LA BRISA DE LA BAHÍA (43). Armadale: "El ritmo" de Wilkie Collins

Armadale

Acabo de leer una novela de más de ochocientas páginas que se ha deslizado entre mis manos como un azucarillo en el café de media tarde. Y no solo porque me gusta mucho la literatura del siglo XIX, que también, sino porque no sé cómo, en determinados momentos, Wilkie Collins regresa y entra sin llamar en mi casa con sus historias, tan novedosas para este empedernido lector. Efectivamente, necesitaremos un par de vidas más para leer lo que nos queda pendiente.

En esta ocasión, la extensa novela Armadale, Alba Clásica Maior, Barcelona, 2021, me ha tenido felizmente atrapado. La historia, estructurada en seis grandes apartados o libros, es tan vertiginosa que las páginas se suceden en un agradable vendaval sin apenas percatarnos de ese viento voluminoso. Y todo ello ha sido posible porque Wilkie Collins maneja los tiempos y las intervenciones de los personajes, en los momentos oportunos, así como las acciones, a la vez que los ambientes, con sus atmósferas, atrapan al lector hasta el final, por otra parte, sorprendente: como debe ser. Y los personajes, sólidamente construidos. Y el argumento se complica, al tiempo que avanza a velocidad de crucero, debido a sus variadas aristas y a las distintas voces que se van alternando en el desarrollo de la historia. Y gracias a sus puntos de vista, distintos y precisos, el relato no resulta pesado, ni aburrido, ni tiene uno la sensación de que se haya alargado innecesariamente; como cuando algunos escritores estiran inútilmente la trama que cuentan creyendo así que serán mejor valorados. Si Collins ha necesitado más de ochocientas páginas por algo será. En cualquier caso, improbable lector, le aseguro que el tedio no se esconde en ninguna de sus páginas, ni camuflado se encuentran entre líneas: está lo justo, lo adecuado, lo relevante. En el prefacio sostiene el autor que “los lectores la juzgarán a partir de su valor: es lo único que pido”. Esta petición, fechada en el Londres de 1866, tiene su aquel pues la novela despide calidad y buen hacer desde el inicio. Es verdad que este estilo de contar a mí me gusta muchísimo, pero no es menos cierto que los personajes resultan plenamente desarrollados en toda su complejidad, con sus distintos pareceres y perspectivas, y el conjunto todo aumenta la percepción de vidas hechas y derechas, donde el espacio, además, define comportamientos acordes con la índole de los allí retratados. Y, por encima de todo, el ritmo narrativo que la novela presenta. Eso ha sido lo que más me ha llamado la atención: la extraordinaria capacidad del escritor inglés ha sabido estructurar una novela compleja, donde todo se precipita en un final inesperado y llamativo.

Y Wilkie Collins, con su extraordinario manejo del idioma, ha encontrado las palabras adecuadas y ha sabido sacarlas fuera para que el lector las disfrute y las saboree. Porque la novela desprende un viejo aroma moderno que aún se percibe en los paladares de nuestros días. Tal es su personalidad que al leer una novela actual la sentimos desnuda e incompleta e, incluso, llegamos a percibir que adolece de algo. Pero no es así, no seamos tan vanidosos: los estilos son los que son y las maneras de contar infinitas resultan. Lo que quisiera dejar bien claro es que la disposición de las frases y la sonoridad de las palabras vienen a ser todo un descubrimiento (bien es verdad que me asombro con poco) que nos aparta de la monotonía de las pantallas modernas. Claro que todo ello tiene otra explicación: la traducción de José C. Vales es tan perfecta que se convierte por sí misma en una garantía eterna, donde todo ha sido cuidado hasta el más mínimo detalle. Otrosí, dos cosas más: quiero creer que Wilkie Collins, en la soledad de su estudio, leía en voz alta lo que escribía para percatarse así del ritmo narrativo, hecho que la novela desprende en cada página; y nuestro querido traductor, ahora, más de un siglo después, también lo he imaginado levantándose y leyendo a viva voz para percatarse del “tempo de Collins” a la vez que su mirada se escapaba por la ventana de su lugar de trabajo.

La estructura lineal del inglés dispone de narrador, de otras voces distintas que adquieren presencia directa a través de las cartas, de personajes nuevos que se incorporan a la trama, de diarios personales e íntimos… Todo ello conforma, y confirma, una visión completa de la historia que el autor dilata inteligentemente. Me gusta mucho la literatura del siglo XIX (mi amigo Armando, exprofesor de Matemáticas, dice que yo pertenezco a él y, en el fondo, creo que no va mal encaminado). Y tengo para mí como un misterio que los viejos escritores siguen vivos, muy vivos.

Y, ahora, me doy cuenta de que me han impuesto una lectura lenta y pausada; acaso como debe ser toda lectura. Lo dicho: estos escritores del XIX siguen marcando la pauta, aunque algunos lectores no lo aprecien.

Si les gusta leer, no se la pierdan.

Juan FERRERA GIL



 

Actualizado el Lunes, 11 Octubre 2021 01:52 horas.

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