LA BRISA DE LA BAHÍA (58). Arucas

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Hablar de Arucas es difícil: lo cercano resulta complicado y la vecindad impone lo suyo. 

Primero vivimos en la calle del Terrero, que siempre se llamó Juan de Dios Martín y que siempre será el Terrero, en una casa húmeda donde los bichos y los ciempiés traían de cabeza a mi madre; y el médico siempre le recomendaba que saliera todo lo que pudiera con sus hijos pequeños para evitar en lo posible aquellas humedades malsanas. Era la calle larga y llena de gente: tiendas y talleres, bares y el viejo cuartel de la Guardia Civil la convertían en un espacio muy animado, siempre bullicioso y casi frenético: apenas unos cuantos coches interrumpían el ritmo cadencioso del lugar, donde el paisaje y el paisanaje hablaban un mismo idioma, desde donde Panchito sentado en su silla callejera hasta el bar de Juaico. Y las puertas de las casas, permanentemente abiertas.

Más tarde nos trasladamos a la calle de Los López, a un edificio de dos plantas, y nos instalamos en el piso superior, que disponía de azotea: todo un lujo para nuestras infantiles miradas. ¡La primera azotea! La azotea de la nueva vivienda, pequeña, amañada, representaba poco menos que un campo de fútbol. Y cuando nos visitaba mi tío Seíto, que venía de Las Palmas, ¡oh, milagro!, jugaba con mi hermano y conmigo a la pelota. En el piso bajo vivía mi tía Ana, hermana de mi madre, y su marido, José Almeida Marrero, chófer de AICASA (de niño: Asociación Incorregible de Cacharros Amarillos Sucios y Asquerosos), los antiguos y desaparecidos coches de hora. Era José Almeida un tipo que a mí me recordaba a John Wayne; con su sombrero ladeado y su puro habano que encendía cuando iba a cubrir el turno de tarde: lo encendía recién salía de su casa, conducía hasta Cardones el desvencijado coche de hora y a la vuelta seguía con el puro habano entre sus manos: parecía eterno. Además, fue un excelente lector de novelas del oeste, (seguramente, las de Marcial Lafuente Estefanía), y su vocabulario tenía, que en mi niñez, junto con las películas, estaban muy de moda. Tal es así que en muchas ocasiones en los tres cines que había en nuestra ciudad (el Cine Viejo, el Cine Díaz y el Cine Rosales) proyectaban a la vez una del oeste, donde los indios, como siempre, salían malparados con sus permanentes aullidos y gritos de guerra. 

La magia de aquel tiempo adquiría la forma de los carteles cinematográficos en los que imaginábamos, en apenas una mirada rápida, el argumento de la película casi siempre censurada. La pantalla nos sacaba de la rutina y nos ponía la vida en color. La capital, por entonces, quedaba un poco lejos: nada más y nada menos que a 17 kilómetros.

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Así que la infancia transcurrió entre la calle del Terrero, la de Los López, la antigua OJE, con su campo de tierra colorada, donde se practicaba, preferentemente, balonmano, y más tarde también lucha canaria, y el colegio de La Salle, adonde íbamos a jugar al fútbol en aquel campo de tierra; bueno, antes todos los campos eran de tierra; lo penoso es que todavía siguen existiendo, aunque cada vez menos. Y, por supuesto, el Parque de San Juan, que siempre lo llaman Plaza de San Juan y que siempre será el Parque de San Juan, donde correteábamos y jugábamos a calimbre, a “payoyo” y a las chapas y, durante las fiestas patronales, se convertía en cancha de balonmano o de hockey sobre patines. ¡Casi nada! En el parque, cuando la tarde-noche, esperábamos a Gustavo y a su hermano Nito, apreciados amigos de la infancia, para jugar al fútbol con las dichosas y olvidadas chapas: ellos estudiaban en un instituto de Las Palmas y, en mi niñez, aquello me parecía rarísimo. Bueno, la cuestión es que después los partidos resultaban magníficos.

