LA BRISA DE LA BAHÍA (49). Gente a la que le gusta leer



     Tengo para mí que, en estos tiempos más bien asirocados y ahítos de información, donde la mentira ha mudado en argumento y las prisas no nos dejan vivir, el poder leer con tranquilidad y lentitud nos convierte en mejor gente.



Gente que lee

     De lo que se deduce, en principio, dos cosas: por un lado, que “leer” y “gente” son términos casi sinónimos; por otro, al utilizar el término “gente” nos hace pensar, y creer, modestamente, que a nuestro lado existe un potente ejército de lectores que aman los libros, que los comentan, que, en ocasiones, los hacen suyos y, sobre todo, en determinadas circunstancias, se atreven a opinar, después de pensar y reflexionar serenamente, precisamente ahora donde tanto anónimo se esconde en las redes sociales. Y en estos instantes, en que los mensajes publicitarios parecen sobreponerse a los razonamientos sosegados y lógicos, es toda una proeza que merece la pena poner en valor y destacar en su justa medida.

     Lo que quiero decir es que esa multitud de lectores ha transmutado en toda una referencia social que no podemos perder y, mucho menos, pasar por alto. Desde que Agustín, hace siglos, (después, San Agustín) (*) se percatara de que el célebre obispo de Milán, Ambrosio, “un lector fuera de lo común”, al leer “sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía el mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”, algo trascendental había sucedido: desde ese mismo instante, que llega hasta a nuestro presente, la pasión de leer no ha hecho más que crecer y crecer, aunque hayan cambiado los formatos y las maneras. Y nunca dejamos de observar: en nuestra mirada, sea la que sea, va implícita el auténtico sabor y color de lo que vemos y leemos. Además, con la lentitud que nos impone la lectura fiel y consciente, también confirmamos que lo que tenemos en nuestras manos (el libro, claro) vale la pena. Por eso las palabras nos parecen tan seductoras. Porque, cuando actuamos por el simple placer de vivirlas nuevamente, es como alcanzar el cielo, aunque éste sea de papel.

     Así que el cielo de papel que nos espera, bien en aquel rincón, bien en la mesa de noche, bien en el sillón del salón, por ejemplo, es algo así como el Guadiana: un río que aparece y desaparece, donde nuestras manos son sus orillas, y, en ese eterno vaivén, la intensidad de la existencia encuentra su acomodo en el baile de las olas: un refugio como otro cualquiera. Ese fluir de la vida lo enmarcamos en las páginas escritas al mismo tiempo que la mirada se eleva en el horizonte más cercano para decirnos que los asuntos verdaderos se toman su tiempo: por eso los libros ya llevan incorporada la pachorra lectora que, al mezclarse con la isleña, en evidente armonía, dan como resultado la sinfonía perfecta.

     Por tanto: formamos parte de un pelotón, que no se nos olvide, en el que millones de personas, en este mundo cada vez más pequeño y conectado, verificamos cada día el mismo gesto: leer. Y ni siquiera vamos pregonando por ahí que ¡somos lectores empedernidos!

     Otrosí: Gabriel García Márquez, evocando sus “Cien años de soledad”, señaló el 27 de marzo de 2007 en el periódico EL PAÍS: “pensar que un millón de personas pudieran llegar a leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura”. Sin embargo, esa cifra de lectores ha seguido creciendo. Por algo será. Así que leer es algo muy importante y trascendental: mira, al mismo tiempo, al pasado y al futuro: vivir.

     Y, además, me agrada imaginar que los distintos lectores son capaces de realizar dos cosas: observar las estrellas, más allá de las aceras, y descubrir en las lejanas luminosidades sin tiempo las ausencias cercanas!!! 


     (*) Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Editorial Lumen, Barcelona, 2005.

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