LA BRISA DE LA BAHÍA (26). Historias de san Juan (II)

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     “Buenos días, buenas tardes o buenas noches. Me llamo Dolores del Carril y del Trapiche. Soy una de las tantas viudas que cada año disfruta con la procesión del Santo Patrono. Quiero dejar bien claro que soy muy católica, de misa diaria, beata hasta la médula, las del ronroneo en las tardes de rosario, y les confieso que donde mi corazón palpita en plenitud de facultades es en la iglesia. Quiero ser diáfana desde el principio. Desde hace casi setenta años me pongo mantillina en Semana Santa y en San Juan. Sin embargo, hace ya dos años que no puedo por lo que todos sabemos. Estoy convencida de que Dios nos ha mandado esta enfermedad para que recemos. Hoy ya nadie reza ni se hinca de hinojos. El Santo Rosario ha caído en el olvido y lo de rezar en familia hace un siglo que no se practica. Es verdad que exagero, pero este mundo de ahora apenas lo entiendo. Ya no hay educación, ni respeto, ni consideración; ¡y por no haber no hay ni clases sociales! Antes, hasta los ricos tenían su aquel y saludaban y los alcaldes no se quedaban atrás. Había un respeto. Pero todo se ha esfumado. Y desde que murió mi marido, Miguel de la Fuente, el mundo ha ido a peor. Menos mal que no tuvimos hijos, porque les habríamos dejado un porvenir raro, egocéntrico y materialista que nos hubiera dejado sin respiración. Y, ahora, con esta dichosa pandemia, que ha contribuido a mi soledad y aislamiento, ya ni sé qué pensar. Acepté la invitación de este medio porque una tarde tranquila de primavera me encontraba en el Parque de San Juan viendo pasar la vida; me cogió medio despistada y no sé por qué dije que sí a aquel reportero tan educado. En fin, consciente soy de que les estoy relatando una parte de la ciudad que ya no existe: de mi generación apenas quedamos cuatro gatos, que ni siquiera coincidimos en la misa de los primeros viernes de mes. Y no les digo nada de la confesión. Las colas de mi época en contra del pecado se han diluido en el tiempo. Y eso que dicen que el Obispo se ha vacunado antes de tiempo, saltándose así la cola, no es más que otra mentira de los mentirosos de siempre: los pesados y rojos y diabólicos comunistas siempre al quite de su “materialismo dialéctico”, que nunca supe lo que eso tan raro significaba.

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     Y este sufrimiento que oculta mi mantillina es la evidencia de que estos tiempos son otros. Pero tengo fe ciega en la Iglesia. Espero que cuando la mascarilla solo se vea en las viejas fotos, regrese la procesión con todo su esplendor y parafernalia, aunque no sea como antaño. Siempre he creído que “España es una unidad de destino en lo universal”, que, para variar, tampoco sé lo que quiere decir, pero, ¡coño!, suena muy bien. Bueno, ya nada será como antes. De eso estoy segura.

     Cuando regresen las viejas costumbres, les mandaré unas fotos con el móvil.

     Para que recuerden y comparen. Adiós.”


 

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