ¿Se podrían hermanar ambos Museos y promover la iniciativa de una gran exposición dedicada al acuarelista? Sería no solo un homenaje al pintor y a su obra, sino una manera efectiva de promocionar y agrandar ambos lugares y darles un revolcón más allá de las fronteras limitadas de los respectivos municipios. Una manera de crecer como otra cualquiera. No cabe duda de que dos Museos ven más que uno. Traspasar las pequeñas fronteras no solo sería un acto de universalidad sino que, además, servirá para aunar esfuerzos en nombre de la cultura. Y, sobre todo, porque, en el ejercicio pausado de mirar y contemplar, podemos avanzar: la inteligencia de la mirada. Es lo que tiene la fuerza en común: siempre es más llevadera y, en el fondo, más efectiva. Si la rentabilidad social es lo que se desea conseguir, no cabe duda de que los dos Museos, en plena sintonía y confluencia de intereses, constituyen un camino. Y así nos apartaríamos de las veredas encogidas de lo local, de lo pequeño, de lo ajustadoo, que, en numerosas ocasiones, debido a la estrechez, no nos dejan ver el conjunto, donde todo se ensancha y universaliza.

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Dicen los expertos que Guillermo Sureda es “el maestro de los grises”. Yo solo sé que sus acuarelas no nos resultan indiferentes. Y que su fuerza nos planta ante el cuadro que miramos y observamos. Que Guillermo Sureda capta algo más que un instante se puede apreciar al primer vistazo. Tengo para mí que sus propuestas pictóricas encierran música e historias no contadas del todo. Al menos eso me gusta imaginar. Es tal el poder evocador de sus propuestas que la simple observación conduce al detenimiento y a la lentitud. Porque lo que contemplamos es un acontecimiento que apreciamos desde fuera. Desde fuera del cuadro y desde fuera de la mente del artista. Esta doble manera de situarnos sirve para descubrir la inteligente propuesta de Sureda. Creemos que la luminosidad de sus creaciones tiene que ver con el sonido del violín que tocaba. Así que luz y sonido caminan en su justa medida por el sendero cautivador de la imaginación. Los cuadros que ambos Museos exhiben hablan de cotidianidad y de “tiempos perdidos” en la felicidad de la tarde; y de semblantes marcados por el trabajo y la tierra; y de sensibilidades reflejadas en los rincones de las calles, convertidas éstas, en ocasiones, en lugares de lentitud y de tertulia. Porque Guillermo Sureda habla, sin esconder las palabras, a través de las distintas tonalidades de su genio creador. Así que la luz empleada es acorde con el ritmo de su conversación pausada: adquiere la magnitud exacta en cada momento. Es lo que tiene la mirada peculiar de quien sabe observar de otra manera; de quien escudriña con los ojos y con las manos, convertidas estas en nuevos ojos dispuestos a atrapar al “lector” desconocido.

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Que Guillermo Sureda escribe con palabras de colores es algo que se puede descubrir desde el primer instante. Pero si nos detenemos, florecen, en el gesto de mirar, la historia reflejada y las diferentes sensaciones comunicadas en cada trazo. Aunque aquí ocurre igual que con los libros: cada uno interpreta a su manera. Es decir, que Sureda maneja la Literatura de los matices suaves de la luz y de las sombras y de los colores que siembran la armonía del conjunto mostrado en el cuadro. Pero esa imagen cada día es distinta, como la bahía de los puertos isleños, que abren las islas al mundo, siempre tan sugerente. Porque el acuarelista no solo crea, que también, sino que además está dispuesto a dar con generosidad. Por eso los Museos de Arucas e Icod de los Vinos deben DAR. Así, con mayúscula. Y ofrecer y expandir al artista, que sigue más vivo que nunca entre nosotros. Y porque me resisto a que se descubra poco a poco, en el silencio de sus respectivas salas, esperando un gesto de la casualidad. Ha llegado el momento de darle un revolcón al artista y a su obra, donde contando con la voz autorizada de especialistas lo vuelva a recolocar en su sitio: en el corazón de las profundidades más personales. Y porque, sencillamente, cuando apreciamos sus cuadros, sus distintas visiones de paisajes y paisanajes del mundo, el marco desaparece. Y eso quiere decir que el artista nos ha envuelto en su propuesta recreada. Y nos cuesta salir de allí, de esa especie de paraíso imaginado y reinterpretado. Solo falta que los respectivos Museos se pongan de acuerdo y elijan el mejor camino: el que, por su profesionalidad demostrada, conocen y saben marcar. Casi con toda seguridad creemos que la gente de Icod de los Vinos y de Arucas se lo agradecerá y sabrá corresponder. Y, por supuesto, su familia verá un detalle en la distancia, desde estas islas asirocadas y lejanas. Tal vez las cosas sencillas se puedan convertir en las más profundas. Y creemos, desde nuestra propia ignorancia, que una gran exposición de Guillermo Sureda en ambas ciudades volvería a llamar la atención no solo del artista, que también, sino la de los propios Museos Municipales, que abrirían un camino de colaboración y hermanamiento. Da igual que antes se haya hecho algo parecido. Estamos en la obligación de mostrar a las nuevas generaciones el patrimonio pictórico. Y a los que ya lo conocen, devolverles la satisfacción del regreso. Como no podemos seguir mirándonos el ombligo, lo siguiente es que “nos pasen cosas”, porque así el camino será más llevadero: ya lo saben ustedes: se hace camino al andar. Y “andar” ya lleva incluido el gesto del que hablamos antes: DAR.

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José Luis Marrero Cabrera, escultor aruquense, realizó el busto dedicado al pintor que actualmente preside la plaza que lleva su nombre, ubicada al principio de la ciudad cuando accedemos por la vieja Carretera del Lomo. Al lado, el Parque de la Paz y a continuación “la catedral” de Arucas. Que Sureda siga vivo en la historia de la ciudad fue un empeño de la entonces concejala Pino Ruiz, que ejerció sus funciones entre 1979 y 1983. Por otra parte, recuerda José Luis Marrero que “Sureda tuvo que desplazarse desde Puerto Rico hasta nuestra ciudad y, a partir de unas fotos que le hicieron, realicé la escultura. Estuvo Sureda en el taller donde por entonces trabajaba y recuerdo que era una persona muy agradable, bonachón, y, sobre todo, le gustaba lo que hacía.” En el templete que sostiene al pintor, se encuentran sus cenizas: murió en Miami el 11 de febrero de 2006. Guillermo Sureda había nacido en Arucas en 1912. Sus 93 años de vida fueron muy fructíferos. Y su relación familiar con Icod de los Vinos es también muy estrecha, no en vano allí contrajeron matrimonio sus padres.

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Así que a las dos ciudades no les queda otro camino que reencontrarse pues ambas están unidas por la obra pictórica de un artista único que amaba, por encima de todo, el arte y la cultura.

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Ya es hora de devolverle su mirada con la de todos nosotros.


 

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