Unos espacios donde jugamos y crecimos y que el tiempo nos ha ido escondiendo: ya solo viven en nuestra memoria; en las vidas particulares de los que lo conocieron y lo disfrutaron. Sin embargo, ahí siguen, como testigos eternos de vidas anónimas. 

arucas5Mi padre tenía la dulcería, la DULCERÍA FERRERA, en la calle de León y Castillo, por aquellos años 50, 60 y 70 del siglo pasado, la arteria principal de la ciudad; cuando todo lucía más pequeño, teñido de un tono más familiar y cercano. Y donde la vida se desarrollaba en el casco antiguo. El negocio estaba enfrente del Cine Díaz, el de Cristóbal, (hoy, Biblioteca Municipal) que dejaba unos descansos irrisorios (antes, en los cines a mitad de película se imponía siempre una pausa) y apenas la gente tenía tiempo de llegar y comprar algo. ¡Cosas de la vida! Pero en la calle había otros comercios: la tienda de Clarita Almeida; el negocio de Tito Benítez, que se llenaba de unas estupendas bicicletas en la época de los Reyes Magos; la ferretería de un personaje muy especial llamado Óscar, que también vendía juguetes y los ponía con frecuencia en marcha para asombro de los niños y de él mismo, pues creo que en el fondo era él también un poco niño; el almacén de los Amadores, donde don Florencio, su dueño, llevaba una contabilidad con una letra y unos números perfectos en su trazo; la farmacia de Codorniú; la Caja de Ahorros y el comercio de Sindito, hombre discreto y con las palabras justas y precisas, en la esquina con la calle San Juan; y el despacho de don Anastasio, el mismo que me curara el brazo partido en un resbalón de juegos en el Terrero, donde los Ferrera. Creo que no dejo ninguno atrás, al menos en aquel tramo de la calle; convertida en paseo los domingos; mucho antes de que la televisión nos obligara a recluirnos en las casas. 

Antes el espacio común era un bien común. Hoy utilizamos ese espacio para correr, aparcar o pasar de largo. Deberíamos convertirlo en lugar de encuentro, como si fuera una prolongación de nosotros mismos; y llenarlo de palabras, de afecto, de saludos...

Las casas, las calles, la piedra de cantería, las aceras de toda la vida, tantas veces holladas, las filigranas hechas en piedra, la iglesia, símbolo de nuestra ciudad y de nuestros queridos labrantes: todo ello para nuestros hijos, que son el futuro y la esperanza. Y, sobre todo, debemos luchar por su mantenimiento.

Era la vieja dulcería de mi padre, donde hoy se ubica el SIROCCO, un lugar pequeño y entrañable. Un mostrador de madera, sobre una tarima, donde los dulces ocupaban los estantes superiores: dos filas de mantecados, bizcochos, ensaimadas, queques, milhojas, matahambres… En la parte inferior, las galletas, los caramelos Tirma, los chicles Bazooka, las chocolatinas inglesas… En la estantería del fondo: latas, refrescos naturales, conservas… En lo alto y en la pared del fondo, un gran cartel decía NOTA DE PRECIO, en el que se detallaban los diferentes tipos de helados: turrón, vainilla, fresa; todo en sus variantes de Vaso y Cucurucho. A ambos lados del cartel, conservas y las grandes latas de galletas Tamarán. Y a la izquierda, el enorme teléfono negro, el 42, junto a un servilletero con la caricatura de Cantinflas, y detrás de éste, los cigarrillos: Mecánico, blanco y amarillo, Krüger, Coronas, Rumbo

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Y mi padre.

De esta primera dulcería apenas tengo recuerdos. Gracias a unas viejas fotos creo visionarla en mi memoria. Sin embargo, sí me acuerdo de la dulcería nueva. Se instaló mi padre justo enfrente, donde Mapfre (antes, Seguros Guanarteme). Más moderna y más grande, con tonos blancos y amarillos en los estantes que la bordeaban, y el viejo y alto mostrador que a los ojos de los niños parecía un enorme muro lleno de deliciosas sensaciones. La chiquillería dominguera del cine de las tres la invadía antes de la película: chicles, galletas, golosinas, polos…, donde con una o dos pesetas pretendía comprar la dulcería entera. ¡Y eso que antes sí cundía una simple y modesta peseta!

En ese local, antes, su amigo Bruno Déniz tuvo una tienda de motos. Siempre fue Bruno Déniz un hombre “desinquieto”, con unas iniciativas comerciales muy adelantadas para la época: un emprendedor nato, con clara visión comercial y de futuro. No en vano muchos de los comercios que ideó marcaron toda una época en nuestra ciudad, que se debatía aún entre las cantinas y bochinches de pueblo. Fue Bruno muy amigo de mi padre y, en consecuencia, mis hermanos y yo siempre lo llevamos en el recuerdo, pues verlo a él era acordarnos de mi padre. Y aunque ya no están, caminan con nosotros, y seguro que siguen manteniendo esa amistad. Lo mismo sucede con Pepe el carpintero. Ahora, cuando paso delante de su carpintería, lo veo siempre allí, al pie del cañón. Y lo que son las cosas: la casa en la que ahora vivo, fue él quien instaló toda la carpintería. Y cuando me tropezaba en las calles de Arucas con Sixto, el electricista, apenas hace unos años, los veo a todos, juntos y alegres.

