LA BRISA DE LA BAHÍA (37). Antonio Pineda Cruz

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1.

Antonio Pineda Cruz, que nació un día frío y húmedo de abril de 1945, creía que el nombre del barrio donde vivía, Cruz de Pineda, se había puesto en honor a su larga estela familiar. Sin embargo, después de tantas generaciones, su nombre representaba uno más en el panorama insular y, por supuesto, en el local.

Ostentaba dos cualidades de las que alardeaba con vanidosa autoridad: fidelidad, con su familia, y lealtad, con sus amigos. El cachorro que siempre lucía a medio lado, a modo de protección de su incipiente calvicie sonrosada, se adivinaba como el testigo fiel de su existencia:

--- Con este hombre, mi vida de cachorro isleño ha devenido en innumerables aventuras, más verbales que reales --- dijo el cubrecabezas que decía llamarse El Cachorrú.

En la azotea, abierta al maroto del mar norteño, disponía Antonio de un palomar: su gran afición. Cuando fue nombrado presidente de la Sociedad Colombófila, no solo su autoestima, como se dice ahora, creció, sino que llegó a creerse en posesión de la verdad:

--- Soy la persona que más sabe de palomas endémicas y del buchón canario por estos andurriales cuasi costeros. Solo me supera allá arriba, en la Montaña, mi amigo Genaro del Rosario, el de Felita.

Y el hombre no iba mal encaminado: conocía a las palomas tan bien que incluso adelantaba el diagnóstico de posibles enfermedades: captaba antes que nadie lo que después confirmaría el señor veterinario, una de las fuerzas vivas de la localidad. Sin embargo, en cuanto a organizar su vida familiar, tarea harto difícil: nunca supo combinar siquiera la ropa del día:

--- Siempre me viste mi señora, ella es la que sabe--- decía a los parroquianos en el bar de la Asociación, al sabor del ron con tapa.

Asimismo, la educación de sus hijos la dejó en manos de su esposa y, en cuanto a labores domésticas, no sabía ni freír un huevo; ni dos tampoco. Casóse con Esmeralda Pinar Hierro un sábado caluroso de abril a las seis de la mañana de 1967, por aquello de la precipitación; y la luna de miel transcurrió encerrado en casa de sus padres, entre la azotea y la alcoba, que le supo a gloria de la buena: dinero no había pero ganas de vivir, muchísimas.

Y sentíase muy orgulloso del futuro de los apellidos de sus hijos, porque pensaba tener unos cuantos:

---- ¡¡Pineda Pinar suena a divinidad de la buena!!

2.

Cuando entró a trabajar en la Finca de la Marquesa, con catorce años recién cumplidos, pensó que aquello sería para toda la vida:

--- Creo que si no cometo errores, esto puede durar mucho tiempo.

Estaba el hombre la mar de contento pues gracias al nuevo empleo levantaría mucho más tarde, con la ayuda de familiares y vecinos, una segunda planta en la terrera casa de sus padres y en la azotea llegó a instalar, antes que las liñas de la ropa, el palomar para sus tardes de asueto.

Aprendió rápidamente el cultivo del plátano y los permanentemente enfadados capataces de la Marquesa apenas le tenían que dictar órdenes: Antonio Pineda sabía de sus deseos antes de que los convirtieran en improperios: conocedor perfecto de su trabajo. Por eso siempre fue bien mirado en la finca y los capataces, mayormente gritones, suavizaban el tono con él.

Cuando su mujer quedó embarazada un día de junio de 1967 (“Antoñito, mi niño, estoy encinta”) confirmó que lo primero era lo primero: la familia, “palante”. “Mañana te dedicaré una canción en Discos Dedicados, en Radio Atlántico”. Eso sí: sus palomas eran intocables: allí nadie podía meter mano. Y cuando ganó el campeonato de palomos deportivos en las fiestas del barrio, durante tres años consecutivos, diseñó una tosca vitrina donde guardar los trofeos.

--- Don Antonio, un momentito: hemos pensado que sería usted un buen juez en el próximo Campeonato Provincial de la Federación Colombófila. ¿Qué me dice?--- les espetó un día el presidente de la Insular.

