LA BRISA DE LA BAHÍA (45). Garajado: la voz de Ernesto R. Abad

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     En el breve capítulo introductorio de Garajado, (Baile del Sol Ediciones, Tenerife, 2021), novela del director del Festival Internacional del Cuento de Los Silos (Tenerife), Ernesto Rodríguez Abad, se observa claramente lo que para el autor representa esta novela que, en el fondo, no es más que la afirmación de unos hechos abiertos a la interpretación de los distintos lectores, que abrirán su imaginación a un mundo de palabras verdaderas y auténticas, porque nuestro escritor sabe manejarlas, las orales y las escritas, y las pone a nuestro disposición para que el tiempo, en su lectura, se desvanezca y, así, sirva para aumentar el caudal de los recuerdos a la vez que la libertad se expande y mantiene el peculiar olor y el raro sabor, incluidos los sinsabores, que también los hay, de la existencia de unos personajes que, aunque desconocidos, nos resultan cercanos y vienen a ser muy representativos, dice mucho de su intención última y que los desconocidos lectores matizarán debidamente.

     El principio no puede ser más dulce y duro: María, una niña de once años, no entiende por qué los adultos “juegan a la guerra”: se despierta temprano al oír los “duros pasos” de los soldados en la calle, como si fueran los cascos de los caballos, y se llevan en un camión, esa cárcel móvil, a su vecino, el mismo que le construyera sus últimos juguetes: “un hombre bueno”. Algo similar sucede en la novela de Nivaria Tejera, El barranco, (Biblioteca Básica Canaria, número 52, Islas Canarias, 1989), donde una niña de ocho años se asusta con la “guerraguerraguerra”: la calle como espacio del dolor y de la violencia. Amén de estas sintonías, si es que realmente las hay, el tono y el timbre de Ernesto R. Abad, al construir esta historia, que a pesar de estar localizada en Los Silos la universaliza, son llamativos para el lector pues, al partir de un hecho desagradable y cotidiano en su momento (principios de la guerra civil), no desea contemplarlo ni de lejos ni de manera extraña; ni mucho menos, desea mirar para otro lado. El autor tinerfeño habla de algo, desgraciadamente, común en una etapa triste de nuestra historia más reciente. Además, con un estilo que lo define y lo sitúa en una esfera de calidad literaria contrastada, donde la claridad se convierte en el camino real por donde las palabras bullen, es capaz de crear el ambiente necesario que da cobertura a los distintos personajes y los define. Y lo logra: sabe que la Literatura no solo consiste en inventar o retratar historias, sino que, además de sacudir las conciencias, hilvana las palabras y las convierte en belleza escrita dispuesta a acomodarse en nuestra memoria: “Las voces se entremezclaban serias, mientras la habitación empezaba a clarear con la luz que se colaba por las grietas de la madera de tea olorosa”.

     Y así, poco a poco y paso a paso, Ernesto Rodríguez nos cuenta la vida de un joven sindicalista y sus avatares en nombre de la Libertad. Dicho así parece que no dice nada; sin embargo, estimado y futuro lector, cuando entre en esta novela, le aseguro que no saldrá igual; bueno, al menos eso espero porque ya se sabe que “para gustos, colores”; como debe ser.

     La novela, estructurada en doce capítulos, en sus poco más de cien páginas (está todo lo que hay que decir, sin alargar innecesariamente la trama) retrata unas vidas verdaderas, llenas de soledades impuestas en las que el individuo pierde su condición, y habla de una sociedad que camufla la violencia que genera, donde la ira y el coraje tienen forma de fusil amenazador: el haber ganado una guerra impone mucho. Los protagonistas, jóvenes, luchan por salir de la prisión en la que se encuentran, aguantando además las presiones sociales de un pueblo chico, donde la novelería encuentra su lugar perfecto. El joven sindicalista, al desatarse la guerra, quería seguir sintiendo la Libertad en su rostro; y así trata de huir de la guardia civil y del somatén, representante del bando vencedor y del poder más odioso; a la vez, mantiene una relación con Maribel a distancia, a ratos, a escondidas, con el dolor de confirmar esa relación amorosa con la llegada de una hija.

     Por otra parte, los diálogos: novedosa manera de presentarlos donde en ningún momento pierden fuerza, emoción y sinceridad. Otrosí, sin ninguna explicación de apoyo, pues las palabras elegidas son tan naturales y precisas que por sí mismas llevan implícitas la duda, la amargura, la emoción y la intensidad de cada momento, enlaza con la parquedad verbal del canario: se dice lo justo y ya está. Y eso, desde luego, no es fácil de conseguir, pero Ernesto R. Abad, que conoce perfectamente dónde debe ir cada palabra y el valor que aporta al conjunto, logra situarlas como quien coloca los cubiertos en una mesa de forma natural y distendida; aparentemente, claro: un auténtico logro donde la capacidad del escritor se proyecta en la mirada atenta del lector que, al percibir la conversación, no puede evadirse del momento novelado.

     El joven protagonista, zapatero de profesión, también es amante de los libros: “cómo añoro los ratos de lectura después de cerrar. Solos el libro y yo” (pág. 77). Ese guiño a la lectura es una de las grandes pasiones del escritor y la deja caer en la novela como si nada, aunque sabe perfectamente lo que en ese instante del relato quiere expresar. Tal vez, al señalar algunas aseveraciones, opte por criticar lo que no se ha dicho ni sugerido.

     Habría que destacar, asimismo, el estilo del autor de Lazos de humo: claro, directo, preciso, donde a medida que vamos avanzando en su lectura parece que estamos escuchando su voz, como cuando cuenta un cuento: ese sonido también se desprende de la novela pues la ha conducido por los salientes peligrosos de la costa de la Isla Baja al tiempo que el protagonista se encuentra con soledades saladas. Y el sonoro retumbar de las olas en la costa norteña ruge de manera constante.

     Novela de sentimientos verdaderos y sinceros, con un lenguaje directo al corazón de los lectores, donde la Literatura se mezcla con la realidad más cruel. Ernesto R. Abad consigue crear un relato triste que entronca con la historia última de Canarias: aunque aluda a unos hechos concretos ocurridos en Los Silos (Tenerife), traspasa el espacio y siente que la contienda fue inútil y muy triste, en la que solo por mantener unos ideales distintos a los oficiales ya estabas considerado un sospechoso delincuente.

     Y se me han quedado atrás los dos soliloquios de la obra, pero eso lo dejamos para otro momento pues son tan significativos que requieren un análisis más detenido y profundo.

     Y la novela dice más cosas: ya las descubrirá, inteligente lector.

     Si le gusta leer, no se la pierda!!

(enseñArte, 52)


 

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