LA BRISA DE LA BAHÍA (33). El rincón del tiempo detenido  

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El rincón del tiempo detenido, imperiosa necesidad, significa el deseo de entrar en la realidad de las páginas escritas, donde los personajes viven con ropajes de verosimilitud y sus peripecias se convierten en auténticas y caminan a nuestro lado el tiempo suficiente hasta que logramos alcanzar la última página del libro; ese mismo libro que a veces alargamos y leemos con pasmosa lentitud, pachorra lectora lo llaman algunos, porque los personajes y sus relaciones se han pegado a nuestra alma.

Ese rincón literario, ese espacio que dedicamos, sin apenas percatarnos de ello, a la lectura, viene a ser algo así como la senda de entrada al paraíso soñado en el que la tranquilidad se impregna de silencio: el autor se sienta a nuestro lado para dialogar directamente y, desde otro contexto, nos susurra su historia; situación que podemos cerrar y abrir tantas veces como queramos: otro aspecto destacado de la comunicación y sus elementos. Porque aquí hablamos de lectura en papel; en otros formatos debe suceder lo mismo al apretar una tecla. Pero no suena igual: cerrar un libro es detener la mirada, interrumpir el camino y descansar: apagar la realidad en pleno día.

Ese rincón literario, ese espacio que dedicamos, sin apenas percatarnos de ello, a la lectura, viene a ser algo así como la senda de entrada al paraíso soñado en el que la tranquilidad se impregna de silencio

Ese suave golpe que señala el cierre del libro es la misma energía que guardamos para un momento posterior; energía, por otro lado, barata, completa y continuamente renovada. Y, al sentir en nuestras manos otra vez el libro abierto, todo vuelve a ponerse en marcha como si saliéramos de la oscuridad del túnel y avanzáramos por la vereda de las palabras, reluciente de aromas diversos, con el propósito, quizás, de romper el espacio y dilatar el tiempo. Otra manera de vivir y estar.

Por eso pasear es una buena opción. Cuando iniciamos la travesía, miramos, observamos, saludamos a los conocidos y tratamos de adivinar, en estos tiempos pandémicos, quién se esconde detrás de la mascarilla: la respuesta llega sola si nos fijamos en la forma de andar y en los gestos.

Al pasear vamos construyendo también un relato y, desde nuestra privilegiada posición de narradores omniscientes, imaginamos las diversas aventuras; pero nunca acertamos. Y la historia sobrevenida prematuramente, sin estructura alguna y aturullada en nuestra imaginación, nos devuelve los encantos de los libros que aún están por leer: otro paseo largo y lento que no solo nos espera, sino que, además, nos dotará de alas con las que volar a mediana altura, sin necesidad de apósitos que entorpezcan el habla, la mirada y la sonrisa; y donde todo el rostro se muestra en su amplia frescura natural, contribuyendo así a la materialización de la felicidad.

Es la lectura el remedio perfecto para pensar y discernir y, al tiempo que desarrollamos nuestra capacidad crítica, nos adentramos en un mundo nuevo que nos dotará de los instrumentos suficientes con el que poder escuchar las voces distintas

Es la lectura el remedio perfecto para pensar y discernir y, al tiempo que desarrollamos nuestra capacidad crítica, nos adentramos en un mundo nuevo que nos dotará de los instrumentos suficientes con el que poder escuchar las voces distintas. Porque leer es escuchar. Y comprender el otro punto de vista. Tobias Wolff lo dejó muy claro: “hay algo en la esencia del relato que hace que, cuando es bueno de verdad, continúe resonando en nuestra conciencia mucho tiempo después de que hayamos terminado de leerlo”. Y, efectivamente, así lo sentimos. Ese gesto universal de leer en silencio resulta tan espléndido y maravilloso que en cada página lo verificamos, lo fijamos y lo confirmamos: los lectores que ahora somos, y los que fueron antes que nosotros, constituyen una fuerza inexpugnable, un ejército sin armas que trata de encontrar la felicidad en cada palabra, en cada línea, en cada página: el hecho de saber leer y poner en práctica: somos una especie insobornable, crítica, audaz y constante. Y Leonard Woolf lo sentenció con términos precisos: “es el viaje lo que importa, no llegar al destino”.

Y eso, en los tiempos que corren, se convierte una garantía de honestidad. Y de saber estar y respetar.

Actualizado el Domingo, 01 Agosto 2021 11:25 horas.

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