Y en esas andaba cuando llegó el primer hijo: entre vuelo y vuelo.

3.

Al nacer la segunda hija, María Cristina, entre tarde y tarde, Antonio ya tenía la vitrina de trofeos casi llena:

--- Como siga así, necesitaré una más grande--- pensó en el palomar aquella tibia tarde de abril que le trajo el recuerdo del servicio militar en el Ejército del Aire y lo solitario que se había sentido en la estrecha garita del Paseo de Chil “por si venía el enemigo”. En aquellos días de juventud militar ni siquiera había conocido aún a Esmeralda, que cuando la descubrió un domingo por la tarde en el paseo de Arucas, como si fuera un tesoro, no solo quedó totalmente prendado sino que juró que aquella hembra “tiene que ser la madre de mis hijos”.

Para cuando entablaron las primeras palabras, Esmeralda resultó ser una mujer seria, educada en su pobreza y dispuesta a defender su honra por encima de todo. Por eso Antonio quedó obnubilado ante su presencia. Y, como una cosa trajo la otra, el noviazgo, una vez formalizado, duró exactamente dos años y medio: espera que valió la pena, pensaba Antonio, pues verse rodeado y correspondido por aquella morena de pelo negro fue para él como tocar el cielo. Y la primera noche transcurrió como si un arrullo de palomos buchones fuera.

4.

Esmeralda tenía una hermana alegre y dicharachera, Carmensa, que formaba un trío de cuatro, al modo de Eddy Gormé y Los Panchos.

En las noches sabatinas del bar de los Dávila, al ladito mismo del Ayuntamiento y debajo de lo que un día fue el Casino, a eso de la diez, interpretaban, sobre todo, un repertorio de boleros que la voz de Carmensa, dulce, melosa y ligeramente pastosa, arrullaba a los parroquianos que con sus novias y esposas acudían al lugar; sin olvidarnos de una nube de solterones mirones que estiraban el cuello continuamente. Allí, entre ensoñaciones varias, Carmensa los dejaba alelados, donde incluso el tradicional machismo de la dictadura parecía adquirir el tono de la felicidad bien entendida y de la sinceridad más absoluta. De vez en cuando, Antonio y Esmeralda recalaban por allí:

--- ¡Qué bien canta Carmensa! ---le decían a Esmeralda, que asentía dando las gracias.

Y entre canciones y palomas y los hijos que fueron llegando se le pasó la vida que, cuando miraba hacia atrás, percatábase de cómo el tiempo había volado, como aquella melodía de Los Pekenikes.

5.

Esmeralda había alcanzado la velocidad de crucero que su singladura vital dispuso, como si predestinara estuviera. Verdad es que siempre fue ama de casa, pero en el tiempo que le tocó vivir se consideraba esa circunstancia la normalidad más absoluta, lo establecido, el deber cívico por excelencia, según los dictados del régimen, y donde la mayoría de la gente no se planteaba otra cosa. Fue feliz Esmeralda con Antonio y sus hijos colmaban todas sus expectativas:

--- ¡He dado con un buen hombre! ¡Gracias Virgen del Pino! ---repetía con cierta frecuencia a la vez que mecánicamente mostraba el gesto de la señal de la cruz (¿de Pineda?) y, además, aprovechaba para pedirle que la perdonara por faltar tanto a la santa misa de los domingos: días especiales: comida para la familia entera en la que Carmensa y Los Cerera amenizaban el tenderete con canciones de la tierra y, sobre todo, con los consabidos boleros, tan de moda en aquellos años, armonizaban momentos únicos. Y todo ello servía de ensayo para el cuarteto entre ron y ron e hilvanaban las nuevas canciones del siempre renovado repertorio.

A Antonio casi todo le iba sobre ruedas: las últimas remesas de palomas le habían salido medio averiadas y no solo no se orientaban correctamente sino que ya no ganaba siquiera los premios de consolación de las fiestas del barrio. Y cuando veía los trofeos en la mesa presidencial de la Comisión de Fiestas, el día de la Elección de la Reina, la magua, mezclada con la rasquera, proyectaba un rictus especial en una expresión desencajada.

Juan FERRERA GIL



 

Actualizado el Lunes, 30 Agosto 2021 01:47 horas.

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