La Dulcería no solo representó el sustento, sino que en diversos momentos pasó a ser lugar de tertulia de la política local o de lo que se terciara. Pero para eso es mejor que le pregunten a mi hermano, aunque a él no le guste “tirar para atrás”.

En la adolescencia, la calle Reloj, aquí mismo, al lado de la iglesia. Con mucho esfuerzo, con muchísimo esfuerzo, mi padre la compró y apenas la pudo disfrutar unos años. Estaba encantado con ella. Es una casa grande, antigua, y con todo lo que conlleva. Mi madre, en cambio, para mantenerla limpia tenía que trabajar mucho. Y, a pesar de que no le gustaba tanto, nunca le dijo nada a mi padre, que estaba ilusionadísimo. Luego la vida nos cambió al morir mi padre. De repente nos hicimos mayores, y no nos quedó otro remedio que apechugar con el negocio familiar. Y gracias a él salimos adelante.

Al mismo tiempo, el salón parroquial, en un lateral de la iglesia, fue otro lugar de encuentro y de descubrimientos: nuevas amistades, las primeras parejas, los primeros bailes… a pesar de que a don Lorenzo Aguiar, el párroco de entonces, no le agradara demasiado. Pero tampoco se oponía del todo. Luego, cinco cursos en La Laguna y el regreso al lugar de origen.

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Y mi madre.

Es cierto que nuestra ciudad no es perfecta, que en su devenir histórico ha habido de todo, pero no debemos olvidar que desde su misma imperfección sobresale su personalidad, su manera de ser y su forma de actuar y de evolucionar. Algunos se empeñan en identificarla con siglas políticas, y otros andan permanentemente instalados en un tiempo pasado que ya no volverá. Y nuestra ciudad es mucho más que eso. Es todo lo anterior y lo que está por venir. Es una suma de ideologías y pareceres. Formamos, improbables lectores, un amplio colectivo donde cada uno aporta su grano de arena, su idea, su temperamento y sentimiento. Por eso yo no reniego ni cambio ni renuncio a la ciudad en la que he nacido. Quizás mi ciudad sea la más imperfecta del mundo o la que tiene más asuntos por resolver, pero me da lo mismo.

Siento sus calles, sus casas, su iglesia, sus parques y presiento que su historia (aunque la desconozca) me cae encima y me atrapa, pero puedo soportar ese leve y agradable peso. Y, sobre todo, percibo siempre la estimulante presencia de sus habitantes, de las personas que conozco y de las que conozco de vista, como solemos decir, que también es una manera de conocer. Y ahí están, en nuestras calles, en nuestros comercios, en nuestras plazas…Y si me apuran un poco, oigo aún el tintineo de los labrantes, al pie de la iglesia, al ladito mismo de la sacristía, donde tenían su chamizo, picando y martillando la piedra de la última torre; y, de cuando en cuando, entonaban un bolero conjuntamente al ritmo del pico y del cincel. Y si me acerco al Parque de San Juan vuelvo a escuchar la algarabía de mi infancia. Y en la adolescencia, esa etapa que nos pega los pies al suelo de forma definitiva, vuelvo a percibir la presencia de los amigos que se marcharon, esos que recurrentemente vienen a charlar con nosotros y nos regalan una vez más su permanente y eterna sonrisa de juventud. Ese aroma perenne de la amistad tiene sabor a esquina, a plaza, a parque, a tarde lluviosa, a tiempo ido…

Por eso la ciudad entera palpita en mi corazón y sus calles son las veredas de mis recuerdos y de mis vivencias. Ella representa el espacio que me permite ser uno más en este mundo, un eslabón más en el engranaje de la existencia. Ella es la prolongación de mi vida.

Y ha conformado lo que soy y, sobre todo, le pone coto a mi soledad y a mi melancolía, empeñada ésta en presentarme una visión en blanco y negro.

Así que, improbables lectores, Arucas, siempre!!!


 

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