LA BRISA DE LA BAHÍA (27). Historias de san Juan (y III)

SJ3

     “Yo, Leopoldo María Gourié San José-Codorniú, que fuera insigne militar de la Armada Española en la Cuba colonial, entregada en 1898, como ustedes bien saben, quiero dejarles unas palabras, desde el cementerio en que habito, referidas a la ciudad que he visto crecer agrícolamente y, ahora, luce cortada por una carretera que, para mi modesto entender, parece de ciencia-ficción.

     Yo quería hablarles de cómo pusimos en marcha, allá por 1903, si la memoria no me falla, que pudiera ser, las fiestas que hoy son una realidad, y de cómo cambiamos las caducas y viejas Fiestas de la Primavera por un renovado San Juan Bautista, al que elegimos Patrono de la villa, al socaire de los comentarios y rumores sobre la construcción de la nueva iglesia. Desde el apostolado de la Acción Católica y de la primerísima Adoración Nocturna, junto con nuestras mujeres en torno a la Hermandad del Carmen, que también tuvieron mucho que decir, decidimos regar la ciudad de un nuevo poder espiritual y religioso, más que nada para, entre otras cosas, no solo mantener las diferencias sociales, sino, además, con el cristiano deseo de contribuir al desmantelamiento de tanta huelga de trabajadores del plátano y su insana lucha de aumento de sueldo en casi una peseta. Dimos vueltas al revés y al derecho sobre las nuevas fiestas que queríamos ensalzar junto a la construcción del nuevo templo. Sobra decir que los principios fueron solitarios, pero gracias a que supimos captar la fuerza de las mujeres norteñas, tan dadas a sus casas y a la vida hogareña, y a la presión que ejercían sobre sus maridos, logramos, poco a poco y con mucha fe, que la fiesta patronal fuera adquiriendo fuerza y volumen, como se decía entonces.

     Ya para 1909, coincidiendo con la colocación de la primera piedra del nuevo templo parroquial, logramos engalanar la ciudad y disimular, a la vez, los solares no construidos, y aunque la procesión siguió saliendo de la vieja y pequeña ermita, la fiesta en la gente, convertida en anhelo de fe, parecía agrandarse al mismo tiempo que “la nueva catedral” iba tomando forma. Siempre he creído que al tiempo que la construcción crecía el alma de los aruquenses crecía y se afianzaba en la fe, en el cristianismo y en el respeto social. Desde “mi tribuna” del Casino Nueva Frontera, allí, al lado mismo de la futura Plaza de San Juan, contribuimos económicamente a que la nueva ciudad, ya había dejado de ser villa, se alzara desde su promontorio. Y ahora que el cementerio está más cerca del centro urbano, como se dice ahora, me siento más enraizado con mis nuevos paisanos, a los que solo veo y apenas conozco. Ya sé que no puedo hablar con ellos ni decirles lo agradable y cambiada que está la ciudad, pero sé que estas hojas escritas y depositadas en el campo santo, con la esperanza de que alguien las lea y las difunda, son apenas unas pequeñas pinceladas de costumbrismo añejo y auténtico. No quiero incordiar a nadie con mis palabras. Ya no solo mi tiempo hace mucho que se esfumó, sino que nadie me conoce, no tengo ni siquiera una calle dedicada, y tampoco la deseo, a no ser que el señor cronista tenga a bien proceder en los viejos papeles de los archivos municipales; bueno, si es que queda algo; creo que si mirara en los acuerdos plenarios y en las actas de la primerísima Acción Católica tal vez encuentre algún resquicio. Pero, bueno, tampoco me importa mucho, la verdad.

     Mi tiempo tuve y formé parte de él; igual sucede con los actuales aruquenses. Solo les deseo que sepan mantener las tradiciones, a pesar de tanta uniformidad tendenciosa de ahora (creo que se dice así), y que aprovechen los momentos, siempre tan efímeros.

     Y, ya para concluir, les recuerdo que todo tuvo un principio. Y, desgraciadamente, un final.”

Juan FERRERA GIL


 

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