LA BRISA DE LA BAHÍA (56). Angustias

56. Angustias

Las angustias de Angustias: una madre a la que recuerda siempre (“¡nunca la vi reír ni una sola vez!”) y un padre que se escondía tras el sempiterno humo del virginio (“¡rumiaba más que hablaba!”), bajo un cachorro que escondía su rosada calva.

Angustias, tan fea como pobre, mostraba su nombre, elegido una mañana de abril por su madre (“¡a mi padre siempre le dio igual!”), impreso en su carácter: único y diferente. Dos cosas la singularizaban: una lengua tan grande que en su boca lucía atrapada, como si no cupiera en aquella mojada jaula (una lengua desinquieta y autónoma que entraba y salía recurrentemente); y la persistente tos que la acompañaba en el enésimo cigarrillo (“¡la única herencia de mi padre, además de las deudas y los caminos angostos!”) del que no podía, o no quería, desprenderse. Su médico, don Julián Medina, con la pachorra innata de los nacidos en Los Arbejales, donde la lluvia, se lo había repetido mil veces:

--- O deja de fumar o tendremos que enchufarla a una máquina. Usted verá.

Vestía frecuentemente con pantalones largos y anchos hasta que adquirieron la categoría de uniforme. De tez morena y con tendencia a engordar, su cintura había desaparecido en la adolescencia; sus cejas no se retocaban nunca y el maquillaje no entró ni una sola vez en su rostro. (“¡Coño, hasta con los años me ha salido bigote!”). Como nadie la miraba, ni mucho menos sentía ser deseada, supo desde un principio que no disponía de atracción fatal (“¡creo que invisible soy!”). En los días en que se sentaba en el parque, la dichosa y latosa tos mostraba su ostentación volcánica, que la obligaba a reemprender la marcha: aquellos carraspeos continuos y casi violentos no solo zarandeaban todo su cuerpo, convulsionándolo, sino que, con cada estremecimiento turbador, recordaba que con su padre había ocurrido lo mismo: la persistente sacudida, cual magma inagotable e incandescente, señalaba la presencia de una persona aprisionada dentro de otra.

Angustias, hija de Agustinito, el del burro, y de Carmensa, la coja, se parecía tanto a su padre que cuando éste murió sus amigos de cantina reconocieron que continuaba vivo en un cuerpo de mujer: “¡vaya cosa más igual!”, decían en el duelo, mucho antes de que en la madrugada los chistes y las anécdotas se adueñaran del zaguán donde Agustinito fue velado. Ya se sabe que no hay boda sin llanto ni duelo sin risas: una manera de sobrellevar el dolor en aquellos tiempos que un día se escaparon de la Cueva del Cisco en su huida al mar. De todo el norte vinieron a velarlo pues con el burro, fiel compañero laboral durante años solitarios, recorrió los pagos más alejados: ofrecía ropa y enseres de cocina fiados. Angustias, superada por los acontecimientos, alargó durante unos meses el negocio, más que nada para poder cobrar las deudas pendientes; pero apenas pudo recuperar una pequeña parte. Se cansó de reclamar, de esperar y de tanto sendero alejado e intransitable (“¡con esta gente tan buena es imposible enfadarse!”). Y, sobre todo, la tenía trastocada el silencio; silencio que poco a poco fue adueñándose de su vida; vida callejera por excelencia, donde el ajetreo y los saludos ocasionales conformaban su existencia: apenas lograba hilvanar una conversación meridianamente decente. Después, las costumbres cambiaron, el burro se murió y ella entró a trabajar en casa de Rosita, la del Carril, que también contaba con una burra fuerte y cabezona.              

Nunca supo Angustias de pretendiente alguno (“¿y eso qué es, mi niña?”) y en las suaves tardes de verano, sentada en la entrada de su pequeña vivienda, allá en La Canal, donde las últimas casas se arriman a la montaña que habla sin ser escuchada, se acostumbró a fumar desmedidamente mientras daba cuenta de revistas románticas, alquiladas en El Frontón, de amores imposibles y de huérfanos perdidos y abandonados en los que la bondad siempre sobresalía (“¡hay que ver cómo es la gente!”). Allí, ensimismada, casi abducida, comprendió que en el humo que se elevaba iba escondida, y casi diluida, la vida que siempre soñó. Hasta que un recurrente golpe de tos, convertido en espasmo, antes de virar a crónico, la devolvía de nuevo al presente: cuando sentía el dolor rasposo en la garganta herida.

Sin embargo, su mirada, natural, franca y tierna, descansaba siempre en los adoquines mojados, donde las primeras lluvias, tan claras, espejeaban el final del verano norteño.

Juan FERRERA GIL


 

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