LA BRISA DE LA BAHÍA (35). Volver a Marsé

Marsé

     Regresar al escritor que nos habla de una Barcelona en plena dictadura es algo más que recuperar cotidianidades vividas y, hasta cierto punto, olvidadas. Volver a Juan Marsé, convertido en todo un clásico moderno, no es solo una garantía solvente en la escritura, sino que, además, significa que no hay que olvidar a los que en un tiempo estuvieron tan cerca. No. No todo se debe olvidar en este mundo tan inclinado a idolatrar la tecnología, sin memoria, huidizo e incompleto.

     Hace diez años compré Caligrafía de los sueños (Lumen, Barcerlona, 2011) y ahora ha llegado el momento de su lectura, en un verano en el que el Alisio ha dejado su presencia recurrente en tono gris y llovizna acariciante que moja y empapa. Y confieso que estoy muy alegre por haber recuperado a Juan Marsé, merecidísimo Premio Cervantes 2009, y su literatura clara, directa, con capacidad expresiva más que demostrada y perfecto conocedor de la Barcelona de su tiempo, a la que retrata en “un mundo azul”. Desde el mismo título de esta novela, la propuesta es, cuando menos, interesantísima: el poder recuperar un espacio y unos sueños, en el que los distintos personajes quedan retratados en sus contradictorias existencias, viene a ser algo así como traspasar el tiempo, siempre tan inexorable. Marsé consigue atrapar desde el principio y luego todo lo demás se convierte en una especie de paseo en el que el disparate intencionado y el humor “marsiano” inician caminos paralelos; fundamentando todo ello en el pilar fuerte de su escritura y su mirada tan personal y única. O sea: que Juan Marsé está más vivo que nunca: solo hay que volver a él: calidad expresiva, compromiso claro y sin doblez; así las piezas van encajando como pequeños componentes de un reloj, tan diminutos pero con una misión que desempeñar: cada capítulo es una aventura donde podemos sonreír, sentir, vivir y aprender. Es una mirada retrospectiva que habla por sí misma, abierta a variadas subjetividades. Como sostiene el propio Marsé en la novela: “el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repeler el entorno hostil y reinventarse a sí mismo”.

     Yo no sé si la novela es un ajuste de cuentas con el pasado vivido más en los cines que en las calles: otros cines donde los aventis vuelan en la imaginación de los muchachos, al tiempo que la realidad inmediata se esfuma por las alcantarillas del espacio urbano. Desconozco su verdadera intención. En cambio, sí me atrevo a afirmar que su prosa, además de equilibrada, resulta grata y amable, y sus personajes, tan reales como la vida misma. Acaso ha intentado mirar a su alrededor, aunque haya pasado el tiempo, para regalarnos una mirada retrospectiva. A medida que leía he ido retrasando su lectura, transformándola en lenta, como las películas de José Luis Garci, porque no quería llegar al final: la historia que en mi cabeza bulle es lo que su autor ha querido provocar en el lector: si levanto la vista del libro, me encuentro fuera de lugar; si la historia se acaba, dónde iré después; si los personajes dejan de estar a mi lado, dónde los podré encontrar nuevamente; si desaparecen, con quién hablaré más tarde…

     En el capítulo sexto, el titulado “El gorrión bajo la lluvia”, se verifica una parte donde la magia verbal del consagrado escritor, a través, sobre todo, de las subordinadas adverbiales condicionales, logra, entre las páginas 154-158, una auténtica clase magistral de dominio del idioma y de cómo logra avanzar en el desarrollo de la historia, en la que Tecla, la abuela, desempeña un papel que no le corresponde con respecto a su nieto: es la madre la persona que debería contar esta parte; sin embargo, aquí los papeles resultan cambiados de manera inteligente. Me recuerda a aquella escena de la película “El curioso caso de Benjamin Batton” (2008) en la que su director, David Fincher, para situar el atropello que sufre la protagonista, una voz en off emplea el mismo recurso que Marsé: un cúmulo de circunstancias y coincidencias desembocan en una situación contada de manera distinta y sorprendente. Cada uno elabora los sueños de una forma concreta y, dentro de ella, con una caligrafía propia: eso es lo que ha hecho Juan Marsé en esta novela en la que los personajes desfilan, en determinados momentos, como si sombras fueran y, en otras ocasiones, van remarcando el paso y el peso de sus existencias.

     Juan Marsé lo dijo en 2009: “procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”.

     Y, efectivamente, lo puso en práctica, una vez más, en esta Caligrafía de los sueños, apasionante título de una historia bien contada donde la sintaxis, que adquiere diversas formas, para los distintos razonamientos, representa el vaivén al que nos somete el autor: maneja perfectamente el lenguaje, y lo sabe. Y el lector aprecia en su justa medida el trabajo realizado, seguramente, en soledad, mientras de vez en cuando miraba el escritor por la ventana del bar apartando las persianas al mismo tiempo que soñaba alcanzar la confirmación de la palabra precisa.

     Y lo mejor de todo es que lo consigue.

(enseñArte, 48)



 

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