LA BRISA DE LA BAHÍA (41). El charco de Carmen Laforet



El charco capitalino que pisara Carmen Laforet, en un momento de su primera juventud, ubicado, por supuesto, en una esquina de Vegueta, tiempo después de que un joven Galdós también se “encharcara” en él, cuando los adoquines representaban la novedad urbanística, regresa cada año a su sitio acostumbrado para sentenciar que la vida se repite.



Charco

Una tarde, al salir Carmen del instituto con sus amigas, entre risas flojas y bromas adolescentes, se lo zampó enterito y sus calcetines blancos quedaron ligeramente empapados de la lluvia ni siquiera anunciada en el día luminoso y que luego viró a gris encapotado. Ese gesto cotidiano ciertamente no lo plasmó Laforet en ningún escrito, pero, de haberlo hecho, hubiera logrado que redescubriéramos, entre otros aspectos de su mirada singular, la importancia de la cotidianidad. Dice Inés Martín en el prólogo del libro Puntos de vista de una mujer (1) que la cualidad más importante de la escritura de Laforet es que “convierte en extraordinaria la vida ordinaria”.

Y los anhelantes y desangelados lectores, nada fantásticos en nuestro proceder ni acompañados de ideales inalcanzables, nos acercamos a su obra para compartir el deseo y la sensación, acaso la emoción, de caminar a su lado. Y en no pocas ocasiones es ella la que nos muestra la senda, a veces una vereda estrecha, por la que pisar, discernir y discurrir. Plasmó, con visión certera de mujer distinta, su tiempo, que contempló de manera muy personal en los numerosos artículos publicados en la revista Destino, y lo mezcló con la belleza del día a día y el brillo de su peculiar luz. Y viene a suceder que, en contra de lo comúnmente aceptado, Carmen Laforet escribió largamente y es bueno que los nuevos libros publicados cambien la consabida imagen de “mujer en fuga y de una sola novela”.

¡Para “Nada”!

Así que el charco de Vegueta con que se tropezara Carmen Laforet, en un tiempo que ya no existe, sigue regresando al lugar, a pesar de los cambios de uso de la calle; ¡que de todo ha habido! Y su vuelta, la de Carmen y la del charco, se verifica con el ánimo no solo de encontrar a nuevos paisanos sino, además, con el deseo de recordar que en un tiempo que ha volado la capital resultaba más pequeña, solidaria y cercana: “Piedra a piedra, la ciudad de Las Palmas me ha ido contando sus secretos, como solo los dicen los lugares en los que crecemos y anhelamos” (1).

Recurrentemente la escritora retorna a mi vida de lector empedernido. Y, de un tiempo a esta parte, la participación de sus hijos ha sido primordial: como siempre hemos deseado. Y es de agradecer. Lo que quiero decir es que Carmen Laforet está más viva que nunca. Por eso pisa los charcos, entre risas y alegrías juveniles, en los lejanos días en que se fugaba del instituto.


1. Carmen Laforet, Puntos de vista de una mujer, Planeta, Barcelona, 2021.


Juan FERRERA GIL

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