LA BRISA DE LA BAHÍA (25). Historias de san Juan (I)

SJ1

     “Ahí estoy, entre la multitud y rodeado de mis paisanos. Cada año, como siempre, los fastos de la procesión de San Juan Bautista me trasladan a la infancia donde, al principio, como niño que fui, veía solo una imagen, y, tiempo después, pasó a formar parte de mi vida. Soy muy cristiano: es la educación que recibí y no reniego de ella; que quede claro desde el principio.

     Me he asomado a esta ventana digital para contarles que este año tampoco veremos a San Juan Bautista realizar “su recorrido de costumbre”, como decían antes los programas de las fiestas. Ya saben, la pandemia, que todavía se resiste. Y lo cierto es que echo mucho de menos el sabor de la mañana sanjuanera: la gente, los alegres saludos, el olor de los puestos callejeros y el ruido que camina al paso lento de la procesión: solo los compases de la Banda de Música alteran suavemente el 24 de junio, donde el aire adquiere el susurro de los globos infantiles, que parecen moverse al compás de las notas musicales.

     Desde hace tres décadas y media vivo en un barrio de la capital, ya saben, por cuestiones laborales. He echado raíces en Arenales: allí me casé y tengo dos hijas que, afortunadamente, se parecen mucho a su madre; pero, por supuesto, no me olvido de la Arucas de mi alma. Hoy, con cincuenta y cinco años recién cumplidos, he vuelto a mirar las viejas fotos y por unos instantes la nostalgia me ha rodeado. Ocurre que en este mes de junio siempre he sentido vivamente mi ciudad y, también, la vieja calle de la infancia, antes tan alegre y dicharachera y, desde hace ya algún tiempo, con las costumbres cambiadas, triste, vacía y sola.

     En la mañana sanjuanera del 24 de junio, el bullicio traspasa las paredes de la iglesia y el murmullo callejero se introduce en la propia celebración, acompañándola. Y cuando las grandes puertas se abren anunciando la procesión, las miradas se unifican y se hermanan. Lo que siempre había sido un acto recurrente se ha convertido en un triste silencio. Da igual que las campanas suenen, que los ventorrillos regresen y los saludos se escondan tras impertinentes mascarillas. Si el santo no sale, siento que no hay día de San Juan. A pesar de todo, regresaré siempre a mi ciudad cada año, cada junio, cada navidad, y, tristemente, cuando algún amigo o vecino haya emprendido el viaje definitivo (como ya nadie se casa, los entierros se convierten, desgraciadamente, en los nuevos encuentros; y, en ocasiones, ni siquiera eso).

     Soy uno más de los que allí se encuentran, si prestan atención a la foto. Así que agradezco poder relatarles el mágico momento en que el Santo Patrón saluda a sus paisanos. Ese instante se expande en el mundo de los recuerdos. La esperanza me llena, y me mantiene, que diría el poeta, porque sé que el próximo año sí regresará San Juan Bautista a dar su acostumbrada vuelta por la ciudad, en la que los voladores volverán a repartir ruidosa alegría y el olor a pólvora se sentirá al mismo tiempo que mis paisanos lucirán sus amplias sonrisas sin mascarilla alguna que la esconda. Como siempre ha sido.

     Es lo que más deseo.”


 

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