Microrrelatos. Cuatro patas

Miguel Rodriguez Romero2022Está amaneciendo. La mañana se presenta fría y gris, pero no amenaza lluvia. Apenas llego a la cintura de mi padre, lo cual me permite esconder mi cabeza debajo de su chaqueta.

Caminamos por la orilla del barranco y, a lo lejos, alguien nos saluda brazo en alto.

Al llegar, un hombre de cara afable y risueña nos da la bienvenida; lleva sombrero calado hasta las orejas y una especie de manta que, atada al cuello, cubre su cuerpo hasta los tobillos.

Empieza entre ellos una conversación que, por supuesto, no llego a entender, pero sus sonrisas comedidas y el estrechar de manos me hace pensar que el trato está cerrado.

He aprendido que no existe documento alguno, oficial o privado, que pueda superar el valor y el honor de la palabra dada, aún perdiendo.

El hombre me hace una seña para que le siga, y lo hago tras el beneplácito de mi padre.

Hemos ido a buscar al burro y yo lo traigo de cabestro, ¡qué alegría!

Poco a poco, los pesados atados de pírganos se van cargando a lomos del animal, por el que empiezo a sentir una pena enorme, y lo miro. Él también me mira. Tiene la mirada triste y oscura y gira sus enormes orejas hacia mí. Sé que sabe lo que siento y me tranquiliza.

Y pregunto: ¿Por qué el burro tiene tanta fuerza, papá?

A lo que me contesta con voz suave y cariñosa, mientras acaricia el cuello del animal: Porque tiene cuatro patas hijo; porque tiene cuatro patas.

Miguel Rodríguez Romero


 

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